Todo está muy sobrevalorado, menos el poder del momento. Siempre te enseñan, desde pequeño, a ser metódico, a tener toda tu vida esquematizada, saber que vas a hacer en cada momento, como, donde, por qué y para qué. ¿Y donde se queda el valor de improvisar las cosas, de hacerlas sin darles tantas vueltas? Tirado en la acera, con tus ilusiones o las mías, después de una noche de porros y más porros y de beberse hasta los floreros, una de esas ocasiones en las que algo te hace ser autodestructivo, y que hemos vivido tú o yo, aunque luego seamos beatos. Hace siete años estaba de excursión en una antigua cantera, estando en el colegio, con una serie de personas que me traen tanto bonitos como amargos recuerdos y que con el tiempo han desaparecido de mi vida cuales fantasmas, dejándome aquí con mi nostalgia, aunque me desvío del tema. No sé si todos sabréis la estructura de una cantera, una mina a cielo abierto, ni si todas son iguales. Aquella era una especie de gran tazón en la que uno podía ir bajando a partir de un terreno ligeramente inclinado, parcialmente formado por mármol y calizas, hasta una zona en la que empezaban a aparecer grandes rocas de mármol y derivados, que en aquel entonces no terminé de suponer, pero eran las zonas inexplotadas, quizás por falta de rentabilidad. Una mañana visitando algo así siendo niño, pues tiene lo que tiene, hubo tiempo de investigar todo. En alguna parte había un pequeño cristal de amatista, yo tampoco sabía lo que era en aquel entonces, ni sé ahora como pudo aparecer en ese tipo de cantera, pero me encantó. Era demasiado perfecto, incluso sus impurezas, sus defectos, me parecieron bonitos. Lo cogí y fue directo al bolsillo de aquel chico que no había caído en la advertencia de sus profesores de no coger nada de la cantera, solo por un capricho, un capricho tonto, como la mayoría de primeros amores que tenemos. Pero por a o por b, esa roca se instaló en el escritorio de aquel pequeño energúmeno, y le fue acompañando en todo lo que pasaba. La muerte de un ser querido, ilusiones, decepciones, añoranzas y sueños, todos inmersos entre los tonos violáceos de un cristal que está ahí ahora mismo, pidiendo que le limpie el polvo que ha ido acumulando entre mudanza y mudanza, hogar a hogar, y recordándome que debería estar estudiando. Sé que otros tenéis la música, otros antiguos peluches, y alguno incluso habitaciones antiguas de cuando érais pequeños llenas de recuerdos y cosas vuestras. Pero mi única conexión al pasado es ahora mismo eso, una piedra, fruto de la inspiración de un momento. Como es así, sé que bastantes de los mejores momentos que pasen en mi vida serán improvisadas, y de las vuestras, y de todas, y si no es así serán menos bonitos. Así que dejad de pensar tanto en el futuro, dejad de hacer tantos y tantos planes, pensad simplemente en ir llevando el día a día, y como todos, tendréis ilusiones, pero que no se os vaya el hoy por un mañana incierto.
Dedicaría este escrito a alguien, si no hubiera perdido su pista entre la bruma del tiempo...
