Mientras cruzaba aquella acera ya de vuelta a casa, comenzó a tener la certeza, fría, ya desprovista de rabia, de que no iba a volver a saber de ella en su vida. ¿Cómo iba a ser de otro modo, si tras tantos intentos de hacerlo y tantas negativas suyas había acabado diciéndole que el único motivo por el que no le había dejado tirado hacía mucho era pena? ¿Pena, cuando ya había intentado mil veces dejarla en paz y nunca lo había conseguido porque ella nunca estaba de acuerdo? ¿Pena, también cuando él no quería ni hablar y ella le insistía una y otra vez para que le contara sus problemas? No tenía ninguna lógica. Tenía que ser una mentira que estaba ocultando de algún modo bajo eso. Y todo el mundo sabía que él odiaba las mentiras, por encima de casi todo. En cualquier caso, poco importaba ya nada. Ni lo que hubiera pasado ni lo que hubiera tenido que pasar. Porque, de un golpe súbdito, como un ladrillo precipitándose de una pared en un terremoto, se habían separado, y era bastante poco probable que se volviesen a unir. Quizás se estaban equivocando, o quizás deberían haberlo hecho hace tiempo. Nadie lo sabe. Y él no tenía demasiado interés en averiguarlo, al menos mientras tuviera otras cosas que hacer, como contener su propia rabia. Pero...¿Por qué?
Eso era lo que había en su mente cuando, aquella noche, en la oscuridad, cruzando un paso de peatones, un borracho le hizo saltar unos dos metros antes de dejarlo tirado en un charco y darse a la fuga. Ni más muerto que vivo pudo estar tranquilo. Ni más muerto que vivo tuvo siquiera la indiferencia ante que ella fuera a ayudarle.
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¿De verdad está tan mal como para dejar indiferente?