jueves, 23 de febrero de 2012

Posibilidades

Vivimos en un mundo. Eso nos queda claro a todos. No sabemos si hay otro, o si es único. No sabemos si estamos aquí por algo, o somos el resultado de una mera tirada de dados. El tirar unos cien dados icosaédricos a la vez, y sumar, que aunque solo sería un pequeño espectro de todas las posibilidades que podrían haber existido en lugar de la que fue, nos sirve para imaginarlo todo un poco mejor. 984. Planeta Tierra, será una roca de forma redondeada, en la que se entremezclarán bosques, sabanas, glaciares, que estarán en las puntas, montañas, todo emergiendo sobre la soberanía del agua, agua salada, bajo un cielo azul, con nubes blancas o grises en tormentas, que varía su color según toque a esa parte del planeta la luz del sol, puede ser rojizo cuando se oculta, totalmente azabache cuando desaparece, bañado por los rayos de luna que evitan una oscuridad absoluta. El planeta estará plagado de muchísimas criaturas, entre las que destacarán los seres humanos. que buscarán luchar contra la naturaleza que les dio la vida, escapar de la muerte, de la vegetación, del planeta, buscando nuevos horizontes, en un afán perfeccionista exacerbado por el narcisismo de esta especie. Imaginad. ¿Que habría pasado si en lugar de 984 las caras de estos dados hubiesen sumado 1371? ¿El planeta Granito, un lugar árido y horadado por los meteoritos que habrían chocado contra él en unos primeros momentos de creación y que formarían cuevas que al ir entrelazándose supondrían un entramado de galerías a salvo del abrasador calor de las cercanas estrellas que hacían arder el exterior y que se convertirían en el único lugar habitable de ese mundo hostil y oscuro? ¿Una atmósfera llena de hierro, sulfatos y nitratos que diera al lugar un color rojizo e insalubre? ¿Unos monos inútiles en peligro de extinción, escondidos entre las rocas, viviendo de la búsqueda de raíces y aguas pertenecientes a acuíferos que en muchos casos serían geiseres que quemarían al pobre ser que se acercara a recoger una parte de su contenido para poder vivir, monos diezmados por su mala evolución, por la tenencia de un sentido de la vista que sería completamente inútil?  ¿Miles de depredadores en una pirámide alimentaria en la que esos monos estarían entre lo más bajo?  ¿Que seríamos entonces? Ni la mitad de la mitad de la mitad de la mitad de la bolsa de basura que ayer se te pegó en el pie, y de la cual te deshiciste con un mero gesto. Insectos sintiéndose afortunados de estar, cuando no deberían estar, quizás ni haber aparecido nunca, pero siguen ahí, aunque no siendo ni tan solo una molestia, una parte insignificante dentro de la existencia. Y no entendemos que en el mundo en el que vivimos, en el que hemos tenido una inmensa suerte (yo me considero afortunado tan solo por tener medios y conocimientos suficientes para poder escribir esto, aunque entiendo que a ti no te pase igual al leerlo, quizás veas la entrada como una basura, o algo peor) tampoco somos mucho más importantes. Nos cuesta demasiado aceptarlo. Como el hecho de que vivimos en un mundo de posibilidades, también de imposibilidades, pero eso es un efecto de un dualismo del que nada ni nadie puede escapar. Para que haya bien tiene que haber mal. Para que haya amor tiene que haber odio. Y para que haya algo que puedas hacer, tiene que haber otra cosa que no puedas estar haciendo, por mucho que esta sociedad nos insista en que tenemos que ser capaces de hacer dos cosas a la vez, incluso más. Pero no, no podemos estar haciéndolo todo. Si yo estoy aquí escribiendo esto no puedo