lunes, 30 de enero de 2012
sábado, 21 de enero de 2012
Cuaderno de bitácora
Llevaba una semana sin ver la luz del sol, en pleno verano. Una depresión existencial poquito a poco se había ido apoderando de mi ser, y no había dejado célula sin miedo al futuro, sin miedo a la incertidumbre que hacía de lumbre mas allá de un pequeño tramo de distancia. No, no había lágrimas, no había temblores, no había nada. Simplemente una gran pesadez en el corazón, que a falta de algo con lo que llenarse eligió plomo, y que impedía el salir a la calle, el caminar, ir y nadar, mientras el mundo se fundía poco a poco en aquel verano, que a diferencia de todos los demás, ya que se dice todos los veranos, sí parecía haber alcanzado cotas de temperatura especialmente altas, casi históricas. En los pocos momentos en los que podía despejar algo la tormenta mental que me tenía recluso, empezaba a leer, y eso disipaba todo completamente, al menos durante el tiempo de la lectura. El resultado de esto fueron unas seis mil páginas leídas durante toda la semana, de grandes libros, unos nuevos, con aroma a fábrica y pegamento, otros antiguos, alguno con un extraño olor y hojas de algo que parecía maría en su interior. El comprar libros por lotes era lo que tenía, sorpresas, unas veces más agradables, otras menos, y algunas simplemente curiosas. Tal vez el fin de la depresión llegara al topar con un tomo del ilustre Albert Einstein, la teoría de la relatividad. El remolino de ideas de tanta fórmula, la genialidad que a ojos del resto parecía locura, y la seguridad de que en ese momento no podría entender eso, que me faltaba vivir mucho. Fue una meta que me puse, y algo me decía que necesitaba salir, es lo que hice, por supuesto. Atrás quedaron los que habían sido fieles acompañantes durante esa semana, desde un pequeño libro escrito en francés y traído de París tras un viaje de estudios, hasta un gran diccionario de latín, hojeado con más interés que conocimiento, y sin demasiado resultado. Mi ropa había crecido o yo me había hecho más pequeño. Mi cuerpo no quería hacerme caso, crujía constantemente, e iba torpemente caminando, con demasiados tropiezos, tropiezos que ya ni intentaba disimular. La luz del sol me quemaba todo el cuerpo, y mis pupilas, dilatadas cual consumidor de LSD, no se acostumbraban a estar tan cerradas, y estuvieron a poco de pegarse, por la velocidad a la que tuvieron que cerrarse para no quemarme el interior del ojo. Es algo que me hizo incluso reflexionar, mis ojos han sido la única parte de mi cuerpo que nunca me ha disgustado, y no me habría terminado de perdonar destrozármelos. Recorrí la media hora a pie que me separaba de la piscina, con un bañador corto blanco, y una camiseta del mismo color. Combinado con mi piel en aquel momento, me podría haber camuflado entre las paredes más claras de las calles del pueblo. El agua de la piscina me resultó más fría que otros años, y si no fuera porque al salir y tumbarme en el suelo ardiendo, y rodar por él como un loco, aun saliendo rasguñado y casi sangrante, creo que se me habrían congelado los pulmones, el alma y hasta las ideas, que acaban siendo lo que sobrevive a todo lo demás, lo más difícil de parar. Aun así, el inicio de mi nuevo reto, de recuperar el tiempo perdido, solo me estaba señalando que yo era una suerte de masoca, para confirmarlo del todo solo necesitaba bañarme, pero en una piscina de alcohol, o agua oxigenada. Sin embargo, la rabia que tenía acumulada y que había ido despertando, por uno u otro motivo, me hizo volver a saltar a la piscina, y nadar, y nadar, y nadar, de una forma exagerada, durante horas, hasta que sentí que me hundía por mi propio cansancio. Entonces salí, y me dejé tostar poco a poco, sabiendo de antemano que iba a acabar más como un langostino que como otra cosa. Al buscar un reloj, me encontré con que ya eran las siete de la tarde. Parecía increíble que llevara ya allí unas ocho horas, y sin haber echado de menos el interior de mi celda, ajeno a toda claustrofobia ya. Meditando por el camino de vuelta, mientras me preguntaba por qué me había cortado el pelo hasta tal punto, empecé a sospechar que esos cambios tan radicales en mi vida, no iban a ser muy favorables a largo plazo. Quizás tampoco a corto plazo, en muchos de los casos, pero no me importaba demasiado lo que me fuera a pasar en poco tiempo, de hecho, aunque no seguía con la depresión que me había vuelto un poco más loco, seguía en esa fase autodestructiva en la que todo te sigue dando igual, y que a veces empeora más que mejorar. Al llegar ni cené, simplemente me desplomé en la cama, al lado del diccionario de latín que había estado leyendo, antes de ese cambio, ya no recordaba cuando. Tampoco recordé haberme dormido, pero al despertar, no había ningún tipo de manta sobre mi cuerpo, pero quizás en una fase