El adivino pasó aburrido y desganado toda su vida porque el futuro no le deparaba apenas sorpresas, siendo su existencia un constante paso de cosas que ya conocía. El mismo era, además, un tipo solitario, por lo que apenas se encariñaba o entablaba relación con otras personas. Sin embargo, esto a veces también ocurría, y cuando el adivino llegaba a estar unido a alguien, le decía que era una pena que no fuesen a estar así más de unos meses, con la esperanza de equivocarse, de encontrarse meses después con la misma persona y tener que aceptar el fallo en su predicción. Pero eso nunca ocurrió, y junto a los sucesos, el adivino tuvo que ver pasar a personas a las que le habría gustado retener, guardar para sí.
Lo único que nunca pudo prever fue que tendría que sufrir todo aquello sin volverse loco, sintiéndolo como un castigo, como una tortura vitalicia, como el peso de una gravedad exacerbada sobre sus hombros.
Que su vida iba a ser una mierda lo habría sabido cualquiera.
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sábado, 25 de mayo de 2013
lunes, 17 de diciembre de 2012
El cuento número -3
Una de esas inspiraciones efímeras que morían pronto, cuales mariposas, ya fuera con tinta en un papel, como apunte que las criogenizara, o sin ella, como un cortocircuito en una neurona concreta que conteniese la valiosa idea. Un poema digno de Baudelaire. Una utopía factible. Un método capaz de encontrar la cura para el cáncer. Era un brillo de tristeza inconsciente en los ojos de cualquier persona que en cierto modo recordaba que había olvidado algo, y que era algo verdaderamente importante.
Con el tiempo me di cuenta de que esto no era tan diferente a esas grandes pérdidas. Al principio pensé en la posibilidad de pecar de subnormalidad profunda, pero poco a poco fui olvidando también aquello. Y, extrañamente, no desaparecía, y ya era una constante en mi cabeza. Hasta que me decidí a intentar escribirla.
...
Nada. No era posible plasmar aquello en palabras. Luego llegó el miedo. El olvido. ¿Por qué condenarlo a ello? Quizás no fuese capaz de escribirla porque esta historia fuera diferente, ya que, por algún extraño motivo, sentía que en el fondo era mejor no tener que contarla. Y era triste, nadie se imagina cuánto. Algo tan bonito debería llegar al mundo. O quizás no, pero a día de hoy, y ya con ella olvidada, sigo sin tener muy claro si el problema fue que fuera algo demasiado bonito para no parecer un puto cuento de hadas; o si en cambio se trataba únicamente de una estupidez sin el valor suficiente como para salir de mi cabeza.
Quizás algún día llegue a recordar todo aquello y me sienta capaz de relatarlo. Quizás cada vez que escribo algo estoy dejando pedacitos de ello esparcidos por todos lados, sin yo mismo notarlo. Quizás simplemente sea todo un ridículo intento por llegar al convencimiento de que, aunque se perdiera, llegué a tener algo digno de ser compartido. O quizás no.
Con el tiempo me di cuenta de que esto no era tan diferente a esas grandes pérdidas. Al principio pensé en la posibilidad de pecar de subnormalidad profunda, pero poco a poco fui olvidando también aquello. Y, extrañamente, no desaparecía, y ya era una constante en mi cabeza. Hasta que me decidí a intentar escribirla.
...
Nada. No era posible plasmar aquello en palabras. Luego llegó el miedo. El olvido. ¿Por qué condenarlo a ello? Quizás no fuese capaz de escribirla porque esta historia fuera diferente, ya que, por algún extraño motivo, sentía que en el fondo era mejor no tener que contarla. Y era triste, nadie se imagina cuánto. Algo tan bonito debería llegar al mundo. O quizás no, pero a día de hoy, y ya con ella olvidada, sigo sin tener muy claro si el problema fue que fuera algo demasiado bonito para no parecer un puto cuento de hadas; o si en cambio se trataba únicamente de una estupidez sin el valor suficiente como para salir de mi cabeza.
Quizás algún día llegue a recordar todo aquello y me sienta capaz de relatarlo. Quizás cada vez que escribo algo estoy dejando pedacitos de ello esparcidos por todos lados, sin yo mismo notarlo. Quizás simplemente sea todo un ridículo intento por llegar al convencimiento de que, aunque se perdiera, llegué a tener algo digno de ser compartido. O quizás no.
sábado, 6 de octubre de 2012
Huyendo
Mientras cruzaba aquella acera ya de vuelta a casa, comenzó a tener la certeza, fría, ya desprovista de rabia, de que no iba a volver a saber de ella en su vida. ¿Cómo iba a ser de otro modo, si tras tantos intentos de hacerlo y tantas negativas suyas había acabado diciéndole que el único motivo por el que no le había dejado tirado hacía mucho era pena? ¿Pena, cuando ya había intentado mil veces dejarla en paz y nunca lo había conseguido porque ella nunca estaba de acuerdo? ¿Pena, también cuando él no quería ni hablar y ella le insistía una y otra vez para que le contara sus problemas? No tenía ninguna lógica. Tenía que ser una mentira que estaba ocultando de algún modo bajo eso. Y todo el mundo sabía que él odiaba las mentiras, por encima de casi todo. En cualquier caso, poco importaba ya nada. Ni lo que hubiera pasado ni lo que hubiera tenido que pasar. Porque, de un golpe súbdito, como un ladrillo precipitándose de una pared en un terremoto, se habían separado, y era bastante poco probable que se volviesen a unir. Quizás se estaban equivocando, o quizás deberían haberlo hecho hace tiempo. Nadie lo sabe. Y él no tenía demasiado interés en averiguarlo, al menos mientras tuviera otras cosas que hacer, como contener su propia rabia. Pero...¿Por qué?
Eso era lo que había en su mente cuando, aquella noche, en la oscuridad, cruzando un paso de peatones, un borracho le hizo saltar unos dos metros antes de dejarlo tirado en un charco y darse a la fuga. Ni más muerto que vivo pudo estar tranquilo. Ni más muerto que vivo tuvo siquiera la indiferencia ante que ella fuera a ayudarle.
Eso era lo que había en su mente cuando, aquella noche, en la oscuridad, cruzando un paso de peatones, un borracho le hizo saltar unos dos metros antes de dejarlo tirado en un charco y darse a la fuga. Ni más muerto que vivo pudo estar tranquilo. Ni más muerto que vivo tuvo siquiera la indiferencia ante que ella fuera a ayudarle.
domingo, 30 de septiembre de 2012
Paranoia...¿O no?
Era el primer día de clase. Historia. El profesor, tan elegante como siempre se le veía por los pasillos, impecable en su traje, pidió a un alumno de la primera fila que fuese repartiendo los exámenes iniciales. Media hora. Era una pequeña prueba sobre la historia del siglo XX. Las guerras, conceptos como el capitalismo, el comunismo, la democracia, la dictadura...nada demasiado complicado, o eso me pareció, aunque después descubriera que a algunos de mis compañeros sí que les costó, cosa que sigo sin explicarme.
Al terminar recogieron el examen y el profesor comenzó a hacerlo, oralmente, delante de la clase. Todo parecía sencillo y anodino hasta que llegó a una pregunta en concreto.
Define democracia, dictadura, y diferéncialas.
''Una democracia es un sistema en el que el pueblo gobierna, y hay libertad de opinión, prensa, culto, y demás. En una dictadura, hay una persona que tiene el poder y que impone todo lo que tiene que ser alguien dentro de su sociedad. ¿Veis la diferencia, el porqué la democracia es mucho mejor? Yo, como profesor de historia, dentro de una democracia, puedo explicar distintos sistemas, enseñar lo que les pasó, sus pros, sus contras y por qué ahora la mayoría de países tienen una democracia y un sistema económico capitalista y no otro sistema. Si estuviéramos en una dictadura, solo podría afirmar que el dictador es muy bueno e ir, en base a eso, explicando los demás sistemas como malos, dejando claro que estamos bien como estamos.''
Entonces yo, que inexplicablemente había elegido prestar más atención en ese momento, comencé a reflexionar sobre todo eso. Pero lo único que conseguí fue darme cuenta de que no era diferente la función del profesor ahora que la del que habría enseñado en una dictadura, sólo cambiaba el bando que defendían, y, quizás, la forma en la que los dictadores llegaban al mando, si es que cambiaban y no eran siempre marionetas de los mismos. Y sentí rabia. Rabia y miedo.
Al terminar recogieron el examen y el profesor comenzó a hacerlo, oralmente, delante de la clase. Todo parecía sencillo y anodino hasta que llegó a una pregunta en concreto.
Define democracia, dictadura, y diferéncialas.
''Una democracia es un sistema en el que el pueblo gobierna, y hay libertad de opinión, prensa, culto, y demás. En una dictadura, hay una persona que tiene el poder y que impone todo lo que tiene que ser alguien dentro de su sociedad. ¿Veis la diferencia, el porqué la democracia es mucho mejor? Yo, como profesor de historia, dentro de una democracia, puedo explicar distintos sistemas, enseñar lo que les pasó, sus pros, sus contras y por qué ahora la mayoría de países tienen una democracia y un sistema económico capitalista y no otro sistema. Si estuviéramos en una dictadura, solo podría afirmar que el dictador es muy bueno e ir, en base a eso, explicando los demás sistemas como malos, dejando claro que estamos bien como estamos.''
Entonces yo, que inexplicablemente había elegido prestar más atención en ese momento, comencé a reflexionar sobre todo eso. Pero lo único que conseguí fue darme cuenta de que no era diferente la función del profesor ahora que la del que habría enseñado en una dictadura, sólo cambiaba el bando que defendían, y, quizás, la forma en la que los dictadores llegaban al mando, si es que cambiaban y no eran siempre marionetas de los mismos. Y sentí rabia. Rabia y miedo.
domingo, 19 de febrero de 2012
La triste historia de un anónimo
Érase una vez un chico. Érase una vez su extraña forma de ser, que provocaba que el daño que pudiese hacerle quien le importara se multiplicase. Érase una historia de abandono, seguida de otra, otra, otra y otra, que mataban el interior del chico. Érase un sufrimiento ajeno que se sentía en la propia piel, un cuento largo, que terminó en un ser con una demasiado fuerte tendencia a la misantropía. Ya no le importaban los demás. Ya no quería hablar con la gente, ni mostrarse o ser amistoso con nadie. Era como un animalillo herido, atacaba a todo el mundo. Psicólogos dijeron que el problema probablemente tuvo que ver con maltratos físicos, quizás con sus padres, o con algún matón por ahí, pero no les cuadraba una aversión tan grande a todo el mundo, no le cuadraba un odio tan grande hacia sí mismo, no sabía por qué su forma de vengarse de una realidad que le dañaba era tan diferente a lo normal, por qué nunca había intentado suicidarse, por qué había dejado el pesado ejercicio físico que tendría que haber aumentado por la rabia y la hormonación que le provocaba todo eso. Ni él ni nadie lo sabía. Bueno, ni el ni casi nadie. Pero yo no cuento en esta historia, solo era un espectador sin credibilidad, aunque quizás tuviese más razón de la que yo mismo quería tener, y no fue el primer caso. El chico había aprendido a perder el apego por las personas, a perder la confianza también, pero sabía muy bien como amar, demasiado bien comparándolo con las personas a las que intentó amar. Esto le hizo vagar con un corazón herido de muerte, agonizando mientras a borbotones brotaban sueños que iban desapareciendo arrastrados al exterior, expulsados por ilusiones diferentes, o simplemente para hacer hueco a nuevos ideales que iban surgiendo al mezclarse poco a poco el dolor con la reflexión. Después vino la demencia, las lágrimas, primero saladas, luego dulces, al final, con los ojos secos, aprendió a dejar de llorar, al menos externamente, ya que su alma seguía ahogándose en su propio llanto. No fue capaz de amar otra vez, con tal de no atarse a otra persona, porque las personas son autodestructivas, buscaban el dolor aunque ellas mismas no lo supieran, y ese dolor se traduciría en más miseria para él, algo que no estaba dispuesto a soportar, si es que podía soportarlo. Descuidó su físico. Cuidó de más su mente. Entonces se terminó de convertir en el tipo de ser antisocial perfecto para la sociedad actual, alguien inteligente y con principios. Pero no le importaba, leyendo a Nietzsche se le pasaban las noches en vela, y entre un cigarro y una copa se iban esfumando los segundos, contados por un reloj de arena. Y mientras su reloj de arena sigue corriendo, ese chico está ahora mismo huyendo de sí mismo, huyendo de su propia sombra entre la oscuridad que le proporciona la sombra de los árboles, de los edificios, de las grandes construcciones, e incluso de los vehículos, llorando por dentro, gritando, pidiendo ayuda, alguien diferente, alguien en quien poder confiar, una persona diferente a él y al resto. Y no lo encuentra. Sigue buscando. Yo también espero a alguien así, la verdad, así que quizás coincidamos en nuestra búsqueda; aunque por ahora solo tú has coincidido en la mía, en la que he sido tu narrador, después de ser un espectador desde la lejanía. Quizás llegue alguna vez en la que llegue a ser ese hombro en el que puedas desahogarte, pero no hoy. Pero no por ello desistas en tu búsqueda, tampoco soy yo ese al que persigues.