estar a la vez a más de cien kilómetros de aquí, visitando a una persona importante, algo que querría hacer tanto o más que esto. Tampoco puedo estar entrando en la casa de alguien que odio y que quizás viva a un par de horas de aquí con un hacha. No. Hay que elegir una cosa, y a veces no todas son posibles, quizás por las consecuencias, quizás también por las causas, o porque simplemente no se pueden. No puedes teletransportarte. No puedes medir cinco metros. No puedes andar por el agua. No puedes sobrevivir a -50ºC. No puedes sobrevivir a 100ºC. Pero hay ocasiones en las que puedes volar, ir en avión a donde quieras, ver mundo, ver personas. Hay ocasiones en las que puedes moverte por el agua, a distancias a las que te sería imposible nadando, un barco, un crucero. Incluso, y esto se infravalora demasiado, hay muchísimas ocasiones en las que puedes moverte por el mapa a una velocidad unas 40 veces mayor a la que lo harías andando, y sin cansarte, coge un coche. Y eso es algo que la mayoría de personas ahora mismo hacemos, es una posibilidad que hemos tenido. ¿Sabéis cuanto habría pagado un neandertal perseguido por un lobo, un tigre, o cualquier animal por el estilo por tener un coche? ¿Tenéis la más mínima idea? Yo tampoco. Pero seguro que le daría más valor que la mayoría de personas que ahora mismo lo ven como una obligación, e incluso lo odian. Es una posibilidad, el odiarlo. Y como cualquier otra, quizás sea válida, pero no es la misma que habría elegido otra persona. La contingencia que existe en el mundo, el poder ser verde, blanco, negro, rojo e incluso naranja o gris, es lo que le da a la vida su interés. Tu puedes elegir la opción que más te plazca de entre un abanico amplísimo, y eso se demuestra en todo. ¿Que puedes comer hoy? ¿Que carrera quieres estudiar? ¿Cómo te quieres vestir hoy? Es más, ¿Quieres vestirte hoy? ¿Por qué no quedarte simplemente desnudo en tu cama, en lugar de levantarte? Posibilidades, todas válidas, todas con sus causas, consecuencias. Ir a por un vaso bien colmado de ron-miel. Hurtar una cajetilla de tabaco, un mechero, y preguntarle al humo su opinión sobre todo esto. Seguir escribiendo. Esas son las que yo barajo ahora mismo, por poner un ejemplo. Seguir leyendo, dejar de leer, tirar el ordenador por la ventana, contactar con el autor para decirle que está loco. Esas pueden ser las que estés barajando tú ahora mismo. Y unidas a otras cientas de posibilidades tuyas, otras cientas de posibilidades mías, y pensando que hay cientas de miles de personas como tú y yo, creamos una red de posibilidades enorme, indescriptible incluso, que hace que todo sea impredecible, y le da interés a la existencia. Excepto el tiempo, que no deja de correr, siempre a nuestra contra, todo puede cambiar, y según la ley de la relatividad que un día propuso un tal Albert, incluso esto tiene la posibilidad de cambiar. Un mundo de posibilidades, ¿A que no suena mal? En tal caso, ¿Por qué nos cerramos todos tantas posibilidades y nos obligamos a pensar que no tenemos opción? Yo no lo sé. Quizás sea el afán autodestructivo que acompaña de la mano al narcisismo del que hacemos gala las personas, que no los hombres, ya que hay demasiados hombres que han elegido la posibilidad de ser títeres en lugar de personas. Son los mismos que no hacen nada por nada ni nadie, solo miran su ombligo. Solo miran su vida. Egoístas en demasía, parásitos varios que van carcomiendo todo. También existen los hombres que prefirieron ser monstruos, pero son algo que no he llegado a entender, y algo en mi interior me dice que prefiero no hacerlo.