onírica algún músculo de mi cuerpo decidiera que un diccionario de lengua latina era el sucedáneo que necesitaba. La consecuencia de esto tenía sus pros y sus contras. Por un lado, no había tanto sudor en la parte cubierta por el libro, y por otro, cerca del cuello había quedado grabado un pequeño fragmento de la página por la que el diccionario había quedado abierto. Y era más consistente de lo que parecía. Ahora, mi cuello rezaba clades en su margen izquierdo. No, no sabía que significaba, y busqué y busqué hasta darme cuenta de que el significado de la palabra había desaparecido entre sudor y borrones de tinta. No le dí más vueltas, me levanté, no sin esfuerzo, de la cama que casi estaba pegajosa, y fui a la ducha. Frotando y frotando, conseguí apestar a esencia de mango y kiwi, pero la palabra romance seguía ahí, al parecer se había incrustado de alguna forma. Paré de intentar borrarla cuando un arañazo me hizo un corte sangrante y vi que tendría que cortarme el cuello para hacerlo. Una etiqueta más, supuse, y la primera que había intentado quitar en mi vida. Eso, pensando profundamente, era una buena muestra de lo poco que me importaba lo que pensara el resto del mundo, y lo poco que me gustaba decir algo sobre mí mismo, y menos si ni sabía qué estaba diciendo. Me sentía un cani con un tatuaje en chino. Estaba enfadado. Fui al desván y destapé la caja donde tenía ese cuaderno completamente lleno de números, y unas pesas que habrían aumentado su masa considerablemente por el polvo. Revisando cifras y datos me di cuenta de que llevaba más tiempo del que pensaba fuera de ese entrenamiento. Como un cualquiera, decidí que reventando mi cuerpo un día iba a solucionar la falta de ejercicio de meses, y como yo, decidí que si me hacía daño o algo por el estilo me iba a dar igual. Cargué las dos mancuernas hasta el máximo, descolgué la antigua cinta para el pelo que usaba más como adorno que para otra cosa, y la coloqué donde en los viejos tiempos, seguidamente salí de allí, con una mancuerna en cada brazo y balanceándome, desacostumbrado al entrenamiento que hacía ya bastante tiempo se había tornado una tontería. Una hora después, el dejar que una apisonadora me pasara por encima se me hacía más agradable que de costumbre. Recordé sin saber por qué a esa persona que me había traicionado, y la mezcla de rabia e inutilidad tan familiar volvió a mí. En mi cuarto, entre libros y folios, tras todos los trastos, había una flauta dulce que memoraba tiempos de más inocencia. Soplé con todas mis fuerzas. A falta de sonido, cayeron sobre la mesa dos cigarros negros, con un aroma chocolateado. Diez minutos más tarde iba rumbo al olivar que tan poco me inspiraba, con mis efímeros compañeros en un bolsillo. Había olvidado quitarme la cinta que llevaba durante ese entrenamiento, y al cruzarme con alguna de las pocas personas que no habían aprovechado la época para huir a la playa o la montaña me miraba más raro que de costumbre. Frente a su casa estaba el desvío de la carretera que llegaba al olivar. Un clavo en mi corazón recibió un martillazo al pasar por el lugar, y ver lo que una vez fue mi segunda casa ahora tan inaccesible. Recorrida ya la mayoría de camino, en el último edificio antes de llegar a un pequeño valle repleto de olivos, fue donde paré, por un momento. Busqué un ladrillo suelto, y al encontrarlo y separarlo de la pared la sorpresa fue mayor de lo que esperaba. No solo seguía allí el mechero, sino que además había gran parte de esa cajetilla que habíamos ido compartiendo tanto tiempo, y al abrirla, una nota escrita a mano que contaba muchas cosas. Era muy extraño, la verdad. Había asumido todo lo que estuve leyendo hacía ya tiempo, menos esa parte en la que decía importarle demasiado como para terminar de perder el contacto. Mientras caía una lágrima por primera vez en mucho tiempo, un fantasma definido como desastre por una lengua antigua andaba entre árboles cuajados de negros y pequeños frutos, hasta encontrar un almendro, que seguía en flor, y bajo él uno tras uno caían negros tubos de papel y pólvora que envolvían tiras de una planta seca que se esfumaba a la par de sus ilusiones y sueños, hasta que solo quedó uno. Entonces volvió a sacar del paquete de tabaco la nota, la respuesta que había llegado demasiado tarde, y decidido a no volver a caer en ese juego, a no contestar nunca, la envolvió y fumó, notando como por última vez esas palabras iban a ser intrusas en su cuerpo, y preguntándose mientras expulsaba el humo gris, si volverían a ser intrusas de su mente en un tiempo distante y lejano, y podría resistirlo sin sufrir. Aletargado pero nervioso, por la dosis de nicotina, se quedó mirando el baile de los sueños desvanecidos bailando junto al humo, como dos viejos amantes, entre las flores rosas del árbol que le prestaba su sombra.