miércoles, 15 de febrero de 2012
Cuchillas
Era un dia más. Un domingo más de depresión. Tenía mil cosas en la cabeza, y ninguna era buena. Necesitaba desahogarse, o despejarse, o desaparecer, pero no sabía como, nadie le había enseñado nunca a actuar ante aquel cúmulo de cosas que le agobiaban, en el que había de todo. Instituto, una chica, familia, desastres y catástrofes varios, amistades rotas, fantasmas del pasado, que cual disparo a quemarropa iban matándolo poco a poco por dentro. Estaba en el escritorio, borrando con lágrimas una antigua carta de amor que había quedado sin mandar, una de esas cosas de las que tienes que deshacerte después de terminar, ya sea enviando o quemando. Pero él era demasiado creativo para quemar la carta, o no le terminaba de gustar la idea de usarla como papel de liar porros y hacer que con la carta se fuesen sus preocupaciones, por lo que había acabado así, tras sucumbir a la idea de leerla. Después de tal deshidratación, ante la idea de emborracharse, que no terminaba de gustarle en aquel momento, decidió aprovechar para reflexionar en la ducha, y de camino tachar algo de la lista de cosas que tendría que hacer sí o sí, injustificables aun con motivos de peso de cualquier índole. Así que rebuscó entre los cajones repletos de recuerdos que se le iban clavando algo de ropa, fue a por unas toallas, y lo dejó todo bien preparado. Pocos minutos después estaba bajo la artificial cascada en la que se convertía la ducha, un lugar de meditación, reflexión, reorganización de ideas y muchísimo más. El único lugar en el que se había sentido realmente calmado, en sintonía. Y empezó a diluir las ideas entre espuma y geles aromáticos, hasta llegar a lo que los hindúes llamarían Nirvana, y una persona normal hoy en día llamaría normalidad, la mente vacía, al menos eso parecía. Y así pasó un minuto, otro, otro, y otro, entre litros de agua que se iban por la alcantarilla con los problemas, evadirse no era tan difícil, y después de un desahogo así, era normal que no le costara demasiado. Nadie sabe si pasó una hora, pasaron dos, o pasaron tres, solo que su cuerpo estaba arrugado por la excesiva hidratación, todo el cuarto de baño lleno de un vapor de agua que limpiaba los pulmones sin llegar al punto de asfixiar, y salió sin prisa, despacio, fue secándose, y pasó un tiempo con la mirada vacía frente al espejo, empañado, muy empañado, esperando a que esto cambiara, frente al fregadero. Cuando pasó, sacó una cuchilla de afeitar de usar y tirar, bastante rudimentaria, un bote de espuma que estaba en el pequeño armario que había en una esquina, junto a la puerta, y tranquilamente comenzó el ritual del afeitado que tanto se valoraba en ese lugar hostil que llamaba mundo, pero tras una ducha realizaba mansamente, dejando atrás todos los motivos por los que él podía tener barba cuando le apeteciese. Con sumo cuidado de no arrastrar ningún pelo de la castaña melena que en mechones se le adhería a la cara, empapada y con restos de espuma que aun tras tanto tiempo habían sobrevivido al agua, comenzó a embadurnarse el rostro con aquella espuma blanca que en otros tiempos había utilizado para juegos varios. En otros tiempos en los que solo era un niño, feliz, sin ninguna preocupación, sin ningún problema. Tras terminar, viendo que esos pensamientos habían vuelto como están aquí a su cabeza, y saludándolos internamente, como quien saluda a los testigos de su despertar tras un largo coma, con extrañeza, preguntándose qué había pasado. Posteriormente, comenzó a afeitar, cortando con cuidado, cada pelo, cada zona, cada rastrojo de espuma que pudiese quedar. Llegó a la barbilla, donde se cortó, un corte algo importante, que sin embargo no notó hasta no haber terminado la mayoría de la parte izquierda, además de la derecha, y quedar tan solo la zona inferior a la barbilla. Paró y se dedicó a ver la sangre fluir. Le gustó la sensación de ver ese reguero de sangre, y lo dejó fluir. Pensó incluso en la posibilidad de realizarse algún corte más, y simplemente esperar a que parara de fluir sangre, o a un posible desmayo. Deslizó la cuchilla por zonas ya afeitadas suavemente, haciendo el amago del corte, e imaginando la sensación. La irritación, la sangre fluyendo, las luces apagarse más, poco a poco, por algo ajeno al hecho de la prematura nocturnidad reinante en el invierno. Pero no lo hizo. Dirigió la cuchilla esta vez a su muñeca. La presionó sobre lo que sería la arteria principal que pasa por ella, sintiendo la adrenalina de sentir lo frágil que era su vida en aquel mismo momento. Con cuidado separó la cuchilla de esa muñeca. La soltó. Se preguntó qué coño estaba haciendo. Nunca había sido una persona que tuviese la idea del suicidio presente, ¿Por qué ahora? Había superado cosas mucho peores. No tenía como motivo para evitar el suicidio el importarle a alguien, el que nadie se sintiera triste o mal si desaparecía, sino todo lo contrario. Pero no veía el sentido a la muerte. Como no se lo veía a la vida. Dejó de pensar en aquello, recordó las redacciones, exámenes, citas, tareas que tenía que hacer, terminó de afeitarse, impecablemente, para evitar el caer otra vez en esas ideas, aunque parte de la espuma que fue limpiando la cuchilla a su paso era ya más roja que blanca, se vistió con la ropa que había dejado allí bastante tiempo antes, que se había humedecido un poco, salió del cuarto de baño, en búsqueda de un reloj. Dos horas habian pasado. Eran ya las nueve. Salió a la ciudad, como mera sombra, en búsqueda de un rincón de soledad más abierto que el pequeño piso que habitaba, lugar que encontró en una plaza adornada con una fuente rematada en una figura de un ángel que escupía agua por una trompeta, al menos durante el día, estaba apagada. Allí se sentó en un banco, y miró al cielo, al menos hasta medianoche. Entonces volvió a casa, y mientras su cuerpo yacía bajo las sábanas, su cabeza asomada leía un tomo sobre filosofía para un examen que tenía al día siguiente. Él y su exquisita planificación de los momentos de depresión. Al decidirse dormir notó algo de dolor en la muñeca. Antes de apagar la luz se fijó en el reverso de esta. Tres cortes superficiales, correspondientes a la cuchilla de afeitar, relucían, y dejaban entrever en algunas zonas una arteria que parecía fuese a desgarrarse con un mero toque del lugar por parte de un dedo, o de la sábana. Consciente de todo, el chaval se durmió entre carcajadas. Era su recurso natural ante el miedo escénico, el pánico, las ganas de llorar. Una risa demasiado sincera, penetrante, no forzada, pero sí siniestra. Fue un día normal en la vida de este extraño personaje, quizás un dia a rememorar si se hubiese tratado de otra persona.
martes, 14 de febrero de 2012
Yo
Era un día lluvioso, que traía consigo además de la archinecesitada agua, algo de frío. Caminaba
encapuchada con prisa, rumbo al instituto, esa celda que se convertía en
suya dentro de la cárcel que era su vida y de la cual no podía escapar.
A mitad de camino, sentado en un portal, con un atuendo completamente
azabache, estaba él mirando al infinito, en un escalón, hasta que notó
su presencia. Entonces guardó los auriculares en un bolsillo, y dejó
sonar mientras la saludaba la música, como acostumbraba a hacer siempre,
para conversar por el camino, con diversos poetas callejeros que sobre
instrumentos varios ponían la banda sonora a la mañana, despertando la
mente y los sentidos. El piano de lo que sonaba en ese momento la
hipnotizó, y tras ir un tiempo más callada de lo que acostumbraba, ante
la mirada de él, que parecía notar el motivo de esta abstracción, le
preguntó:
— ¿Que canción es? Es preciosa.
—Te ha gustado, ¿Eh? Ella, de Zenit.
—¿Me la dedicarías?
—No. Y ojalá nunca tenga motivos para hacerlo.
—¿Ojalá no tengas motivos?
Entonces él calló, deslizó un dedo hacia sus labios, un dedo que ella casi muerde, y dejó que la canción hablara por sí sola.
—Y sin casi darse cuenta se vio envuelta en una manta blanca y fría, que traía más problemas, que la aislaban de los demás y que hacía que los enemas que en el pasado adornaron su piel fueran solo dulce miel comparados con los que esa hiel en su mente dejó grabados como emblemas...Intentó ahogar sus penas en alcohol...
Leyó en sus ojos un cambio de comportamiento, la desaparición de ese capricho infantil de conseguir que le dedicara la canción, unido a algo que no terminaba de entender, pero no le dio importancia.
—La canción es preciosa, pero ojalá no hubiera existido nunca, porque no existiera la persona en que se basó, en sentido de que no hubiera vivido nada de eso.
—Supongo que tienes razón. Pero las cosas pasan, y del pasado sólo quedan cosas como el recuerdo, como esa canción. No se puede hacer nada. Pero el preocuparte aun sin saber siquiera si es una historia real, dice mucho de ti. Eres tonto.
—Pero eso tú ya lo sabías.
—Sé muchas cosas, es como si fuera tu sombra.
Y entre algunas risas llegaron a la puerta del instituto, se escurrieron hacia el patio, y aprovecharon el cuarto de hora con el que contaban aquel día para encender un par de cigarrillos y ver la lluvia sobre un porche, mientras sentían el contraste entre el frío ambiente y el calor que recorría sus gargantas.
—¿Sabes que el tabaco lleva unos cuatrocientos cancerígenos como aditivos y que el gobierno no obliga a las tabacaleras a indicar siquiera cuales son por los impuestos?—dijo él para romper el silencio.
—¿Intentas hacer que dejemos de fumar a estas alturas? Claro que lo sé, pero fumar marihuana ahora mismo nos haría más mal, esto nos deja fingir que hacemos algo durante las siguientes seis horas, no sé. Además, lo dices como si temieras morir,—dijo sarcásticamente.
—¿Temer morir? Si es lo mejor de la vida. ¿Sabes por qué el Dios cristiano es un Dios vengador? Nos tiene envidia. ¿Imaginas lo que sería ser inmortal?
—Ni lo imagino ni quiero intentarlo. Si las cosas no se pudieran perder no tendrían valor—le contó mientras apartaba la mirada del tintineo de la lluvia en el barril que había a la interperie, a escasos metros, y la clavaba en él.
—Bueno, es una forma de quitarme el valor, sí,—dijo él en un tono de broma suavizante.
—Gilipollas, sabes lo que te aprecio, y lo que temería el perderte. Parece que olvides las cosas—apuntó, dejando notar que, lejos de ser sarcástica, estaba enfadada.
—Oye, recuerda que ya te lo dije, mientras quisieras estaría, tontaina—soltó él con una sonrisa, ignorando la seriedad que se acababa de adueñar de ella. Seguidamente dió la última calada a su cigarro, se acercó a ella y la abrazó, buscando mientras sus labios, arañándola con la mejilla. Ella pensó que iba a robarle un beso, cosa que esperaba bastante, ya que él no solía ser cariñoso en ese sentido, y aunque tenía claro que no había pudor a ello, no solía hacerlo. Al ver cómo le quitaba el cigarro en lugar de ello, sintió una mezcla entre una pequeña rabia interior, y alegría, quizás, era el tipo de tontería que hacía para jugar con ella, y sabía que nunca la esperaba.
—Vamos a llegar tarde, como de costumbre. Así que te quedas sin tus segundos de vida de menos, lenta, que eres una lenta. ¿Como se puede tardar tanto en fumarse un cigarrillo?—le susurró entre calo y calo, entre carcajada y carcajada.
—Si fueras mi marido, ahora mismo te habrías quedado un mes sin follar.—contestó ella entre enfadada y sonriente, mientras emprendía el camino hacia el pasillo.