martes, 21 de febrero de 2012

¿Personas o recipientes?

Un recipiente. Puede tener mil formas, mil tamaños, mil lugares y modos de poner en movimiento sus contenidos, unos más cerrados, impermeables, otros permeables, e incluso los hay coladores, y mezclas de todo. Los recipientes que hay en tu casa,porque tienes casa, ¿No? Porque no creo que estés leyendo esto desde un puente; así que supongo que sí, que tienes recipientes de todo tipo en casa. Desde un cenicero hasta un vaso, o tu bañera, pasando por un cazo o un colador. Unos almacenan cenizas, otros agua, o a ti mismo, otros macarrones o tallarines. Lo que almacena una persona, como recipiente, son, principalmente, sentimientos, aunque también otras cosas como ilusiones, esperanzas, y sueños, aunque muchos de estos estén ya rotos o caducados. Odio, amor, amistad, rabia. Besos que nunca tendrás suficiente tiempo para dar, abrazos eternos que se ahogan en una almohada para disgusto tuyo y de su receptor, adrenalina capaz de herir o sanar heridas, de intentar matar, de dolor o de placer, a otra persona, y al mismo tiempo a ti mismo. Nos convierten en jueces, verdugos y víctimas, todo a la vez, y el exceso de responsabilidades nos horadan internamente. No somos capaces de almacenar tantas cosas, y tan diferentes, hacia tanta gente. Esto provoca que más veces de las que deberíamos descarguemos nuestros sentimientos con personas equivocadas, dando lugar a situaciones desastrosas en todos los casos, tanto hacia un extremo como hacia el otro.  Amor dado a personas que ni lo quieren ni lo merecen. Odio ofrecido a la persona que amas que os daña a ambos. Pero también hay cosas en todo esto que sí que son lícitas, que tienen su sentido. La ilusión de tener noticias de alguien importante, o el shock al saber algo impactante acaecido a alguien que en algún momento lo fue, ante el hecho de que no sabes ni qué pensar sobre ello. Todos estos sentimientos, todas estas sensaciones, ilusiones, sueños, que vamos almacenando en nuestro ser, reaccionan entre sí, es pura química, no la química que se enseña en los libros, pero una parecida, en la que las cosas se van conjuntando, el cariño y el apego dando forma a un amor o algo parecido, la sensación de que la persona se ha hecho un pequeño hueco en tu interior, en un lugar muy concreto, el deseo de que no quiera hacer reformas ahí, y que sea una buena inquilina, o incluso se quede; el dolor y la decepción como la semilla del odio, del desarraigo, del no querer volver a saber nada de una persona, o querer que todo lo que sepas sobre ella sea malo, que millones de brazos salgan del suelo y la despedacen, y te entreguen en bandeja de plata su corazón, si es que lo encuentran. Y cuando todo esto se mezcla surge un agregado explosivo en el que no sabes que quieres hacer, o se mezclan cosas demasiado opuestas. Ahora mismo yo estoy un poco así. Pero en lugar de ir y matar a besos a alguien, o buscar a otra persona y simplemente matarla, me estoy desahogando aquí. Ya, yo tampoco entiendo a los escritores.

lunes, 20 de febrero de 2012

Borreguismo ¿Ilustrado?