viernes, 20 de enero de 2012
Preguntas incómodas
Es muy raro, todo, fueron demasiadas coincidencias. Nadie diría que no ocurrió por algo en concreto. Iba por la calle, vestido por la noche, y una chaqueta oscura de la que el viento se reía, calándome hasta los huesos. Ocasionalmente una farola alumbraba parte de mi rostro, aunque un mechón de pelo, cada vez más largo, protegía mi ojo derecho de cualquier luz, y hacía algo de sombra permanente en mi faz. Creo que ya no recuerdo la última vez que no acompañaba una de esas travesías con a tout le monde, manifiesto, numb, vivir para contarlo, o cualquier otra banda sonora para ese mágico instante. A veces los auriculares son como las personas, unas duran más, otras menos, y algunas son difíciles de reemplazar, otras simplemente imposibles. En aquel montículo encontré a un señor con una larga gabardina, y cuyo pelo llegaba hasta los hombros holgadamente. Había ocupado mi lugar en aquel muro que hacía frente a un paisaje campestre, era la primera vez que pasaba en muchos meses. Casi me sentí mal al pensar que estaba apoyado en ese pequeño escrito que dejé ahí hace ya mucho tiempo. Pero el muro era grande, y yo no estaba dispuesto a perder uno de los instantes más importantes del día, precisamente aquel día tan largo. Removí algo la gravilla, como forma de informarle de mi presencia. No obtuve respuesta, ni un mero movimiento en su cabeza me dijo que se hubiera percatado de algo. Ocupé mi lado, apoyado contra ese montón de ladrillos cuya función había dejado de ser más que la de permitir a cuatro borrachos esconderse de las patrullas que normalmente había esos sábados de fiesta, y que lejos de ser útiles, solo servían para arrastrar a personajes enemistados que guiados por el alcohol protagonizaban violentos episodios en los que incluso había apuestas. Pero eso es otra historia. En el momento en el que ese ser siniestro se dignó a dirigirme la palabra, ya hacía tiempo que me había olvidado de su existencia, y estaba en un plano entre lo onírico y lo físico, con los ojos cerrados, y los sentidos calmados.
—¿Necesidad de abstraerte?
Durante un momento incluso dudé que hubiera dicho nada, y tampoco había entendido muy bien qué quería decir, asi que seguí allí, quieto, alerta, esperando a una repetición que me confirmara aquello. Es verdad que cuesta, pero al desinhibirse uno ya puede hacer poca cosa por volver completamente a la realidad.
—¿Necesidad de abstraerte?
Sí, no lo había soñado, me había dirigido la palabra. Medité algo la respuesta.
—Ehm, sí. ¿Por?
Me pareció escuchar, entre el pequeño silencio que dominó el momento, y su respuesta, un carraspeo, quizás un sonido de aprobación, o una pequeña sonrisa.