Él la siguió en silencio mientras retenía los chistes fáciles que habría hecho sobre eso si se tratara de cualquier otra chica, y se preguntaba por qué alguien así tenía que ser tan especial. Desde luego, su físico no era el típico que podía aumentar las pulsaciones del tío que quisiera, aunque a él le encantaba, era el arquetipo de mujer real, y no de revista, que tanto gusta a estos que buscan en el interior, algo que te evite enamorarte de un cuerpo, sin llegar al tener que hacer esfuerzos diciéndote que el interior merecía la pena.
En Química, entre compañeros más bien negados que se esforzaban por comprender las sutilezas del ajuste estequioométrico de reacciones químicas, junto a conocimientos básicos para ellos sobre las mismas, gestaban poco a poco una pequeña historia que llevaban un tiempo ya escribiendo. Un párrafo cada uno, en un cuaderno de tapa verde que habían encontrado sin cobijo al empezar el curso, haría ya unos meses. En cierto modo, parecía mucho la historia de sus vidas, con unos pequeños tintes surrealistas que le daban un encanto especial, ya que al releer lo que ya llevaban, no terminaban de recordar el porqué, la vivencia, y lo sentían como si fuera algo nuevo; y algo de lo que estaban orgullosos, la historia no estaba mal, al contrario. Y el toque que daba un párrafo escrito en rojo seguido de otro escrito en verde era pintoresco, en el buen sentido de la palabra, así que un día más, dejaron de lado las reacciones redox, combustiones y demás, y así durante el resto de clases, toda la mañana, con un descanso que les supo a mucho, a diferencia de las clases, que se les pasaron volando. Mientras volvían a sus casas por un camino mucho más lleno de gente que en la ida, no pudiendo esta vez escuchar música, hablaban sobre la idea de quedar esa tarde para adelantar algo su pequeño proyecto. Se despidieron con un beso en la mejilla, y con una sonrisa por lo frías que estaban las de ambos. Él subió las escaleras, entró en casa y se perdió en el brasero, sin hacer siquiera almuerzo, ni quererlo, con una alarma para la hora en la que tenía que salir, ya que después de todo, no se fiaba de sí mismo. Entre nostalgia y un calor acogedor se lo llevó Morfeo, que le mostró un verde prado bañado por el sol, cálido. Sintió esa mezcla de recuerdos olvidados que volvían con un desasosiego extraño, le faltaba algo. Despertó con la alarma, sabiendo qué era eso que le faltaba. La erección le hizo pensar que era cierto todo eso que se decía sobre los hombres y su forma de ser, en cierto modo, pero que no podía hacer nada. Se levantó, se colocó los auriculares y salió a una calle demasiado oscura para la hora que era, en la que se sintió un zombie o un vagabundo mientras iba a la gran casa, o pequeña mansión, según se mirara, en la que vivía ella, y en la cual veía, bajo la llovizna, una melena morena que caía en cascada bajo una capucha asomada al balcón, en lo que parecía una espera impasible aunque fuera una persona impaciente, que había decidido que era mejor calarse hasta arriba por una fina lluvia era un precio pequeño por saber el momento exacto en el que llegaría. Al acercarse más, tras un saludo con la mano que le devolvió, bajó a abrirle.
—¿Que coño haces? Estás empapada—dijo al entrar y mirarla.
—Llevo un rato esperándote, no es nada—tiritaba mientras hablaba.
—Gilipollas. ¿Por qué? Sólo soy yo, y sabías a que hora vendría.
—¿Sólo? Vale, ya estamos en paz en subnormalidades.
—¿Como?
—Piensa—dijo con un sarcasmo mordaz, de esos que te obligan a enamorarte de u odiar a la otra persona.
Entonces, para sorpresa de los dos, la abrazó, la cogió en brazos, y la llevó a su cuarto, llevado por su instinto.Y ahi se apagó la razón y se encendió la pasión, y ninguno tuvo la más pequeña duda de que era eso lo que querían, y lo que llevaban, en cierto modo, tanto tiempo esperando, aunque no de ese modo. Sus ropas empapadas yacían en una esquina mientras sus cuerpos se fundían, y claro, tras una tensión extraña y que llevaba mucho tiempo, quizás incluso bastantes meses activa, el tiempo que tardó en apagarse esa llama fue incluso suficiente para que se secara su ropa. Entre besos que empezaban en el cuello y descendían, sudores, gemidos y caricias de dos partes que se sentían extremos separados del mismo ser pasaron horas, y horas, y más horas, hasta que algo más desfogados, y extasiados, se desplomaron juntos en la cama, abrazados, y ahí pasaron la mañana entera, no dormidos olvidando las clases, sino despiertos, entre caricias y sonrisas subnormales, contentos quizás por haberse dado cuenta de que lo que tenían era correspondido, cosa que aunque tantas veces no terminara de quedar clara, era demasiado, demasiado cierta, incluso llegando a asustarles la idea de haber estado tan ciegos. Pero no les importaba, estaban ahí, y aunque sabían que no podría ser para siempre, querían alargar el momento, algo más, y algo más, y algo más, lo que pudieran. La ventaja de vivir solos ambos era que sabían que podrían repetir situaciones así, aunque no lo hubieran hablado siquiera. Tras tanto tiempo sin hablar, apagó ella el silencio.
—No sabía que tú también...¿Por qué no habías dicho nada?
—No quería destrozar lo que teníamos, aunque no fuera así, y pensaba que tú no querrías nunca nada.
—¿De verdad llevamos tanto tiempo los dos así y sin decirnos nada?
—Por mi parte, así es. Por la tuya, no sé.
—Eres un idiota. Eras tú quien parecía no querer nada más. Bueno, la ropa está encharcada. Voy a subir a ver si tengo algo para ti, ¿Me esperas un ratito?—dijo, y sin esperar respuesta, le besó la mejilla y salió de su habitación. Él aprovechó para inspeccionar su estantería. Para ser una habitación de chica, era muy sosa, lo único que podía decirte que era suya era el color rosa de la pared, el resto era muy simple, la única ornamentación que podías encontrarte eran mil libros, en los que empezó a husmear. En uno que formaba parte de una pequeña colección, unos siete tomos, la llave del tiempo, Uriel, encontró una carta. Supuso que tenía bastante confianza para que a ella no le importara que la leyera. No tenía sello, simplemente un sobre y un papel rosa perfumado que recordaba a las cartas románticas antiguas. Decía así:
Hola, querida yo, ¿Que tal estás? ¿No lo sabes? Vaya, tantas cosas en la cabeza, entiendo, es lo que tiene. ¿Estás contenta porque estás de vacaciones? ¿Estás triste porque te han roto una ilusión? ¿Estás cansada porque no puedes dormir entre tanto estímulo? ¿No tienes tiempo ni para recordar la mitad de las cosas o personas que te importan, aun siendo pocas y descendiendo? ¿Pero por qué? ¿Tan dura es la vida? ¿O eres tan débil? Recuerda como eras cuando eras más pequeña. Todo estaba peor. Conocías a todavía menos gente. Pero te dolía más la cara por sonreir que los ojos por llorar. ¿Por qué ahora ya no te duele tanto? ¿Es por eso no quieres seguir creciendo? No sabes lo que te pierdes. ¿De verdad no tienes curiosidad por las cosas que irán pasándote según crezcas? Porque en el pasado la gente te haya tratado mal, y en el presente sigan haciéndolo, no significa que en tu futuro no vaya a haber nadie que te trate bien...¿O si? No. No puedes pensar que porque ese tío fuera un cabrón y te echara de su vida de un día para otro después de tanto tiempo todos vayan a serlo. No puedes pensar que porque esa amiga te vendiera todas las chicas quieren ser amistosas solo para terminar igual.Créeme, llegará alguien increíble, quizás ya lo conozcas pero simplemente no hayais terminado de conectar. Hazme un favor, recuerda esto, y avanza aunque te cueste, hazlo por ti misma, ya que yo habré muerto cuando estés leyendo esto, como personalidad y como consciente. Y mientras nadie quiera tu afecto, quiérete a ti misma.
5 de Junio de 2006
Mientras leía esto le vino a la mente esa canción que no quiso dedicarle, y notó que era eso el brillo extraño que había en sus ojos, ella sabía que sí que podía habérsela dedicado, pero él no.
El tiempo que tardó en leer la carta pareció precalculado, en el mismo momento en que la devolvía a su sitio ella volvía con unos vaqueros rasgados y una gran sudadera.
—¿Nos duchamos? Creo que te hace bastante falta una ducha, y no me fio de ti—dijo con una sonrisa pícara.
—¿Sabes que siempre he amado esas indirectas tan directas tuyas? Parece que me estés haciendo un favor viniendo—replicó él con una sonrisa.
—Idiota, sabes que te haría los favores que quisieras, pero este no es uno. Vamos, anda—dijo dejando entrever la ilusión que le hacía la idea.
Sí, acabaron juntos en la ducha, reproduciendo lo que habría pasado si la tarde anterior hubieran estado en un lugar diferente a su casa en ese momento de locura y magia. Hubo más bien pocos cambios en lo que fue su rutina, siguieron escribiendo sus vivencias, a las que les fueron añadiendo toques cada vez más picantes. Siguieron filosofando con un cigarro mientras escuchaban las más variadas voces, aunque él intentaba que sonara cuantas más veces mejor la canción que ella quería que le hubiese dedicado. Quedaban para pasar tiempo juntos más que antes, bastante más, y por supuesto, lo que hacían en este tiempo había cambiado radicalmente en comparación a lo que hacían antes, que no pasaba de ver una película con un par de mantas, escribir, algo que a ambos les apasionaba casi tanto como leer, o simplemente hablar de cualquier tema estúpido que se les ocurriese. Ahora habían cambiado eso por abrazos compartiendo manta mientras veian una película, susurros románticos e incluso empalagosos muchas veces que contrastaban con su forma de comportarse normal, y noches románticas a la luz de los ojos del otro. Él tenía el miedo y la certeza de que todo acabaría acabando, cuando ella olvidara todo ese pasado que retenía, y fuera libre, quisiera escapar, como en la canción que le dedicaba, y dejarle ahí. Pero, la verdad, es que nadie sabe que fue de ellos al final, aunque nadie nos dijo que se hubieran separado, por lo que en teoría siguen juntos, ella siguiendo la esperanza de que sea algo eterno, y él con el miedo a perderla, aprovechando cada dia juntos como si fuera el último, llorando sin motivos en mitad de un beso, o regalándole flores un dia cualquiera. Quizás alguna vez los encuentres paseando por la calle, y no se te pueda ocurrir que hayan compartido todo eso, por su aptitud de mostrar indiferencia ante el mundo, y ante sí mismos, lo que luego no permitía retener los sentimientos. Si es así, y los encuentras, quizás puedas crear alguna teoría sobre como se conocieron, como se tratan, comportan, y demás. Alegrate por ellos, dedícales una sonrisa, y piensa que quizás tú también acabes teniendo a alguien así en tu vida.
Quizás hayas notado que en este relato no he hecho ninguna descripción muy clara sobre los personajes, no te preocupes, está hecho intencionadamente. La idea es que seas capaz de imaginar en cualquier pareja una historia parecida, igual o mejor que la que acabas de leer, y pensar que ya llegará alguien así para ti, y mientras no puedes tener prisa por hacer ciertas cosas, si en realidad no quieres hacerlas por otra cosa que no sea un juego o una tontería. Feliz San Valentín, tanto si lo pasas como un dia más como si tienes con quien compartirlo.
— ¿Que canción es? Es preciosa.
—Te ha gustado, ¿Eh? Ella, de Zenit.
—¿Me la dedicarías?
—No. Y ojalá nunca tenga motivos para hacerlo.
—¿Ojalá no tengas motivos?
Entonces él calló, deslizó un dedo hacia sus labios, un dedo que ella casi muerde, y dejó que la canción hablara por sí sola.
—Y sin casi darse cuenta se vio envuelta en una manta blanca y fría, que traía más problemas, que la aislaban de los demás y que hacía que los enemas que en el pasado adornaron su piel fueran solo dulce miel comparados con los que esa hiel en su mente dejó grabados como emblemas...Intentó ahogar sus penas en alcohol...
Leyó en sus ojos un cambio de comportamiento, la desaparición de ese capricho infantil de conseguir que le dedicara la canción, unido a algo que no terminaba de entender, pero no le dio importancia.
—La canción es preciosa, pero ojalá no hubiera existido nunca, porque no existiera la persona en que se basó, en sentido de que no hubiera vivido nada de eso.
—Supongo que tienes razón. Pero las cosas pasan, y del pasado sólo quedan cosas como el recuerdo, como esa canción. No se puede hacer nada. Pero el preocuparte aun sin saber siquiera si es una historia real, dice mucho de ti. Eres tonto.
—Pero eso tú ya lo sabías.
—Sé muchas cosas, es como si fuera tu sombra.