No tiene otro nombre. Muchos ya temíamos que pudiese pasar de todo mientras gobernaba Rajoy, si es que llegaba a ganar las elecciones. Bueno, estaba bastante claro que iba a ganar, el anterior gobierno no tenía ya perdón, pero no creo que poner en su lugar a un señor franquista en cuyo equipo de gobierno se encuentran perlas como un ministro de defensa relacionado a fábricas de bombas, ¡Claro que sí, viva España!
Llevamos poco tiempo ya, y se han sucedido acontecimientos, que, bueno, tienen todos su crónica, desde la muerte de Fraga, de lo cual fue indignante la ceremonia que se fue haciendo, y las flores que se le echaron a un hombre que murió sin pedir perdón por los crímenes que cometió en otro tiempo, porque aunque nadie debe alegrarse o dejar de hacerlo por la muerte de ninguna persona, fuese la mejor del mundo o un maldito monstruo como es este caso, es un ciclo, ley de vida, y este hombre había agotado su tiempo. También está la condena al juez Garzón, de lo que se puede contar demasiado. El caso Naseiro 2.0, porque sí, esto de corrupción en el PP, llegada de un presidente del partido al gobierno y destrucción de todo el caso que iba a mandar al abismo a militantes del partido, personajes importantes en la vida social de la derecha, pues como que no es tan nuevo. Si alguien no conocía este caso, algo normal, ya se puede imaginar más o menos por donde fueron los tiros. Aunque de este caso se pueden sacar más cosas que un simple golpe a un partido político, ya que también puede tocar al juez que podría ayudar a que hubiese una tercera república, por estos asuntos de un tal Undangarín, otro chupóptero, como toda su borbona familia. Y es que tanto que odiamos a los franceses ahora por otra pieza del circo, y llevamos muchísimo tiempo pagándoles una vida de lujo, con su yate en Mallorca, a una panda de gabachos. Pero tranquilo, que a ti la monarquía te cuesta más o menos 17 céntimos al año. Sólo con lo que he ido escribiendo por ahí arriba, en lo que es un somero resumen de cuatro cosas que han acaecido durante el gobierno del señor Rajoy, y sin contar cosas como la reforma laboral, con la que ya mismo habrá que pagar para trabajar, o el 'yo no voy a subir impuestos' de su investidura, en Noviembre, y el 'tenemos que subir impuestos' que salió de esa misma boca en menos de un mes, barbaridades por las cuales yo, si se me hubiese ocurrido votar al PP, me harían plantearme cómo había tirado así a la basura mi opinión. Y todavía hay quien dice que estamos mejor que con Zapatero. No se habrá enterado de que están investigando las cuentas que declaró España en Diciembre en las que hay declarado más déficit del existente, en teoría, adivinad para qué. Si me dan el pais más pobre, luego habré actuado mejor, habré hecho que se enriquezca, o al menos, que se empobrezca menos, no, ¿Mariano? Sí, es muy sencillo. Pero es lo normal, no saber mentir. Y ahora, el escándalo que ocupa a gran parte de España, ya que no creo que nadie que viva más o menos informado no sepa, es el alboroto que se ha organizado en Valencia, por una protesta pacífica hecha por estudiantes a los que les recortan, y no poco a poco, todo. Al igual que se recorta en ciencia. Al igual que se sigue pagando lo mismo a la Iglesia, en un estado aconfesional, al igual que se fomentan los toros, algo ya declarado barbarie, como cultura, y se impulsan, gastando dinero, o más bien, malgastándolo, mientras gente como Camps, que han robado al mismo sistema que gestiona todo ello, porque, vamos a ver, la presunción de inocencia está muy bien, pero si se ha visto tan claro que es culpable, por escuchas que en ningun momento se ha dicho que sean falsas, algo que se ha castigado en este caso mientras en otros, como el de Marta del Castillo, se ha premiado, lo que diga un idiota con un martillo sucio por los billetes de quinientos importa poco, ese tío tiene de inocente lo que yo de chino; no estás leyendo chino, sino español, pues se dedica a pasearse por Valencia, ir a la universidad de Valencia a presentar una tesis doctoral, y además de seguir libre, sentirse con valor y en su derecho de decir que el jurado ha sido demasiado blando con el juez que quiso hacer justicia.
Sólo eso en el tiempo que llevamos, hace que muchos queramos ya para Rajoy una salida por la puerta de delante, o una entrega al pueblo, como la tan famosa de Gadafi, pero si ahora además añades que a una manifestación no violenta y totalmente fundamentada, con derechos de sobra sea disuelta violentamente, y más cuando los que se manifiestan son en muchos de los casos, además de pacíficos, menores, y más cuando tú mismo has hablado que te la estás jugando y te vas a ganar una huelga general comportándote así con el pueblo. Y quien no anime a esos valencianos a intentar un cambio, ya que están todos de acuerdo, y no son personas sueltas, que tendrían más fácil la idea de emigrar, y quien no crea que el que un desgraciado con un llavero de Francisco Franco apalee con ánimo de hacer exánime a un chaval de trece años es una puta locura, hablando rápido y mal, y quien no crea que si nada se resuelve pronto esto va a acabar muy mal, o no quiera reconocerlo, pues para ese individuo, yo tengo una pregunta. ¿Estás cuerdo?
Y al resto, ¿Por qué no hemos cambiado ya todo esto? ¿Tiene que haber mártires? ¿Hay que señalar como a un loco al que reclame para nosotros derechos que son de todos? ¿Estamos dejando que nos gane el pulso un borreguismo 'ilustrado' de seguir cada vez a alguien peor? La primera revolución ha de ser en las mentes. ¿Está esa revolución en marcha?