—Eres de los míos. Es una suerte, ya estamos casi extinguidos.
Reflexionando sobre lo que acababa de decir, la idea de meterme en su propio saco, o 'grupo' y los motivos de esto sin conocerme de nada, titubeé...
—¿De los tuyos?
—Sí, ahora mismo todos prefieren emborracharse para llegar a eso.
—¿Tan especial es que prefiera esto?
—Dice mucho sobre tí. Deja que adivine. Estudioso. Algo rebelde. No te gusta demasiado la gente. Demasiadas dudas en la cabeza. Odias las masas, odias las modas. No terminas de encajar en ninguna ideología. Eres inteligente, más de lo que crees, y no soy el primero que lo dice.
Eso fué un golpe tras otro. Demasiado sabe sobre mí este tío, pensé. Aunque no pretendía dejarle ver que había acertado tanto...
—Quizás.
—Si estas aqui tiene algo de eso tiene que ser cierto. Bastante de eso lo será. Y ahora, dime, ¿Puedo preguntarte algo?
—Como quiera.
—¿Has perdido la inocencia?
Aquello me chocó. Era una pregunta con tantos posibles significados el día de hoy que no supe qué contestar.
—¿Perder la inocencia? ¿En que sentido?
Por primera vez en toda la conversación me decidí a dejar el paisaje en paz y mirar a ese hombre. Llevaba rato observándome, al parecer, y no le sobresaltó que me diera cuenta. Lucía una barba algo corta, quizás más incluso que la mía, que apenas era más que un esbozo, y sus ojos castaños parecían tener un brillo especial al mirarme. Me inquietó eso. Además del hecho de que se callara, y me tuviera en vilo antes de explicarme su pregunta.
—La inocencia, la preciosa inocencia...¿Recuerdas ese momento de tu vida en el que todo era más fácil? ¿Mamá y papá siempre contigo, y la promesa de que así seguiría siendo? ¿Un mundo pacífico y bello en el que vivir? Seguro que no. Pero, dime, ¿Sigues creyendo en la bondad de las personas? ¿En el amor? ¿Crees que alguna vez todos estos que se equivocan se darán cuenta de sus errores?
La parrafada la dijo con una voz profunda y calmada, más de lo normal. Aunque en algún momento titubeó, al preguntar sobre el amor quizás.
—No tengo demasiadas esperanzas en nada de ello, aunque creo en algunas de esas cosas. Quizás seamos nosotros quienes nos equivoquemos, o, mejor dicho, yo. Pero sinceramente, no lo sé, no sé si he perdido la inocencia. Es una buena pregunta.
—Y esa una buena respuesta. Así que es definitivo. Te podría contar yo mismo la respuesta, y te podría decir a que te podría llevar el seguir con esa mentalidad, pero no te puedo asegurar que sea algo mejor que lo que pasaría manteniendo el orden natural de tus ideas. ¿Que prefieres?
No me creía lo que estaba pasando en mi cabeza. Un loco que no conocía de nada me había encauzado a un debate interno que probablemente acabara con súplicas que no me llevarían a nada bueno, eran presentimientos bastante fuertes.
—Prefiero quedarme así, aunque no sé por qué es tan seguro que algo que me dijera me pudiera cambiar la forma de pensar de ese modo.
—Sabía que dirías eso. Creo que te vendrá bien estar solo, pero haz algo, procura apuntar ese poema que tienes aquí detrás. La memoria no da para tanto, y es algo que seguro que te anima en su día.