Y entre algunas risas llegaron a la puerta del instituto, se escurrieron hacia el patio, y aprovecharon el cuarto de hora con el que contaban aquel día para encender un par de cigarrillos y ver la lluvia sobre un porche, mientras sentían el contraste entre el frío ambiente y el calor que recorría sus gargantas.
—¿Sabes que el tabaco lleva unos cuatrocientos cancerígenos como aditivos y que el gobierno no obliga a las tabacaleras a indicar siquiera cuales son por los impuestos?—dijo él para romper el silencio.
—¿Intentas hacer que dejemos de fumar a estas alturas? Claro que lo sé, pero fumar marihuana ahora mismo nos haría más mal, esto nos deja fingir que hacemos algo durante las siguientes seis horas, no sé. Además, lo dices como si temieras morir,—dijo sarcásticamente.
—¿Temer morir? Si es lo mejor de la vida. ¿Sabes por qué el Dios cristiano es un Dios vengador? Nos tiene envidia. ¿Imaginas lo que sería ser inmortal?
—Ni lo imagino ni quiero intentarlo. Si las cosas no se pudieran perder no tendrían valor—le contó mientras apartaba la mirada del tintineo de la lluvia en el barril que había a la interperie, a escasos metros, y la clavaba en él.
—Bueno, es una forma de quitarme el valor, sí,—dijo él en un tono de broma suavizante.
—Gilipollas, sabes lo que te aprecio, y lo que temería el perderte. Parece que olvides las cosas—apuntó, dejando notar que, lejos de ser sarcástica, estaba enfadada.
—Oye, recuerda que ya te lo dije, mientras quisieras estaría, tontaina—soltó él con una sonrisa, ignorando la seriedad que se acababa de adueñar de ella. Seguidamente dió la última calada a su cigarro, se acercó a ella y la abrazó, buscando mientras sus labios, arañándola con la mejilla. Ella pensó que iba a robarle un beso, cosa que esperaba bastante, ya que él no solía ser cariñoso en ese sentido, y aunque tenía claro que no había pudor a ello, no solía hacerlo. Al ver cómo le quitaba el cigarro en lugar de ello, sintió una mezcla entre una pequeña rabia interior, y alegría, quizás, era el tipo de tontería que hacía para jugar con ella, y sabía que nunca la esperaba.
—Vamos a llegar tarde, como de costumbre. Así que te quedas sin tus segundos de vida de menos, lenta, que eres una lenta. ¿Como se puede tardar tanto en fumarse un cigarrillo?—le susurró entre calo y calo, entre carcajada y carcajada.
—Si fueras mi marido, ahora mismo te habrías quedado un mes sin follar.—contestó ella entre enfadada y sonriente, mientras emprendía el camino hacia el pasillo.
Él la siguió en silencio mientras retenía los chistes fáciles que habría hecho sobre eso si se tratara de cualquier otra chica, y se preguntaba por qué alguien así tenía que ser tan especial. Desde luego, su físico no era el típico que podía aumentar las pulsaciones del tío que quisiera, aunque a él le encantaba, era el arquetipo de mujer real, y no de revista, que tanto gusta a estos que buscan en el interior, algo que te evite enamorarte de un cuerpo, sin llegar al tener que hacer esfuerzos diciéndote que el interior merecía la pena.
En Química, entre compañeros más bien negados que se esforzaban por comprender las sutilezas del ajuste estequioométrico de reacciones químicas, junto a conocimientos básicos para ellos sobre las mismas, gestaban poco a poco una pequeña historia que llevaban un tiempo ya escribiendo. Un párrafo cada uno, en un cuaderno de tapa verde que habían encontrado sin cobijo al empezar el curso, haría ya unos meses. En cierto modo, parecía mucho la historia de sus vidas, con unos pequeños tintes surrealistas que le daban un encanto especial, ya que al releer lo que ya llevaban, no terminaban de recordar el porqué, la vivencia, y lo sentían como si fuera algo nuevo; y algo de lo que estaban orgullosos, la historia no estaba mal, al contrario. Y el toque que daba un párrafo escrito en rojo seguido de otro escrito en verde era pintoresco, en el buen sentido de la palabra, así que un día más, dejaron de lado las reacciones redox, combustiones y demás, y así durante el resto de clases, toda la mañana, con un descanso que les supo a mucho, a diferencia de las clases, que se les pasaron volando. Mientras volvían a sus casas por un camino mucho más lleno de gente que en la ida, no pudiendo esta vez escuchar música, hablaban sobre la idea de quedar esa tarde para adelantar algo su pequeño proyecto. Se despidieron con un beso en la mejilla, y con una sonrisa por lo frías que estaban las de ambos. Él subió las escaleras, entró en casa y se perdió en el brasero, sin hacer siquiera almuerzo, ni quererlo, con una alarma para la hora en la que tenía que salir, ya que después de todo, no se fiaba de sí mismo. Entre nostalgia y un calor acogedor se lo llevó Morfeo, que le mostró un verde prado bañado por el sol, cálido. Sintió esa mezcla de recuerdos olvidados que volvían con un desasosiego extraño, le faltaba algo. Despertó con la alarma, sabiendo qué era eso que le faltaba. La erección le hizo pensar que era cierto todo eso que se decía sobre los hombres y su forma de ser, en cierto modo, pero que no podía hacer nada. Se levantó, se colocó los auriculares y salió a una calle demasiado oscura para la hora que era, en la que se sintió un zombie o un vagabundo mientras iba a la gran casa, o pequeña mansión, según se mirara, en la que vivía ella, y en la cual veía, bajo la llovizna, una melena morena que caía en cascada bajo una capucha asomada al balcón, en lo que parecía una espera impasible aunque fuera una persona impaciente, que había decidido que era mejor calarse hasta arriba por una fina lluvia era un precio pequeño por saber el momento exacto en el que llegaría. Al acercarse más, tras un saludo con la mano que le devolvió, bajó a abrirle.
—¿Que coño haces? Estás empapada—dijo al entrar y mirarla.
—Llevo un rato esperándote, no es nada—tiritaba mientras hablaba.
—Gilipollas. ¿Por qué? Sólo soy yo, y sabías a que hora vendría.
—¿Sólo? Vale, ya estamos en paz en subnormalidades.
—¿Como?
—Piensa—dijo con un sarcasmo mordaz, de esos que te obligan a enamorarte de u odiar a la otra persona.
Entonces, para sorpresa de los dos, la abrazó, la cogió en brazos, y la llevó a su cuarto, llevado por su instinto.Y ahi se apagó la razón y se encendió la pasión, y ninguno tuvo la más pequeña duda de que era eso lo que querían, y lo que llevaban, en cierto modo, tanto tiempo esperando, aunque no de ese modo. Sus ropas empapadas yacían en una esquina mientras sus cuerpos se fundían, y claro, tras una tensión extraña y que llevaba mucho tiempo, quizás incluso bastantes meses activa, el tiempo que tardó en apagarse esa llama fue incluso suficiente para que se secara su ropa. Entre besos que empezaban en el cuello y descendían, sudores, gemidos y caricias de dos partes que se sentían extremos separados del mismo ser pasaron horas, y horas, y más horas, hasta que algo más desfogados, y extasiados, se desplomaron juntos en la cama, abrazados, y ahí pasaron la mañana entera, no dormidos olvidando las clases, sino despiertos, entre caricias y sonrisas subnormales, contentos quizás por haberse dado cuenta de que lo que tenían era correspondido, cosa que aunque tantas veces no terminara de quedar clara, era demasiado, demasiado cierta, incluso llegando a asustarles la idea de haber estado tan ciegos. Pero no les importaba, estaban ahí, y aunque sabían que no podría ser para siempre, querían alargar el momento, algo más, y algo más, y algo más, lo que pudieran. La ventaja de vivir solos ambos era que sabían que podrían repetir situaciones así, aunque no lo hubieran hablado siquiera. Tras tanto tiempo sin hablar, apagó ella el silencio.
—No sabía que tú también...¿Por qué no habías dicho nada?
—No quería destrozar lo que teníamos, aunque no fuera así, y pensaba que tú no querrías nunca nada.
—¿De verdad llevamos tanto tiempo los dos así y sin decirnos nada?
—Por mi parte, así es. Por la tuya, no sé.
—Eres un idiota. Eras tú quien parecía no querer nada más. Bueno, la ropa está encharcada. Voy a subir a ver si tengo algo para ti, ¿Me esperas un ratito?—dijo, y sin esperar respuesta, le besó la mejilla y salió de su habitación. Él aprovechó para inspeccionar su estantería. Para ser una habitación de chica, era muy sosa, lo único que podía decirte que era suya era el color rosa de la pared, el resto era muy simple, la única ornamentación que podías encontrarte eran mil libros, en los que empezó a husmear. En uno que formaba parte de una pequeña colección, unos siete tomos, la llave del tiempo, Uriel, encontró una carta. Supuso que tenía bastante confianza para que a ella no le importara que la leyera. No tenía sello, simplemente un sobre y un papel rosa perfumado que recordaba a las cartas románticas antiguas. Decía así:
Hola, querida yo, ¿Que tal estás? ¿No lo sabes? Vaya, tantas cosas en la cabeza, entiendo, es lo que tiene. ¿Estás contenta porque estás de vacaciones? ¿Estás triste porque te han roto una ilusión? ¿Estás cansada porque no puedes dormir entre tanto estímulo? ¿No tienes tiempo ni para recordar la mitad de las cosas o personas que te importan, aun siendo pocas y descendiendo? ¿Pero por qué? ¿Tan dura es la vida? ¿O eres tan débil? Recuerda como eras cuando eras más pequeña. Todo estaba peor. Conocías a todavía menos gente. Pero te dolía más la cara por sonreir que los ojos por llorar. ¿Por qué ahora ya no te duele tanto? ¿Es por eso no quieres seguir creciendo? No sabes lo que te pierdes. ¿De verdad no tienes curiosidad por las cosas que irán pasándote según crezcas? Porque en el pasado la gente te haya tratado mal, y en el presente sigan haciéndolo, no significa que en tu futuro no vaya a haber nadie que te trate bien...¿O si? No. No puedes pensar que porque ese tío fuera un cabrón y te echara de su vida de un día para otro después de tanto tiempo todos vayan a serlo. No puedes pensar que porque esa amiga te vendiera todas las chicas quieren ser amistosas solo para terminar igual.Créeme, llegará alguien increíble, quizás ya lo conozcas pero simplemente no hayais terminado de conectar. Hazme un favor, recuerda esto, y avanza aunque te cueste, hazlo por ti misma, ya que yo habré muerto cuando estés leyendo esto, como personalidad y como consciente. Y mientras nadie quiera tu afecto, quiérete a ti misma.
5 de Junio de 2006
Mientras leía esto le vino a la mente esa canción que no quiso dedicarle, y notó que era eso el brillo extraño que había en sus ojos, ella sabía que sí que podía habérsela dedicado, pero él no.
El tiempo que tardó en leer la carta pareció precalculado, en el mismo momento en que la devolvía a su sitio ella volvía con unos vaqueros rasgados y una gran sudadera.
—¿Nos duchamos? Creo que te hace bastante falta una ducha, y no me fio de ti—dijo con una sonrisa pícara.
—¿Sabes que siempre he amado esas indirectas tan directas tuyas? Parece que me estés haciendo un favor viniendo—replicó él con una sonrisa.
—Idiota, sabes que te haría los favores que quisieras, pero este no es uno. Vamos, anda—dijo dejando entrever la ilusión que le hacía la idea.
Sí, acabaron juntos en la ducha, reproduciendo lo que habría pasado si la tarde anterior hubieran estado en un lugar diferente a su casa en ese momento de locura y magia. Hubo más bien pocos cambios en lo que fue su rutina, siguieron escribiendo sus vivencias, a las que les fueron añadiendo toques cada vez más picantes. Siguieron filosofando con un cigarro mientras escuchaban las más variadas voces, aunque él intentaba que sonara cuantas más veces mejor la canción que ella quería que le hubiese dedicado. Quedaban para pasar tiempo juntos más que antes, bastante más, y por supuesto, lo que hacían en este tiempo había cambiado radicalmente en comparación a lo que hacían antes, que no pasaba de ver una película con un par de mantas, escribir, algo que a ambos les apasionaba casi tanto como leer, o simplemente hablar de cualquier tema estúpido que se les ocurriese. Ahora habían cambiado eso por abrazos compartiendo manta mientras veian una película, susurros románticos e incluso empalagosos muchas veces que contrastaban con su forma de comportarse normal, y noches románticas a la luz de los ojos del otro. Él tenía el miedo y la certeza de que todo acabaría acabando, cuando ella olvidara todo ese pasado que retenía, y fuera libre, quisiera escapar, como en la canción que le dedicaba, y dejarle ahí. Pero, la verdad, es que nadie sabe que fue de ellos al final, aunque nadie nos dijo que se hubieran separado, por lo que en teoría siguen juntos, ella siguiendo la esperanza de que sea algo eterno, y él con el miedo a perderla, aprovechando cada dia juntos como si fuera el último, llorando sin motivos en mitad de un beso, o regalándole flores un dia cualquiera. Quizás alguna vez los encuentres paseando por la calle, y no se te pueda ocurrir que hayan compartido todo eso, por su aptitud de mostrar indiferencia ante el mundo, y ante sí mismos, lo que luego no permitía retener los sentimientos. Si es así, y los encuentras, quizás puedas crear alguna teoría sobre como se conocieron, como se tratan, comportan, y demás. Alegrate por ellos, dedícales una sonrisa, y piensa que quizás tú también acabes teniendo a alguien así en tu vida.