domingo, 19 de febrero de 2012

La triste historia de un anónimo

Érase una vez un chico. Érase una vez su extraña forma de ser, que provocaba que el daño que pudiese hacerle quien le importara se multiplicase. Érase una historia de abandono, seguida de otra, otra, otra y otra, que mataban el interior del chico. Érase un sufrimiento ajeno que se sentía en la propia piel, un cuento largo, que terminó en un ser con una demasiado fuerte tendencia a la misantropía. Ya no le importaban los demás. Ya no quería hablar con la gente, ni mostrarse o ser amistoso con nadie. Era como un animalillo herido, atacaba a todo el mundo. Psicólogos dijeron que el problema probablemente tuvo que ver con maltratos físicos, quizás con sus padres, o con algún matón por ahí, pero no les cuadraba una aversión tan grande a todo el mundo, no le cuadraba un odio tan grande hacia sí mismo, no sabía por qué su forma de vengarse de una realidad que le dañaba era tan diferente a lo normal, por qué nunca había intentado suicidarse, por qué había dejado el pesado ejercicio físico que tendría que haber aumentado por la rabia y la hormonación que le provocaba todo eso. Ni él ni nadie lo sabía. Bueno, ni el ni casi nadie. Pero yo no cuento en esta historia, solo era un espectador sin credibilidad, aunque quizás tuviese más razón de la que yo mismo quería tener, y no fue el primer caso. El chico había aprendido a perder el apego por las personas, a perder la confianza también, pero sabía muy bien como amar, demasiado bien comparándolo con las personas a las que intentó amar. Esto le hizo vagar con un corazón herido de muerte, agonizando mientras a borbotones brotaban sueños que iban desapareciendo arrastrados al exterior, expulsados por ilusiones diferentes, o simplemente para hacer hueco a nuevos ideales que iban surgiendo al mezclarse poco a poco el dolor con la reflexión. Después vino la demencia, las lágrimas, primero saladas, luego dulces, al final, con los ojos secos, aprendió a dejar de llorar, al menos externamente, ya que su alma seguía ahogándose en su propio llanto. No fue capaz de amar otra vez, con tal de no atarse a otra persona, porque las personas son autodestructivas, buscaban el dolor aunque ellas mismas no lo supieran, y ese dolor se traduciría en más miseria para él, algo que no estaba dispuesto a soportar, si es que podía soportarlo. Descuidó su físico. Cuidó de más su mente. Entonces se terminó de convertir en el tipo de ser antisocial perfecto para la sociedad actual, alguien inteligente y con principios. Pero no le importaba, leyendo a Nietzsche se le pasaban las noches en vela, y entre un cigarro y una copa se iban esfumando los segundos, contados por un reloj de arena. Y mientras su reloj de arena sigue corriendo, ese chico está ahora mismo huyendo de sí mismo, huyendo de su propia sombra entre la oscuridad que le proporciona la sombra de los árboles, de los edificios, de las grandes construcciones, e incluso de los vehículos, llorando por dentro, gritando, pidiendo ayuda, alguien diferente, alguien en quien poder confiar, una persona diferente a él y al resto. Y no lo encuentra. Sigue buscando. Yo también espero a alguien así, la verdad, así que quizás coincidamos en nuestra búsqueda; aunque por ahora solo tú has coincidido en la mía, en la que he sido tu narrador, después de ser un espectador desde la lejanía. Quizás llegue alguna vez en la que llegue a ser ese hombro en el que puedas desahogarte, pero no hoy. Pero no por ello desistas en tu búsqueda, tampoco soy yo ese al que persigues.