Tras decir esas palabras lanzó una última mirada al horizonte, y lentamente se marchó por el camino que yo había elegido para llegar a ese azaroso encuentro. Quizás me habría gustado pararle, pero en mi mente había demasiadas cosas como para pensar siquiera en mover un músculo. Tardé unos minutos en reaccionar, y quitar la vista perdida del horizonte. Saqué de entre unas piedras el pequeño cuaderno y el bolígrafo que guardaba, con su funda de plástico, por la lluvia. Ocupé el lugar que llevaba tanto tiempo frecuentando, pero en esta ocasión, toda la inspiración que tenía estaba fuera de los versos. Recordé la indicación de aquel hombre de apuntar el poema que alli había, y me volví a mirarlo. Entonces llegó el shock. Estaba acabado. Era mi letra, con un trozo de carbón parecido al que había usado yo para escribir el resto, y que seguía allí, en el suelo. Me conmocionó. Lentamente, mimando cada letra, escribí el poema, y decidí que ese cuaderno ya podía jubilarse, e ir al cajón en el que guardaba con recelo toda mi poesía. Al acabar, decidí emprender el camino de vuelta. Estaba amaneciendo. Los primeros rayos de sol en mi ojo izquierdo despertaron de nuevo a mis pensamientos, ausentes durante mucho tiempo. ¿Sería mi yo futuro ese tipejo que me había hurtado el sitio? ¿Serían delirios mios? ¿De verdad es posible tanta casualidad?
Desde entonces, vuelvo con más ganas que antes todas las noches que puedo, y me lamento de no haberme fijado en el superior izquierdo de su labio, mientras acaricio la cicatriz que tengo en esa zona, y escribo más y más, rellenando un nuevo cuaderno.
—¿Necesidad de abstraerte?
Durante un momento incluso dudé que hubiera dicho nada, y tampoco había entendido muy bien qué quería decir, asi que seguí allí, quieto, alerta, esperando a una repetición que me confirmara aquello. Es verdad que cuesta, pero al desinhibirse uno ya puede hacer poca cosa por volver completamente a la realidad.
—¿Necesidad de abstraerte?
Sí, no lo había soñado, me había dirigido la palabra. Medité algo la respuesta.
—Ehm, sí. ¿Por?
Me pareció escuchar, entre el pequeño silencio que dominó el momento, y su respuesta, un carraspeo, quizás un sonido de aprobación, o una pequeña sonrisa.
—Eres de los míos. Es una suerte, ya estamos casi extinguidos.
Reflexionando sobre lo que acababa de decir, la idea de meterme en su propio saco, o 'grupo' y los motivos de esto sin conocerme de nada, titubeé...
—¿De los tuyos?
—Sí, ahora mismo todos prefieren emborracharse para llegar a eso.
—¿Tan especial es que prefiera esto?
—Dice mucho sobre tí. Deja que adivine. Estudioso. Algo rebelde. No te gusta demasiado la gente. Demasiadas dudas en la cabeza. Odias las masas, odias las modas. No terminas de encajar en ninguna ideología. Eres inteligente, más de lo que crees, y no soy el primero que lo dice.
Eso fué un golpe tras otro. Demasiado sabe sobre mí este tío, pensé. Aunque no pretendía dejarle ver que había acertado tanto...
—Quizás.
—Si estas aqui tiene algo de eso tiene que ser cierto. Bastante de eso lo será. Y ahora, dime, ¿Puedo preguntarte algo?
—Como quiera.
—¿Has perdido la inocencia?
Aquello me chocó. Era una pregunta con tantos posibles significados el día de hoy que no supe qué contestar.
—¿Perder la inocencia? ¿En que sentido?
Por primera vez en toda la conversación me decidí a dejar el paisaje en paz y mirar a ese hombre. Llevaba rato observándome, al parecer, y no le sobresaltó que me diera cuenta. Lucía una barba algo corta, quizás más incluso que la mía, que apenas era más que un esbozo, y sus ojos castaños parecían tener un brillo especial al mirarme. Me inquietó eso. Además del hecho de que se callara, y me tuviera en vilo antes de explicarme su pregunta.
—La inocencia, la preciosa inocencia...¿Recuerdas ese momento de tu vida en el que todo era más fácil? ¿Mamá y papá siempre contigo, y la promesa de que así seguiría siendo? ¿Un mundo pacífico y bello en el que vivir? Seguro que no. Pero, dime, ¿Sigues creyendo en la bondad de las personas? ¿En el amor? ¿Crees que alguna vez todos estos que se equivocan se darán cuenta de sus errores?