Quizás hayas notado que en este relato no he hecho ninguna descripción muy clara sobre los personajes, no te preocupes, está hecho intencionadamente. La idea es que seas capaz de imaginar en cualquier pareja una historia parecida, igual o mejor que la que acabas de leer, y pensar que ya llegará alguien así para ti, y mientras no puedes tener prisa por hacer ciertas cosas, si en realidad no quieres hacerlas por otra cosa que no sea un juego o una tontería. Feliz San Valentín, tanto si lo pasas como un dia más como si tienes con quien compartirlo.
sábado, 11 de febrero de 2012
Pasa, pasa el tiempo...
Una luz. Intentar no ir hacia ella. Un gancho. Un tirón. Mucha luz. Un bofetón. Algo en su interior funcionando. Llantos. Una nueva vida. Pasa el tiempo. Risas. Primeras palabras. Amor por una cuna. Comodidad, felicidad. Todo es perfecto. Pasa el tiempo. Un niño pequeño corriendo por un pueblo que no conoce, y unos padres primerizos sonriendo intentando seguirle el paso, preguntándose cómo no se ha caido todavía. Pasa el tiempo. Los padres del niño están hablando en el salón, cuando él tenía que haber ido a dormir. Llega, y les sorprende. Les dice que está sólo, que quiere un hermano. Pasa el tiempo. El niño dobla en estatura ya a lo que era antes. Está perdido, con los ojos llorosos, por el mismo pueblo, que sigue sin conocer, entre la turba. Busca a su madre, o a su hermano, sin resultado. Caen lágrimas. Pasa el tiempo. El niño se siente solo entre la gente y se refugia en libros, que le entienden mucho mejor que las personas, que son demasiado ignorantes, no tienen nada que enseñarle. Pasa el tiempo. El niño ya es un chaval, y no mira atrás mientras sale del pueblo en el que más de una vez se perdió, no sabe que no va a volver a ser libre en ese lugar, ni cuanto va a echarlo de menos. Pasa el tiempo. El chaval intenta ser uno más, pero no lo consigue, al contrario, parece que cae mal. No está bien ser diferente, aunque no pueda evitarlo. Pasa el tiempo. El chaval cree que el mundo es demasiado cruel, una selva. Aprende a ocultar sus sentimientos, a no dejar que nadie le haga daño. Ya no le queda nada que perder. Se vuelve cruel. Pasa el tiempo. Empiezan a surgir pensamientos sobre un futuro más brillante, que aparece como una luz ahí arriba, en el pozo en el que el chaval está hundido. Noches de conversaciones, descubrimientos esperanzadores.
Pasa el tiempo. Todo lo pasado se torna un espejismo. Vuelve el pesimismo. El chaval está cansado de que todo sea un círculo vicioso en el que todo llegue menos lo que esperaba. Recuerda esos momentos en los que todo era más sencillo. Todas sus emociones, tras tanto ocultar, han formado un torbellino, algo difícil de controlar, que le fustiga el alma constantemente. Pero es fuerte, y soporta, casi estoicamente, todo lo que le pasa, esperando un cambio. Pasa el tiempo. El cambio no llega. El chaval es casi un hombre. Ha dejado de intentar ser uno más. Ha empezado a sentir asco por lo que la gente ve como alguien normal. Se refugia en la música. Un piano le hace sentir escalofríos. Pasa el tiempo. Y pasa, y pasa, y pasa...y nada cambia. El chaval ya es un hombre, y ha seguido sin conseguir nada. Entonces el hombre se vuelve una sombra más, y pasa a formar parte de la masa de abatidos que obstaculizan el paso a la libertad de los niños, chavales y hombres que aún tienen un ápice de esperanza en su ser. Quizás sea culpa de la soledad de ese niño pequeño, que fue creciendo poco a poco con él. Quizás gracias a esa soledad estén ocurriendo miles de historias así ahora mismo.
Pasa el tiempo. Todo lo pasado se torna un espejismo. Vuelve el pesimismo. El chaval está cansado de que todo sea un círculo vicioso en el que todo llegue menos lo que esperaba. Recuerda esos momentos en los que todo era más sencillo. Todas sus emociones, tras tanto ocultar, han formado un torbellino, algo difícil de controlar, que le fustiga el alma constantemente. Pero es fuerte, y soporta, casi estoicamente, todo lo que le pasa, esperando un cambio. Pasa el tiempo. El cambio no llega. El chaval es casi un hombre. Ha dejado de intentar ser uno más. Ha empezado a sentir asco por lo que la gente ve como alguien normal. Se refugia en la música. Un piano le hace sentir escalofríos. Pasa el tiempo. Y pasa, y pasa, y pasa...y nada cambia. El chaval ya es un hombre, y ha seguido sin conseguir nada. Entonces el hombre se vuelve una sombra más, y pasa a formar parte de la masa de abatidos que obstaculizan el paso a la libertad de los niños, chavales y hombres que aún tienen un ápice de esperanza en su ser. Quizás sea culpa de la soledad de ese niño pequeño, que fue creciendo poco a poco con él. Quizás gracias a esa soledad estén ocurriendo miles de historias así ahora mismo.
viernes, 10 de febrero de 2012
Punto de inflexión
Caminaba solitario por la ciudad bajo el manto de la noche, regalando al paisaje desierto un ligero aroma a malta, cerveza. En su mente había mil ideas, como de costumbre, pero esta vez el torbellino que formaban era aún mayor. Pasa normalmente en estos días en los que uno sabe que su vida de uno u otro modo, ha alcanzado el nadir, el punto más bajo, y toca seguir girando, buscar una forma de no quedarse estancado ahí. Y el día siguiente a esa decisión que te marcaba el futuro inmediato era muy importante. Él lo sabía. Por eso iba, a la vez que hacía eses, haciendo balance de ese día. Había sido bastante bueno. El encontrar esos restos de un pasado más lejano, y más feliz, junto a buenas sensaciones, liberaciones propias que trajo el azar ayudaban a despejar su mente. La música sutura heridas, y al pasar por ese portal en el que un chico con el que identificó una época propia demasiado pronto, cabeza gacha, el brillo que precede a lágrimas que nunca caen, la sensación de estar librándose una batalla interna demasiado dura y escuchar esa canción que tantas heridas le había suturado, se le revolvió incluso el alma, en un escalofrío extraño, placentero, que no tenía nada que ver con el frío, que, aunque hiciese, le era indiferente. Tras media hora paseando entre naranjos y calles en las que apenas se veía un alma, y donde las pocas que se veían eran afines, otros personajes considerados rocambolescos, o demasiado locos, o en busca de una paz que la noche traía a un lugar demasiado concurrido durante el día, a pesar de no ser el pueblo una gran capital ni nada semejante. Por fin acabó en el parque, que tenía en ese momento la magia que había perdido antaño, recuperada extrañamente, esa luz disimuladamente suavizada por las ramas de los árboles que venía de cada farola, aderezada además en esa ocasión de una fina niebla que le confería una imagen más propia de un entorno de cuento de hadas. Puso su mirada y su mente en la estructura más compleja del lugar, lo más civilizado de ese medio donde reinaban el verde y la paz natural, una especie de cúpula acomodada en una esquina del mismo, a la que se accedía desde una pequeña escalera, debido a su poco notable elevación sobre el resto del terreno, que no obstante era bastante para hacer necesario un soporte de ese tipo. Estaba organizada como un pequeño coliseo romano, o lo que es lo mismo, un espacio circular en cuya estructura se disponían asientos, en forma en este caso de un gran banco circular de piedra, aunque diferenciado de estos en un intento de techo que se abría en el centro de la cúpula, iluminando al mediodía el centro del suelo de la construcción, en el que se veía un extraño dibujo en piedra negra, en teoría árabe, que contrastaba enormemente con el resto del suelo, sencillo y claro. Pero más que mediodía era medianoche, y en el centro sólo se veía a un hombre completamente vestido de negro, mirando al techo inexistente de aquel santuario dentro del lugar de culto que significaba para él el entorno que lo envolvía, leyendo en las estrellas del claro en el cielo que se había formado su futuro. Se alimentaba el alma con esta visión, poco a poco, poco a poco. Tras una hora, decidió que si quería poder dejar de mirar esos brillantes puntos, debía hacerlo ya. Y salió con calma del parque, tranquilamente, pasando entre árbol y árbol, entre bancos en los que parejas habían sellado su amor y vagabundos se habían sentido agraciados, ante la perspectiva de tener algo parecido a una cama. Disfrutaba cada segundo como si fuese el último, como si no quisiera moverse de allí nunca, aunque sabía que eso no era cierto. Poco antes de atravesar el arco que firmaba el punto de entrada y salida principal del parque, notó una pequeña luz en el suelo. Se trataba de un cigarro apenas empezado, aún encendido. A unos diez metros, ya fuera, una mujer, o su perfil, andando con prisa al parecer. Recogió el cigarro, preguntándose quién podría ser tan irrespetuoso con un lugar tan mágico, si debía salir corriendo detrás de aquella mujerzuela y montar una película o algo por el estilo, con una vaga intención de hacerlo que se apagó antes que el susodicho tabaco, y mientras salía al ritmo pausado de todo el tiempo, fue fumando. Mientras el humo acariciaba de nuevo su garganta, como una antigua amante ya olvidada, se preguntó cómo podía haber estado sin él tanto tiempo, sin haberlo notado ni haber sufrido por él. Por qué tenía él esa fuerza de voluntad que le permitía perder el apego por las cosas que quería. Extrapoló eso al nuevo cambio que le había sobrevenido, de una forma casi instintiva, soltando un suspiro cargado de humo, con las ideas más claras que la visión. Y fue desapareciendo de nuevo entre las calles mientras ese pensamiento desalojaba a todos los demás, dejando su mente vacía, hasta que un nuevo recuerdo de ese día le estampó una sonrisa, un recuerdo bonito, que había retrasado demasiado tiempo, que grabó a fuego esa sonrisa, la misma que vistió mientras iba a donde fuera que fuese, si es que se dirigía a algún lugar, con ese aire meditabundo y soñador, que no somnoliento que le caracterizaba.