viernes, 17 de febrero de 2012

Barbecho

Todos tenemos parones creativos. O quizás sean momentos de reflexión en los que somos incapaces de usar un punto de referencia más o menos neutral para cualquier cosa que hagamos, lo que no beneficia para nada a lo que decimos, que se vuelve extremista y en algunos casos estúpido. Puede que en realidad esto sea solo estrés. También existe la posibilidad de que sea una aglomeración, un taponamiento de sentimientos, sensaciones, y cosas que quieren salir todas a la vez, sin educación ni respeto por las otras, formando una marabunta que nubla demasiado mis pensamientos. O puede que haya forzado demasiado estos últimos días, o que tuviese tiempo libre de más, y quisiera llevar un ritmo a la hora de escribir que es imposible llevar si quieres compaginar el blog con otras cosas. A lo que quiero llegar con esto es a que, como dice el título, haré un poco de barbecho en este sentido, al menos un poco de tiempo. Me alegra mucho que haya quien visite y lea esto, y me debo a los pocos que os habéis interesado por mí, así que volveré, y no será en demasiado tiempo. Gracias por todo, y espero que este hasta luego sea corto.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Cuchillas

Era un dia más. Un domingo más de depresión. Tenía mil cosas en la cabeza, y ninguna era buena. Necesitaba desahogarse, o despejarse, o desaparecer, pero no sabía como, nadie le había enseñado nunca a actuar ante aquel cúmulo de cosas que le agobiaban, en el que había de todo. Instituto, una chica, familia, desastres y catástrofes varios, amistades rotas, fantasmas del pasado, que cual disparo a quemarropa iban matándolo poco a poco por dentro. Estaba en el escritorio, borrando con lágrimas una antigua carta de amor que había quedado sin mandar, una de esas cosas de las que tienes que deshacerte después de terminar, ya sea enviando o quemando. Pero él era demasiado creativo para quemar la carta, o no le terminaba de gustar la idea de usarla como papel de liar porros y hacer que con la carta se fuesen sus preocupaciones, por lo que había acabado así, tras sucumbir a la idea de leerla. Después de tal deshidratación, ante la idea de emborracharse, que no terminaba de gustarle en aquel momento, decidió aprovechar para reflexionar en la ducha, y de camino tachar algo de la lista de cosas que tendría que hacer sí o sí, injustificables aun con motivos de peso de cualquier índole. Así que rebuscó entre los cajones repletos de recuerdos que se le iban clavando algo de ropa, fue a por unas toallas, y lo dejó todo bien preparado. Pocos minutos después estaba bajo la artificial cascada en la que se convertía la ducha, un lugar de meditación, reflexión, reorganización de ideas y muchísimo más. El único lugar en el que se había sentido realmente calmado, en sintonía. Y empezó a diluir las ideas entre espuma y geles aromáticos, hasta llegar a lo que los hindúes llamarían Nirvana, y una persona normal hoy en día llamaría normalidad, la mente vacía, al menos eso parecía. Y así pasó un minuto, otro, otro, y otro, entre litros de agua que se iban por la alcantarilla con los problemas, evadirse no era tan difícil, y después de un desahogo así, era normal que no le costara demasiado. Nadie sabe si pasó una hora, pasaron dos, o pasaron tres, solo que su cuerpo estaba arrugado por la excesiva hidratación, todo el cuarto de baño lleno de un vapor de agua que limpiaba los pulmones sin llegar al punto de asfixiar, y salió sin prisa, despacio, fue secándose, y pasó un tiempo con la