La parrafada la dijo con una voz profunda y calmada, más de lo normal. Aunque en algún momento titubeó, al preguntar sobre el amor quizás.
—No tengo demasiadas esperanzas en nada de ello, aunque creo en algunas de esas cosas. Quizás seamos nosotros quienes nos equivoquemos, o, mejor dicho, yo. Pero sinceramente, no lo sé, no sé si he perdido la inocencia. Es una buena pregunta.
—Y esa una buena respuesta. Así que es definitivo. Te podría contar yo mismo la respuesta, y te podría decir a que te podría llevar el seguir con esa mentalidad, pero no te puedo asegurar que sea algo mejor que lo que pasaría manteniendo el orden natural de tus ideas. ¿Que prefieres?
No me creía lo que estaba pasando en mi cabeza. Un loco que no conocía de nada me había encauzado a un debate interno que probablemente acabara con súplicas que no me llevarían a nada bueno, eran presentimientos bastante fuertes.
—Prefiero quedarme así, aunque no sé por qué es tan seguro que algo que me dijera me pudiera cambiar la forma de pensar de ese modo.
—Sabía que dirías eso. Creo que te vendrá bien estar solo, pero haz algo, procura apuntar ese poema que tienes aquí detrás. La memoria no da para tanto, y es algo que seguro que te anima en su día.
Tras decir esas palabras lanzó una última mirada al horizonte, y lentamente se marchó por el camino que yo había elegido para llegar a ese azaroso encuentro. Quizás me habría gustado pararle, pero en mi mente había demasiadas cosas como para pensar siquiera en mover un músculo. Tardé unos minutos en reaccionar, y quitar la vista perdida del horizonte. Saqué de entre unas piedras el pequeño cuaderno y el bolígrafo que guardaba, con su funda de plástico, por la lluvia. Ocupé el lugar que llevaba tanto tiempo frecuentando, pero en esta ocasión, toda la inspiración que tenía estaba fuera de los versos. Recordé la indicación de aquel hombre de apuntar el poema que alli había, y me volví a mirarlo. Entonces llegó el shock. Estaba acabado. Era mi letra, con un trozo de carbón parecido al que había usado yo para escribir el resto, y que seguía allí, en el suelo. Me conmocionó. Lentamente, mimando cada letra, escribí el poema, y decidí que ese cuaderno ya podía jubilarse, e ir al cajón en el que guardaba con recelo toda mi poesía. Al acabar, decidí emprender el camino de vuelta. Estaba amaneciendo. Los primeros rayos de sol en mi ojo izquierdo despertaron de nuevo a mis pensamientos, ausentes durante mucho tiempo. ¿Sería mi yo futuro ese tipejo que me había hurtado el sitio? ¿Serían delirios mios? ¿De verdad es posible tanta casualidad?
Desde entonces, vuelvo con más ganas que antes todas las noches que puedo, y me lamento de no haberme fijado en el superior izquierdo de su labio, mientras acaricio la cicatriz que tengo en esa zona, y escribo más y más, rellenando un nuevo cuaderno.