miércoles, 1 de febrero de 2012
Entre copos de nieve
Era un día frío, y la chica tenía exámenes proximamente, pero no podía pensar en ellos. Llevaba ya muchos meses sin recordar lo que era despertarse empapada en sudor a las seis de la mañana. En realidad, era la primera vez que había pasado tanto calor por la noche, y le extrañaba. A esa humedad se añadía un sentimiento de paz algo extraño. Había soñado con un chico que se le había declarado en año nuevo. El tópico del mensajito de feliz año con el quiero un año contigo. Había intentado evitarlo un poco, luego se había dejado llevar, pero no tenía nada claro, no era él quien le gustaba. De hecho, se había prometido hacía no tanto tiempo que iba a aparcar por un tiempo sus relaciones sentimentales, tenía que recuperarse de heridas del pasado, heridas muy profundas, y que no terminaban de suturar. Pero a todos nos gusta sentirnos queridos, y el cariño, sus sentimientos en general, todo parecía real, demasiado real para volver a ser igual, aunque él le había dejado claro que no iba a estar siempre ahí como el típico saco de lágrimas, que no iba a volver a pasar nada parecido, tenía ella la duda de si eso era un chantaje o una sutil forma de decir que no era la única que había sufrido ya por eso. Mientras pensaba todo eso, inconscientemente se había levantado, duchado y estaba vistiéndose, mientras se congelaba poco a poco. Unos vaqueros y un número indeterminado de camisetas, todas blancas, que le conferían complejo de cebolla, formada por mil capas. Unos cascos rosas forrados en pelo y una gran chaqueta con su capucha incorporada remataban su arsenal contra el frío. Mientras la estampa de ese personaje de cuento, con su melena dorada sobresaliendo de una cara de la que se veían poco más que los ojos, de un verde intenso, rodeado por la nieve, y distraída escuchando se plasmaba en la mente del chaval, cuya casa estaba a mitad del camino. Miraba desde detrás de la cortina esa estampa que le había ido enamorando según pasaban los años, y se preguntaba si, como de costumbre, ella estaría escuchando revoir un printemps, y se imaginaba abrazado a ella, escuchando a través de esos cascos un poco de la melodía, que tanto armonizaba con el entorno que la rodeaba. Suspiró y después de seguir la trayectoria del vaho de su aliento, visible por el frío, se aventuró fuera, a encontrarse con ella, deprimiéndose al pensar que no podría darle a esa chica un beso, ni tan siquiera en la mejilla, como saludo, y que esa historia estaba demasiado condenada al fracaso, era una chica mayor, y otros mucho mejores que él lo habían intentado sin resultado. Sin embargo le obsequió con una sonrisa de la cual ella pareció no darse cuenta, aunque en su mente le diera mil vueltas a esas sonrisas. Continuaron quince minutos de ruta en silencio, preguntándose en algunos momentos incluso si el otro era consciente de su presencia. Al llegar, se separaron, con una mirada como única despedida. Ella fue al último pasillo a la izquierda del tercer piso de aquel enorme y gélido instituto, a la clase de segundo de bachillerato de ciencias, a pelear con versos de Lorca, demencias de Nietzsche, y reírse de Avogadro. Él, a tercero de ESO, donde se preguntaría durante horas y horas por qué no podría ninguna de las chicas que le acompañaban ahí tener esa inteligencia que había ido descubriendo de lo poco que se había dejado conocer la extraña rubia, por qué no podría ser todo algo más sencillo. Pero iba aceptando que las chicas de su edad solo hablaban de ropa, botellones, líos y zorreos, y que además de no poder enamorarse de ellas por su forma de ser, no le convendría, porque sería más sufrimiento inútil por alguien que no merecía la pena. Pasó el tiempo, en el recreo ella se refugió en clase, no quería pasar más frío, y junto a la estufa se dedicó a repasar Biología, en un libro en bastante mal estado, cosas de la segunda mano. Cinco minutos antes de finalizar el descanso se decidió a cerrar el libro, ya había hecho bastante y estaba contenta consigo misma, se había mantenido atenta a los datos sobre células eucariotas durante todo el rato, en lugar de hacer una lectura inconsciente. Al cerrar el libro y fijarse en lo deplorable de su estado, lo hojeó, y en la primera página había una fecha.
J y L. 01-02-09 Tq.
Estaba hecha de una forma muy cuidada, con un bolígrafo negro y unos trazos elegantes y delgados. Le habría parecido normal en un libro con tanta historia, menos por el hecho de que era precisamente 1 de Febrero. Tres años después. Se empezó a preguntar si seguirian juntos. Sus nombres. Que tal les habría ido todo este tiempo. Por qué ella no podía tener algo así de bonito. Entonces le vino ese pensamiento que había intentado evitar durante todo ese tiempo. No, no, y no. No quería a ese chico. ¿O si? ¿Sería que simplemente no quería sufrir? Ya tenía ración de rayadas para todo lo que quedaba de día. Más bien, estuvo todo lo que quedó de día autoinculcándose que ella era feliz así, que solo iba a hacerle daño, y que no merecía la pena tanto riesgo por alguien que te importaba tan poco. Al salir de clase salió corriendo a casa, el pasar toda la tarde tendida en el brasero con un buen libro era una buenísima excusa, nadie iba a notar el torbellino que había en su mente, que su cabellera fuera más clara no significaba que su interior fuera transparente al mundo. Asi que así fue, el chico se quedó una hora esperando preguntándose por qué hoy no salía, y volvió a casa apesumbrado, dándose cuenta de que la necesitaba incluso más de lo que él mismo creía. Una vez allí, se reencontró con su guitarra, la única que de verdad le había hecho sentirse útil, o necesario, y repitiendo una y otra vez sweet child of mine pasó una tarde relativamente tranquila, aunque serio, triste, más que de costumbre.
Toda la semana pasó sin muchos más percances, se veían a la entrada y salida del instituto, y ocasionalmente en algún recreo, cuando ella no estaba estudiando para algún examen, cosa que solía hacer aunque supiera que sabía todo con creces, o en un pasillo tras una clase de educación física. Cada vez más anuncios de una fecha señalada en la que ella sabía que iba a haber algún regalo por su parte, y las dudas sobre lo pensado y leído ese frío uno de Febrero, que habían eclipsado al recuerdo del único día nevado de todo el año, cosa que la chica no solía olvidar, cosa de la nostalgia por familiares perdidos en dias similares de épocas diferentes, quizás más felices, quizás menos, ni ella lo sabía. Los dias siguieron pasando como guiados por un reloj de arena resquebrajado, demasiado rápido, hasta que llegó el día tan esperado por algunos, tan odiado por otros, pero que no dejaba indiferente a nadie, San Valentín. Esa mañana ella estuvo incluso esperándole a la puerta de su casa, pero no estaba. Se preocupó algo, pero no quiso demostrárselo demasiado. Tenía un plan, y empezaba a pensar que era una idiotez, iba a salir mal, y no debería haberlo pensado siquiera. Al llegar el recreo se quedó en clase, sola, como de costumbre. No esperaba que fuera entonces cuando él, con un enorme peluche de un oso, apareciera y le deseara feliz San Valentín, y le dijera esas palabras escritas en el libro que había vuelto a coger, aunque esta vez no hubiera aprovechado tanto el tiempo. Ella le sonrió, le quitó el peluche, lo colocó en la mesa, en silencio. A continuación le susurró, rozándole con un mechón de pelo el cuello y haciendo, conscientemente, que este se retorciera un poco de placer;
— Estás loco.
Seguidamente se sacó del bolsillo una piruleta de corazón, pequeña, y se la tendió. Con una sonrisa inocente al ver el desconcierto en esos iris castaños, le explicó:
—¿No querías mi corazón? Ahí lo tienes. Todo tuyo.
La marea de sensaciones que sintió el chaval, ya de por sí indescriptible, llegó a su éxtasis cuando ella le rodeó la nuca con un delicado pero fuerte brazo, y fundió sus labios. No fue un momento mágico, estuvieron así, los dos solos, con el osito de peluche como testigo, hasta que sonó la campana que indicaba el final del descanso. Desde entonces han pasado muchas cosas, sinceramente. Muchos dijeron que eran una pareja típica de desesperados, o heridos por Cupido, como apuntó un servidor en un brote de su personalidad poética, un espectador más en esta historia de amor, pero era algo más. Según fueron pasando tiempo juntos se fueron gustando más y más, y empezaron a hacer cosas juntos, planes de futuro, más y más. Llegaron a formar una pequeña banda, una guitarra acústica y una voz, como entenderéis, no daba para demasiado, pero la habilidad de él y el canto de sirena de ella les acabaron dejando frutos, llegaron a un cierto nivel, y además de la belleza del conjunto, el ver a ambos en un escenario era algo que cautivaba y despertaba los sentidos más cariñosos de cualquiera. Pronto llevarán un año juntos, y son tantas las cosas que han vivido que no creo que sea fácil separarlos. Han pasado de ser una simple pareja, su vínculo ha sobrepasado incluso el que quizás haya entre los hermanos gemelos, a base de poco a poco compartir parte de sí mismos con el otro, han vivido una simbiosis. Y yo, pensando que quien lea esto es ajeno al sentimiento de envidia que ha arrastrado a algunos a intentar separarlos, y comparte algo más mi punto de vista de poder disfrutar viendo el brillo en sus ojos, aceptando que nunca vamos a vivir nada así, lo comparto ahora, para que, como historias de guerras y daño a las personas se deslizan desde el pasado, y hacia el futuro, mostrando a las personas las calamidades que han ocurrido en el suelo que pisan, viva este pequeño trozo de perfección en las mentes de todos los que hayan decidido dedicar parte de su tiempo a conocer esta historia, o a compartirla.
1 de Febrero de 2012
Y cuando me llegó la carta, con esa historia que había emocionado tanto a aquella chica , y después de compartir por un momento ese sentimiento, y comprenderlo, cosa que me extrañaba, ya que no solía ser tan sensible, me pregunté si esto era cierto o era solo una historia ficticia. Porque yo no es que hubiera aceptado que nunca tuviera nada así, sino que había dudado siempre de la existencia de este tipo de parejas, tan unidas por el hilo del destino, tan especiales, quizás culpa de mi narcisismo. ¿Que opinais vosotros?
J y L. 01-02-09 Tq.
Estaba hecha de una forma muy cuidada, con un bolígrafo negro y unos trazos elegantes y delgados. Le habría parecido normal en un libro con tanta historia, menos por el hecho de que era precisamente 1 de Febrero. Tres años después. Se empezó a preguntar si seguirian juntos. Sus nombres. Que tal les habría ido todo este tiempo. Por qué ella no podía tener algo así de bonito. Entonces le vino ese pensamiento que había intentado evitar durante todo ese tiempo. No, no, y no. No quería a ese chico. ¿O si? ¿Sería que simplemente no quería sufrir? Ya tenía ración de rayadas para todo lo que quedaba de día. Más bien, estuvo todo lo que quedó de día autoinculcándose que ella era feliz así, que solo iba a hacerle daño, y que no merecía la pena tanto riesgo por alguien que te importaba tan poco. Al salir de clase salió corriendo a casa, el pasar toda la tarde tendida en el brasero con un buen libro era una buenísima excusa, nadie iba a notar el torbellino que había en su mente, que su cabellera fuera más clara no significaba que su interior fuera transparente al mundo. Asi que así fue, el chico se quedó una hora esperando preguntándose por qué hoy no salía, y volvió a casa apesumbrado, dándose cuenta de que la necesitaba incluso más de lo que él mismo creía. Una vez allí, se reencontró con su guitarra, la única que de verdad le había hecho sentirse útil, o necesario, y repitiendo una y otra vez sweet child of mine pasó una tarde relativamente tranquila, aunque serio, triste, más que de costumbre.
Toda la semana pasó sin muchos más percances, se veían a la entrada y salida del instituto, y ocasionalmente en algún recreo, cuando ella no estaba estudiando para algún examen, cosa que solía hacer aunque supiera que sabía todo con creces, o en un pasillo tras una clase de educación física. Cada vez más anuncios de una fecha señalada en la que ella sabía que iba a haber algún regalo por su parte, y las dudas sobre lo pensado y leído ese frío uno de Febrero, que habían eclipsado al recuerdo del único día nevado de todo el año, cosa que la chica no solía olvidar, cosa de la nostalgia por familiares perdidos en dias similares de épocas diferentes, quizás más felices, quizás menos, ni ella lo sabía. Los dias siguieron pasando como guiados por un reloj de arena resquebrajado, demasiado rápido, hasta que llegó el día tan esperado por algunos, tan odiado por otros, pero que no dejaba indiferente a nadie, San Valentín. Esa mañana ella estuvo incluso esperándole a la puerta de su casa, pero no estaba. Se preocupó algo, pero no quiso demostrárselo demasiado. Tenía un plan, y empezaba a pensar que era una idiotez, iba a salir mal, y no debería haberlo pensado siquiera. Al llegar el recreo se quedó en clase, sola, como de costumbre. No esperaba que fuera entonces cuando él, con un enorme peluche de un oso, apareciera y le deseara feliz San Valentín, y le dijera esas palabras escritas en el libro que había vuelto a coger, aunque esta vez no hubiera aprovechado tanto el tiempo. Ella le sonrió, le quitó el peluche, lo colocó en la mesa, en silencio. A continuación le susurró, rozándole con un mechón de pelo el cuello y haciendo, conscientemente, que este se retorciera un poco de placer;
— Estás loco.
Seguidamente se sacó del bolsillo una piruleta de corazón, pequeña, y se la tendió. Con una sonrisa inocente al ver el desconcierto en esos iris castaños, le explicó:
—¿No querías mi corazón? Ahí lo tienes. Todo tuyo.
