Pasa el tiempo, con la cantinela constante, cual sinfonía del afilado despertador por la mañana, de que ya vendrán tiempos mejores. Que si dejará de irse gente, que si se irá la que no hace más que joder, que si esto, que si lo otro. No te preocupes, ya te saldrán dientes, niño, dicen. No te preocupes, ya aprenderás cómo va todo y dejará de preocuparte. No te preocupes, que el abuelo es que no era persona, las personas normalmente son inmortales. No te preocupes, que ya pasará el curso y no tendrás que aguantarlos más. No te preocupes, que ya llegarás a la universidad y cambiará todo. Que terminarás y encontrarás un trabajo. Que encontrarás algo mejor. Que encontrarás algo con menos responsabilidades. Que te jubilarás. Que tendrás pensión. Que te tocará la lotería. Que aparecerá alguien que te aguante. Tú no te preocupes, que todo importa una mierda. Deja pasar la vida.
Eso sí, sabes que no va a pasar nada de lo que querrías que pasara, pero no te preocupes, que ya tengo bastante con mis cosas para aguantarte a ti, gilipollas.
viernes, 21 de diciembre de 2012
lunes, 17 de diciembre de 2012
El cuento número -3
Una de esas inspiraciones efímeras que morían pronto, cuales mariposas, ya fuera con tinta en un papel, como apunte que las criogenizara, o sin ella, como un cortocircuito en una neurona concreta que conteniese la valiosa idea. Un poema digno de Baudelaire. Una utopía factible. Un método capaz de encontrar la cura para el cáncer. Era un brillo de tristeza inconsciente en los ojos de cualquier persona que en cierto modo recordaba que había olvidado algo, y que era algo verdaderamente importante.
Con el tiempo me di cuenta de que esto no era tan diferente a esas grandes pérdidas. Al principio pensé en la posibilidad de pecar de subnormalidad profunda, pero poco a poco fui olvidando también aquello. Y, extrañamente, no desaparecía, y ya era una constante en mi cabeza. Hasta que me decidí a intentar escribirla.
...
Nada. No era posible plasmar aquello en palabras. Luego llegó el miedo. El olvido. ¿Por qué condenarlo a ello? Quizás no fuese capaz de escribirla porque esta historia fuera diferente, ya que, por algún extraño motivo, sentía que en el fondo era mejor no tener que contarla. Y era triste, nadie se imagina cuánto. Algo tan bonito debería llegar al mundo. O quizás no, pero a día de hoy, y ya con ella olvidada, sigo sin tener muy claro si el problema fue que fuera algo demasiado bonito para no parecer un puto cuento de hadas; o si en cambio se trataba únicamente de una estupidez sin el valor suficiente como para salir de mi cabeza.
Quizás algún día llegue a recordar todo aquello y me sienta capaz de relatarlo. Quizás cada vez que escribo algo estoy dejando pedacitos de ello esparcidos por todos lados, sin yo mismo notarlo. Quizás simplemente sea todo un ridículo intento por llegar al convencimiento de que, aunque se perdiera, llegué a tener algo digno de ser compartido. O quizás no.
Con el tiempo me di cuenta de que esto no era tan diferente a esas grandes pérdidas. Al principio pensé en la posibilidad de pecar de subnormalidad profunda, pero poco a poco fui olvidando también aquello. Y, extrañamente, no desaparecía, y ya era una constante en mi cabeza. Hasta que me decidí a intentar escribirla.
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Nada. No era posible plasmar aquello en palabras. Luego llegó el miedo. El olvido. ¿Por qué condenarlo a ello? Quizás no fuese capaz de escribirla porque esta historia fuera diferente, ya que, por algún extraño motivo, sentía que en el fondo era mejor no tener que contarla. Y era triste, nadie se imagina cuánto. Algo tan bonito debería llegar al mundo. O quizás no, pero a día de hoy, y ya con ella olvidada, sigo sin tener muy claro si el problema fue que fuera algo demasiado bonito para no parecer un puto cuento de hadas; o si en cambio se trataba únicamente de una estupidez sin el valor suficiente como para salir de mi cabeza.
Quizás algún día llegue a recordar todo aquello y me sienta capaz de relatarlo. Quizás cada vez que escribo algo estoy dejando pedacitos de ello esparcidos por todos lados, sin yo mismo notarlo. Quizás simplemente sea todo un ridículo intento por llegar al convencimiento de que, aunque se perdiera, llegué a tener algo digno de ser compartido. O quizás no.
sábado, 15 de diciembre de 2012
Carta para nadie
Anochece. Otra vez. Ya queda poco para el invierno, y aquí no ha cambiado gran cosa. Todos estamos un poco más viejos, un poco más amargados, quizás como allí. Sigue lloviznando, pero este año he tenido más suerte y no ha pasado nada. La vida es igual de insulsa y falta de sentido. Y tú...hace tanto tiempo que desapareciste que junto con la esperanza de que vuelvas han desaparecido mis ganas, sustituidas por la más fría indiferencia. Pero los meses pasan. Al final aprendí aquella canción, aunque ya sea tarde para cantártela alguna vez. Quizás fuera culpa de aquel poema. O de aquella conversación. Probablemente ni tú lo recuerdes ya, o sea para ti un mal recuerdo. Una lástima. En el fondo es mejor así, pues algo me dice que ninguno de los dos ha cambiado su parecer sobre aquello que nos separó. Y sé que no debería pensar así y que tendría que desearte lo mismo que tú a mí, pero ojalá y te vaya bien. Aunque no lo entiendas. Aunque no te acuerdes. Porque tampoco es tan importante.
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