Chustas
Seguro que sales a la calle. El asfalto gris ya está en todo el mundo, y
si en tu entorno no lo hay es algo raro que estés leyendo esto. Una
pregunta que te podría hacer es, ¿Alguna vez te has decidido a observar
atentamente el suelo de las calles que pisas? Probablemente no. No te
importará que haya un guante roto, una fruta amarga y podrida, una
botella rota, siempre y cuando no se ponga en tu camino y pueda
cortarte. Es algo parecido a lo que acaba pasandonos en la vida. Vas
caminando, siempre mirando hacia delante, y nunca te fijas en lo que
pueda haber a los laterales. Mira, allí había una persona que podría
haber sido un hombro en el que apoyarte en esa mala racha, pero no
supiste confiar en ella, y la dejaste a mitad del camino. Esa persona es
como un billete, arrugado, dañado, medio roto, que se queda ahí,
esperando a que otro transeúnte en este camino que llamamos vida la
recoja, quizás la recoja, le ofrezca cobijo, aceptación, e intercambie
pensamientos y vivencias, palabras y experiencias. Luego mirarás atrás,
quizás incluso te des cuenta de lo que has perdido, y volverás
corriendo, bajo la lluvia, cual escena romántica de película pastelosa,
buscando a esa persona, pensando en por qué no te diste cuenta antes de
lo que estabas perdiendo, rezando incluso por que esté ahí, aunque no
creas en nada de eso, y cuando veas que la has perdido, la lluvia se
tornará maremoto, y poco a poco, acumulando, irás hacia adelante, sin
volver la vista, inundado por dentro, así hasta que llegue el momento en
el que ya no aguantes más, y empieces a soltar lágrimas sin darte
cuenta. Quizás alguna vez os ha pasado, llorar sin saber el porqué, o
hacerlo por cualquier cosa, por cualquier excusa, intentando encontrar
el desahogo a algo más profundo que eso. Si todo lo que hubiera en
nuestra vida fuera así, algo de consideración con las personas bastaría,
pero claro, también hay cristales, miles de cristales, que se te pueden
incrustar, sanguijuelas venidas del arroyo de al lado del camino, que
tratarán de chuparte todo, menos lo que te gustaría que te chuparan,
hasta la sangre. Joder, que panorama, que pesimismo, no se puede ser
así. Pero, sinceramente, ¿De verdad todas las personas que han quedado
atrás están perdidas del todo? Vuelve sobre tus pasos, deja ese orgullo y
quitate el yugo, date la vuelta, atrévete a darle la mano, levantar a
esa persona, y decirle, tú quisiste ayudarme, y no te dejé, pero; ¿Me
dejarás ayudarte a tí ahora? ¿Me perdonas?
¿Imaginais la alegría que podría daros cada sí? ¿Por qué no probais? Quizás el recuperarlas os ayude a no perderos en el camino, ya que hay mil desviaciones, y no todas acaban en final feliz.Y aunque haya veces en las que no te sirva de nada, tampoco va a hacerlo el orgullo.
¿Imaginais la alegría que podría daros cada sí? ¿Por qué no probais? Quizás el recuperarlas os ayude a no perderos en el camino, ya que hay mil desviaciones, y no todas acaban en final feliz.Y aunque haya veces en las que no te sirva de nada, tampoco va a hacerlo el orgullo.
Preludio
Mira que suena fino y todo, incluso complejo. Aunque es ya un clásico.
Voy a hacer esto porque aquello, lo otro, eso, y esto otro, ya sé que no
os importa, es como la introducción en un cd cualquiera, una parte que
normalmente se salta. Si de verdad te interesa, esto es una forma de
redimir ciertas cosas que quizás no consiga redimir, pero será un
consuelo, como el regalarle un bocadillo a un vagabundo que ves por la
calle, y aunque supongo que no habrá muchos seres que lean esto, quizás
alguno incluso entienda algo de lo que quizás deje ver, leyendo entre
líneas, o no tanto. Además es un reto a mí mismo, ser capaz de hacer esto por muchos contratiempos que me vengan, y escribir cosas asiduamente.
Apunte
Si, eso es lo que se llama a empezar un proyecto y perder el mail con el que lo haces el primer día. Así que como un tonto resignado, pues me ha tocado volver a hacerlo todo, y ahora me tocará volver a poner el blog más o menos como estaba, supongo, y habrá que aguantarse. Como no eran gran cosa, las entradas del otro blog puedo volver a ponerlas aquí, para así no hacer lios, y dejar ese ahí olvidado, y bueno, pues que me perdone todo el mundo la lluvia de ácido que me merecería por hacer esto. Y dicho lo dicho, pues bienvenidos y todo eso.
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