La marea de sensaciones que sintió el chaval, ya de por sí indescriptible, llegó a su éxtasis cuando ella le rodeó la nuca con un delicado pero fuerte brazo, y fundió sus labios. No fue un momento mágico, estuvieron así, los dos solos, con el osito de peluche como testigo, hasta que sonó la campana que indicaba el final del descanso. Desde entonces han pasado muchas cosas, sinceramente. Muchos dijeron que eran una pareja típica de desesperados, o heridos por Cupido, como apuntó un servidor en un brote de su personalidad poética, un espectador más en esta historia de amor, pero era algo más. Según fueron pasando tiempo juntos se fueron gustando más y más, y empezaron a hacer cosas juntos, planes de futuro, más y más. Llegaron a formar una pequeña banda, una guitarra acústica y una voz, como entenderéis, no daba para demasiado, pero la habilidad de él y el canto de sirena de ella les acabaron dejando frutos, llegaron a un cierto nivel, y además de la belleza del conjunto, el ver a ambos en un escenario era algo que cautivaba y despertaba los sentidos más cariñosos de cualquiera. Pronto llevarán un año juntos, y son tantas las cosas que han vivido que no creo que sea fácil separarlos. Han pasado de ser una simple pareja, su vínculo ha sobrepasado incluso el que quizás haya entre los hermanos gemelos, a base de poco a poco compartir parte de sí mismos con el otro, han vivido una simbiosis. Y yo, pensando que quien lea esto es ajeno al sentimiento de envidia que ha arrastrado a algunos a intentar separarlos, y comparte algo más mi punto de vista de poder disfrutar viendo el brillo en sus ojos, aceptando que nunca vamos a vivir nada así, lo comparto ahora, para que, como historias de guerras y daño a las personas se deslizan desde el pasado, y hacia el futuro, mostrando a las personas las calamidades que han ocurrido en el suelo que pisan, viva este pequeño trozo de perfección en las mentes de todos los que hayan decidido dedicar parte de su tiempo a conocer esta historia, o a compartirla.
1 de Febrero de 2012
Y cuando me llegó la carta, con esa historia que había emocionado tanto a aquella chica , y después de compartir por un momento ese sentimiento, y comprenderlo, cosa que me extrañaba, ya que no solía ser tan sensible, me pregunté si esto era cierto o era solo una historia ficticia. Porque yo no es que hubiera aceptado que nunca tuviera nada así, sino que había dudado siempre de la existencia de este tipo de parejas, tan unidas por el hilo del destino, tan especiales, quizás culpa de mi narcisismo. ¿Que opinais vosotros?
sábado, 21 de enero de 2012
Cuaderno de bitácora
Llevaba una semana sin ver la luz del sol, en pleno verano. Una depresión existencial poquito a poco se había ido apoderando de mi ser, y no había dejado célula sin miedo al futuro, sin miedo a la incertidumbre que hacía de lumbre mas allá de un pequeño tramo de distancia. No, no había lágrimas, no había temblores, no había nada. Simplemente una gran pesadez en el corazón, que a falta de algo con lo que llenarse eligió plomo, y que impedía el salir a la calle, el caminar, ir y nadar, mientras el mundo se fundía poco a poco en aquel verano, que a diferencia de todos los demás, ya que se dice todos los veranos, sí parecía haber alcanzado cotas de temperatura especialmente altas, casi históricas. En los pocos momentos en los que podía despejar algo la tormenta mental que me tenía recluso, empezaba a leer, y eso disipaba todo completamente, al menos durante el tiempo de la lectura. El resultado de esto fueron unas seis mil páginas leídas durante toda la semana, de grandes libros, unos nuevos, con aroma a fábrica y pegamento, otros antiguos, alguno con un extraño olor y hojas de algo que parecía maría en su interior. El comprar libros por lotes era lo que tenía, sorpresas, unas veces más agradables, otras menos, y algunas simplemente curiosas. Tal vez el fin de la depresión llegara al topar con un tomo del ilustre Albert Einstein, la teoría de la relatividad. El remolino de ideas de tanta fórmula, la genialidad que a ojos del resto parecía locura, y la seguridad de que en ese momento no podría entender eso, que me faltaba vivir mucho. Fue una meta que me puse, y algo me decía que necesitaba salir, es lo que hice, por supuesto. Atrás quedaron los que habían sido fieles acompañantes durante esa semana, desde un pequeño libro escrito en francés y traído de París tras un viaje de estudios, hasta un gran diccionario de latín, hojeado con más interés que conocimiento, y sin demasiado resultado. Mi ropa había crecido o yo me había hecho más pequeño. Mi cuerpo no quería hacerme caso, crujía constantemente, e iba torpemente caminando, con demasiados tropiezos, tropiezos que ya ni intentaba disimular. La luz del sol me quemaba todo el cuerpo, y mis pupilas, dilatadas cual consumidor de LSD, no se acostumbraban a estar tan cerradas, y estuvieron a poco de pegarse, por la velocidad a la que tuvieron que cerrarse para no quemarme el interior del ojo. Es algo que me hizo incluso reflexionar, mis ojos han sido la única parte de mi cuerpo que nunca me ha disgustado, y no me habría terminado de perdonar destrozármelos. Recorrí la media hora a pie que me separaba de la piscina, con un bañador corto blanco, y una camiseta del mismo color. Combinado con mi piel en aquel momento, me podría haber camuflado entre las paredes más claras de las calles del pueblo. El agua de la piscina me resultó más fría que otros años, y si no fuera porque al salir y tumbarme en el suelo ardiendo, y rodar por él como un loco, aun saliendo rasguñado y casi sangrante, creo que se me habrían congelado los pulmones, el alma y hasta las ideas, que acaban siendo lo que sobrevive a todo lo demás, lo más difícil de parar. Aun así, el inicio de mi nuevo reto, de recuperar el tiempo perdido, solo me estaba señalando que yo era una suerte de masoca, para confirmarlo del todo solo necesitaba bañarme, pero en una piscina de alcohol, o agua oxigenada. Sin embargo, la rabia que tenía acumulada y que había ido despertando, por uno u otro motivo, me hizo volver a saltar a la piscina, y nadar, y nadar, y nadar, de una forma exagerada, durante horas, hasta que sentí que me hundía por mi propio cansancio. Entonces salí, y me dejé tostar poco a poco, sabiendo de antemano que iba a acabar más como un langostino que como otra cosa. Al buscar un reloj, me encontré con que ya eran las siete de la tarde. Parecía increíble que llevara ya allí unas ocho horas, y sin haber echado de menos el interior de mi celda, ajeno a toda claustrofobia ya. Meditando por el camino de vuelta, mientras me preguntaba por qué me había cortado el pelo hasta tal punto, empecé a sospechar que esos cambios tan radicales en mi vida, no iban a ser muy favorables a largo plazo. Quizás tampoco a corto plazo, en muchos de los casos, pero no me importaba demasiado lo que me fuera a pasar en poco tiempo, de hecho, aunque no seguía con la depresión que me había vuelto un poco más loco, seguía en esa fase autodestructiva en la que todo te sigue dando igual, y que a veces empeora más que mejorar. Al llegar ni cené, simplemente me desplomé en la cama, al lado del diccionario de latín que había estado leyendo, antes de ese cambio, ya no recordaba cuando. Tampoco recordé haberme dormido, pero al despertar, no había ningún tipo de manta sobre mi cuerpo, pero quizás en una fase onírica algún músculo de mi cuerpo decidiera que un diccionario de lengua latina era el sucedáneo que necesitaba. La consecuencia de esto tenía sus pros y sus contras. Por un lado, no había tanto sudor en la parte cubierta por el libro, y por otro, cerca del cuello había quedado grabado un pequeño fragmento de la página por la que el diccionario había quedado abierto. Y era más consistente de lo que parecía. Ahora, mi cuello rezaba clades en su margen izquierdo. No, no sabía que significaba, y busqué y busqué hasta darme cuenta de que el significado de la palabra había desaparecido entre sudor y borrones de tinta. No le dí más vueltas, me levanté, no sin esfuerzo, de la cama que casi estaba pegajosa, y fui a la ducha. Frotando y frotando, conseguí apestar a esencia de mango y kiwi, pero la palabra romance seguía ahí, al parecer se había incrustado de alguna forma. Paré de intentar borrarla cuando un arañazo me hizo un corte sangrante y vi que tendría que cortarme el cuello para hacerlo. Una etiqueta más, supuse, y la primera que había intentado quitar en mi vida. Eso, pensando profundamente, era una buena muestra de lo poco que me importaba lo que pensara el resto del mundo, y lo poco que me gustaba decir algo sobre mí mismo, y menos si ni sabía qué estaba diciendo. Me sentía un cani con un tatuaje en chino. Estaba enfadado. Fui al desván y destapé la caja donde tenía ese cuaderno completamente lleno de números, y unas pesas que habrían aumentado su masa considerablemente por el polvo. Revisando cifras y datos me di cuenta de que llevaba más tiempo del que pensaba fuera de ese entrenamiento. Como un cualquiera, decidí que reventando mi cuerpo un día iba a solucionar la falta de ejercicio de meses, y como yo, decidí que si me hacía daño o algo por el estilo me iba a dar igual. Cargué las dos mancuernas hasta el máximo, descolgué la antigua cinta para el pelo que usaba más como adorno que para otra cosa, y la coloqué donde en los viejos tiempos, seguidamente salí de allí, con una mancuerna en cada brazo y balanceándome, desacostumbrado al entrenamiento que hacía ya bastante tiempo se había tornado una tontería. Una hora después, el dejar que una apisonadora me pasara por encima se me hacía más agradable que de costumbre. Recordé sin saber por qué a esa persona que me había traicionado, y la mezcla de rabia e inutilidad tan familiar volvió a mí. En mi cuarto, entre libros y folios, tras todos los trastos, había una flauta dulce que memoraba tiempos de más inocencia. Soplé con todas mis fuerzas. A falta de sonido, cayeron sobre la mesa dos cigarros negros, con un aroma chocolateado. Diez minutos más tarde iba rumbo al olivar que tan poco me inspiraba, con mis efímeros compañeros en un bolsillo. Había olvidado quitarme la cinta que llevaba durante ese entrenamiento, y al cruzarme con alguna de las pocas personas que no habían aprovechado la época para huir a la playa o la montaña me miraba más raro que de costumbre. Frente a su casa estaba el desvío de la carretera que llegaba al olivar. Un clavo en mi corazón recibió un martillazo al pasar por el lugar, y ver lo que una vez fue mi segunda casa ahora tan inaccesible. Recorrida ya la mayoría de camino, en el último edificio antes de llegar a un pequeño valle repleto de olivos, fue donde paré, por un momento. Busqué un ladrillo suelto, y al encontrarlo y separarlo de la pared la sorpresa fue mayor de lo que esperaba. No solo seguía allí el mechero, sino que además había gran parte de esa cajetilla que habíamos ido compartiendo tanto tiempo, y al abrirla, una nota escrita a mano que contaba muchas cosas. Era muy extraño, la verdad. Había asumido todo lo que estuve leyendo hacía ya tiempo, menos esa parte en la que decía importarle demasiado como para terminar de perder el contacto. Mientras caía una lágrima por primera vez en mucho tiempo, un fantasma definido como desastre por una lengua antigua andaba entre árboles cuajados de negros y pequeños frutos, hasta encontrar un almendro, que seguía en flor, y bajo él uno tras uno caían negros tubos de papel y pólvora que envolvían tiras de una planta seca que se esfumaba a la par de sus ilusiones y sueños, hasta que solo quedó uno. Entonces volvió a sacar del paquete de tabaco la nota, la respuesta que había llegado demasiado tarde, y decidido a no volver a caer en ese juego, a no contestar nunca, la envolvió y fumó, notando como por última vez esas palabras iban a ser intrusas en su cuerpo, y preguntándose mientras expulsaba el humo gris, si volverían a ser intrusas de su mente en un tiempo distante y lejano, y podría resistirlo sin sufrir. Aletargado pero nervioso, por la dosis de nicotina, se quedó mirando el baile de los sueños desvanecidos bailando junto al humo, como dos viejos amantes, entre las flores rosas del árbol que le prestaba su sombra.
viernes, 20 de enero de 2012
Preguntas incómodas
Es muy raro, todo, fueron demasiadas coincidencias. Nadie diría que no ocurrió por algo en concreto. Iba por la calle, vestido por la noche, y una chaqueta oscura de la que el viento se reía, calándome hasta los huesos. Ocasionalmente una farola alumbraba parte de mi rostro, aunque un mechón de pelo, cada vez más largo, protegía mi ojo derecho de cualquier luz, y hacía algo de sombra permanente en mi faz. Creo que ya no recuerdo la última vez que no acompañaba una de esas travesías con a tout le monde, manifiesto, numb, vivir para contarlo, o cualquier otra banda sonora para ese mágico instante. A veces los auriculares son como las personas, unas duran más, otras menos, y algunas son difíciles de reemplazar, otras simplemente imposibles. En aquel montículo encontré a un señor con una larga gabardina, y cuyo pelo llegaba hasta los hombros holgadamente. Había ocupado mi lugar en aquel muro que hacía frente a un paisaje campestre, era la primera vez que pasaba en muchos meses. Casi me sentí mal al pensar que estaba apoyado en ese pequeño escrito que dejé ahí hace ya mucho tiempo. Pero el muro era grande, y yo no estaba dispuesto a perder uno de los instantes más importantes del día, precisamente aquel día tan largo. Removí algo la gravilla, como forma de informarle de mi presencia. No obtuve respuesta, ni un mero movimiento en su cabeza me dijo que se hubiera percatado de algo. Ocupé mi lado, apoyado contra ese montón de ladrillos cuya función había dejado de ser más que la de permitir a cuatro borrachos esconderse de las patrullas que normalmente había esos sábados de fiesta, y que lejos de ser útiles, solo servían para arrastrar a personajes enemistados que guiados por el alcohol protagonizaban violentos episodios en los que incluso había apuestas. Pero eso es otra historia. En el momento en el que ese ser siniestro se dignó a dirigirme la palabra, ya hacía tiempo que me había olvidado de su existencia, y estaba en un plano entre lo onírico y lo físico, con los ojos cerrados, y los sentidos calmados.
—¿Necesidad de abstraerte?
Durante un momento incluso dudé que hubiera dicho nada, y tampoco había entendido muy bien qué quería decir, asi que seguí allí, quieto, alerta, esperando a una repetición que me confirmara aquello. Es verdad que cuesta, pero al desinhibirse uno ya puede hacer poca cosa por volver completamente a la realidad.
—¿Necesidad de abstraerte?
Sí, no lo había soñado, me había dirigido la palabra. Medité algo la respuesta.
—Ehm, sí. ¿Por?
Me pareció escuchar, entre el pequeño silencio que dominó el momento, y su respuesta, un carraspeo, quizás un sonido de aprobación, o una pequeña sonrisa.
—Eres de los míos. Es una suerte, ya estamos casi extinguidos.
Reflexionando sobre lo que acababa de decir, la idea de meterme en su propio saco, o 'grupo' y los motivos de esto sin conocerme de nada, titubeé...
—¿De los tuyos?
—Sí, ahora mismo todos prefieren emborracharse para llegar a eso.
—¿Tan especial es que prefiera esto?
—Dice mucho sobre tí. Deja que adivine. Estudioso. Algo rebelde. No te gusta demasiado la gente. Demasiadas dudas en la cabeza. Odias las masas, odias las modas. No terminas de encajar en ninguna ideología. Eres inteligente, más de lo que crees, y no soy el primero que lo dice.
Eso fué un golpe tras otro. Demasiado sabe sobre mí este tío, pensé. Aunque no pretendía dejarle ver que había acertado tanto...
—Quizás.
—Si estas aqui tiene algo de eso tiene que ser cierto. Bastante de eso lo será. Y ahora, dime, ¿Puedo preguntarte algo?
—Como quiera.
—¿Has perdido la inocencia?
Aquello me chocó. Era una pregunta con tantos posibles significados el día de hoy que no supe qué contestar.
—¿Perder la inocencia? ¿En que sentido?
Por primera vez en toda la conversación me decidí a dejar el paisaje en paz y mirar a ese hombre. Llevaba rato observándome, al parecer, y no le sobresaltó que me diera cuenta. Lucía una barba algo corta, quizás más incluso que la mía, que apenas era más que un esbozo, y sus ojos castaños parecían tener un brillo especial al mirarme. Me inquietó eso. Además del hecho de que se callara, y me tuviera en vilo antes de explicarme su pregunta.
—La inocencia, la preciosa inocencia...¿Recuerdas ese momento de tu vida en el que todo era más fácil? ¿Mamá y papá siempre contigo, y la promesa de que así seguiría siendo? ¿Un mundo pacífico y bello en el que vivir? Seguro que no. Pero, dime, ¿Sigues creyendo en la bondad de las personas? ¿En el amor? ¿Crees que alguna vez todos estos que se equivocan se darán cuenta de sus errores?
La parrafada la dijo con una voz profunda y calmada, más de lo normal. Aunque en algún momento titubeó, al preguntar sobre el amor quizás.
—No tengo demasiadas esperanzas en nada de ello, aunque creo en algunas de esas cosas. Quizás seamos nosotros quienes nos equivoquemos, o, mejor dicho, yo. Pero sinceramente, no lo sé, no sé si he perdido la inocencia. Es una buena pregunta.
—Y esa una buena respuesta. Así que es definitivo. Te podría contar yo mismo la respuesta, y te podría decir a que te podría llevar el seguir con esa mentalidad, pero no te puedo asegurar que sea algo mejor que lo que pasaría manteniendo el orden natural de tus ideas. ¿Que prefieres?
No me creía lo que estaba pasando en mi cabeza. Un loco que no conocía de nada me había encauzado a un debate interno que probablemente acabara con súplicas que no me llevarían a nada bueno, eran presentimientos bastante fuertes.
—Prefiero quedarme así, aunque no sé por qué es tan seguro que algo que me dijera me pudiera cambiar la forma de pensar de ese modo.
—Sabía que dirías eso. Creo que te vendrá bien estar solo, pero haz algo, procura apuntar ese poema que tienes aquí detrás. La memoria no da para tanto, y es algo que seguro que te anima en su día.
Tras decir esas palabras lanzó una última mirada al horizonte, y lentamente se marchó por el camino que yo había elegido para llegar a ese azaroso encuentro. Quizás me habría gustado pararle, pero en mi mente había demasiadas cosas como para pensar siquiera en mover un músculo. Tardé unos minutos en reaccionar, y quitar la vista perdida del horizonte. Saqué de entre unas piedras el pequeño cuaderno y el bolígrafo que guardaba, con su funda de plástico, por la lluvia. Ocupé el lugar que llevaba tanto tiempo frecuentando, pero en esta ocasión, toda la inspiración que tenía estaba fuera de los versos. Recordé la indicación de aquel hombre de apuntar el poema que alli había, y me volví a mirarlo. Entonces llegó el shock. Estaba acabado. Era mi letra, con un trozo de carbón parecido al que había usado yo para escribir el resto, y que seguía allí, en el suelo. Me conmocionó. Lentamente, mimando cada letra, escribí el poema, y decidí que ese cuaderno ya podía jubilarse, e ir al cajón en el que guardaba con recelo toda mi poesía. Al acabar, decidí emprender el camino de vuelta. Estaba amaneciendo. Los primeros rayos de sol en mi ojo izquierdo despertaron de nuevo a mis pensamientos, ausentes durante mucho tiempo. ¿Sería mi yo futuro ese tipejo que me había hurtado el sitio? ¿Serían delirios mios? ¿De verdad es posible tanta casualidad?
Desde entonces, vuelvo con más ganas que antes todas las noches que puedo, y me lamento de no haberme fijado en el superior izquierdo de su labio, mientras acaricio la cicatriz que tengo en esa zona, y escribo más y más, rellenando un nuevo cuaderno.
—¿Necesidad de abstraerte?
Durante un momento incluso dudé que hubiera dicho nada, y tampoco había entendido muy bien qué quería decir, asi que seguí allí, quieto, alerta, esperando a una repetición que me confirmara aquello. Es verdad que cuesta, pero al desinhibirse uno ya puede hacer poca cosa por volver completamente a la realidad.
—¿Necesidad de abstraerte?
Sí, no lo había soñado, me había dirigido la palabra. Medité algo la respuesta.
—Ehm, sí. ¿Por?
Me pareció escuchar, entre el pequeño silencio que dominó el momento, y su respuesta, un carraspeo, quizás un sonido de aprobación, o una pequeña sonrisa.
—Eres de los míos. Es una suerte, ya estamos casi extinguidos.
Reflexionando sobre lo que acababa de decir, la idea de meterme en su propio saco, o 'grupo' y los motivos de esto sin conocerme de nada, titubeé...
—¿De los tuyos?
—Sí, ahora mismo todos prefieren emborracharse para llegar a eso.
—¿Tan especial es que prefiera esto?
—Dice mucho sobre tí. Deja que adivine. Estudioso. Algo rebelde. No te gusta demasiado la gente. Demasiadas dudas en la cabeza. Odias las masas, odias las modas. No terminas de encajar en ninguna ideología. Eres inteligente, más de lo que crees, y no soy el primero que lo dice.
Eso fué un golpe tras otro. Demasiado sabe sobre mí este tío, pensé. Aunque no pretendía dejarle ver que había acertado tanto...
—Quizás.
—Si estas aqui tiene algo de eso tiene que ser cierto. Bastante de eso lo será. Y ahora, dime, ¿Puedo preguntarte algo?
—Como quiera.
—¿Has perdido la inocencia?
Aquello me chocó. Era una pregunta con tantos posibles significados el día de hoy que no supe qué contestar.
—¿Perder la inocencia? ¿En que sentido?
Por primera vez en toda la conversación me decidí a dejar el paisaje en paz y mirar a ese hombre. Llevaba rato observándome, al parecer, y no le sobresaltó que me diera cuenta. Lucía una barba algo corta, quizás más incluso que la mía, que apenas era más que un esbozo, y sus ojos castaños parecían tener un brillo especial al mirarme. Me inquietó eso. Además del hecho de que se callara, y me tuviera en vilo antes de explicarme su pregunta.
—La inocencia, la preciosa inocencia...¿Recuerdas ese momento de tu vida en el que todo era más fácil? ¿Mamá y papá siempre contigo, y la promesa de que así seguiría siendo? ¿Un mundo pacífico y bello en el que vivir? Seguro que no. Pero, dime, ¿Sigues creyendo en la bondad de las personas? ¿En el amor? ¿Crees que alguna vez todos estos que se equivocan se darán cuenta de sus errores?
La parrafada la dijo con una voz profunda y calmada, más de lo normal. Aunque en algún momento titubeó, al preguntar sobre el amor quizás.
—No tengo demasiadas esperanzas en nada de ello, aunque creo en algunas de esas cosas. Quizás seamos nosotros quienes nos equivoquemos, o, mejor dicho, yo. Pero sinceramente, no lo sé, no sé si he perdido la inocencia. Es una buena pregunta.
—Y esa una buena respuesta. Así que es definitivo. Te podría contar yo mismo la respuesta, y te podría decir a que te podría llevar el seguir con esa mentalidad, pero no te puedo asegurar que sea algo mejor que lo que pasaría manteniendo el orden natural de tus ideas. ¿Que prefieres?
No me creía lo que estaba pasando en mi cabeza. Un loco que no conocía de nada me había encauzado a un debate interno que probablemente acabara con súplicas que no me llevarían a nada bueno, eran presentimientos bastante fuertes.
—Prefiero quedarme así, aunque no sé por qué es tan seguro que algo que me dijera me pudiera cambiar la forma de pensar de ese modo.
—Sabía que dirías eso. Creo que te vendrá bien estar solo, pero haz algo, procura apuntar ese poema que tienes aquí detrás. La memoria no da para tanto, y es algo que seguro que te anima en su día.
Tras decir esas palabras lanzó una última mirada al horizonte, y lentamente se marchó por el camino que yo había elegido para llegar a ese azaroso encuentro. Quizás me habría gustado pararle, pero en mi mente había demasiadas cosas como para pensar siquiera en mover un músculo. Tardé unos minutos en reaccionar, y quitar la vista perdida del horizonte. Saqué de entre unas piedras el pequeño cuaderno y el bolígrafo que guardaba, con su funda de plástico, por la lluvia. Ocupé el lugar que llevaba tanto tiempo frecuentando, pero en esta ocasión, toda la inspiración que tenía estaba fuera de los versos. Recordé la indicación de aquel hombre de apuntar el poema que alli había, y me volví a mirarlo. Entonces llegó el shock. Estaba acabado. Era mi letra, con un trozo de carbón parecido al que había usado yo para escribir el resto, y que seguía allí, en el suelo. Me conmocionó. Lentamente, mimando cada letra, escribí el poema, y decidí que ese cuaderno ya podía jubilarse, e ir al cajón en el que guardaba con recelo toda mi poesía. Al acabar, decidí emprender el camino de vuelta. Estaba amaneciendo. Los primeros rayos de sol en mi ojo izquierdo despertaron de nuevo a mis pensamientos, ausentes durante mucho tiempo. ¿Sería mi yo futuro ese tipejo que me había hurtado el sitio? ¿Serían delirios mios? ¿De verdad es posible tanta casualidad?
Desde entonces, vuelvo con más ganas que antes todas las noches que puedo, y me lamento de no haberme fijado en el superior izquierdo de su labio, mientras acaricio la cicatriz que tengo en esa zona, y escribo más y más, rellenando un nuevo cuaderno.
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