mirada vacía frente al espejo, empañado, muy empañado, esperando a que esto cambiara, frente al fregadero. Cuando pasó, sacó una cuchilla de afeitar de usar y tirar, bastante rudimentaria, un bote de espuma que estaba en el pequeño armario que había en una esquina, junto a la puerta, y tranquilamente comenzó el ritual del afeitado que tanto se valoraba en ese lugar hostil que llamaba mundo, pero tras una ducha realizaba mansamente, dejando atrás todos los motivos por los que él podía tener barba cuando le apeteciese. Con sumo cuidado de no arrastrar ningún pelo de la castaña melena que en mechones se le adhería a la cara, empapada y con restos de espuma que aun tras tanto tiempo habían sobrevivido al agua, comenzó a embadurnarse el rostro con aquella espuma blanca que en otros tiempos había utilizado para juegos varios. En otros tiempos en los que solo era un niño, feliz, sin ninguna preocupación, sin ningún problema. Tras terminar, viendo que esos pensamientos habían vuelto como están aquí a su cabeza, y saludándolos internamente, como quien saluda a los testigos de su despertar tras un largo coma, con extrañeza, preguntándose qué había pasado. Posteriormente, comenzó a afeitar, cortando con cuidado, cada pelo, cada zona, cada rastrojo de espuma que pudiese quedar. Llegó a la barbilla, donde se cortó, un corte algo importante, que sin embargo no notó hasta no haber terminado la mayoría de la parte izquierda, además de la derecha, y quedar tan solo la zona inferior a la barbilla. Paró y se dedicó a ver la sangre fluir. Le gustó la sensación de ver ese reguero de sangre, y lo dejó fluir. Pensó incluso en la posibilidad de realizarse algún corte más, y simplemente esperar a que parara de fluir sangre, o a un posible desmayo. Deslizó la cuchilla por zonas ya afeitadas suavemente, haciendo el amago del corte, e imaginando la sensación. La irritación, la sangre fluyendo, las luces apagarse más, poco a poco, por algo ajeno al hecho de la prematura nocturnidad reinante en el invierno. Pero no lo hizo. Dirigió la cuchilla esta vez a su muñeca. La presionó sobre lo que sería la arteria principal que pasa por ella, sintiendo la adrenalina de sentir lo frágil que era su vida en aquel mismo momento. Con cuidado separó la cuchilla de esa muñeca. La soltó. Se preguntó qué coño estaba haciendo. Nunca había sido una persona que tuviese la idea del suicidio presente, ¿Por qué ahora? Había superado cosas mucho peores. No tenía como motivo para evitar el suicidio el importarle a alguien, el que nadie se sintiera triste o mal si desaparecía, sino todo lo contrario. Pero no veía el sentido a la muerte. Como no se lo veía a la vida. Dejó de pensar en aquello, recordó las redacciones, exámenes, citas, tareas que tenía que hacer, terminó de afeitarse, impecablemente, para evitar el caer otra vez en esas ideas, aunque parte de la espuma que fue limpiando la cuchilla a su paso era ya más roja que blanca, se vistió con la ropa que había dejado allí bastante tiempo antes, que se había humedecido un poco, salió del cuarto de baño, en búsqueda de un reloj. Dos horas habian pasado. Eran ya las nueve. Salió a la ciudad, como mera sombra, en búsqueda de un rincón de soledad más abierto que el pequeño piso que habitaba, lugar que encontró en una plaza adornada con una fuente rematada en una figura de un ángel que escupía agua por una trompeta, al menos durante el día, estaba apagada. Allí se sentó en un banco, y miró al cielo, al menos hasta medianoche. Entonces volvió a casa, y mientras su cuerpo yacía bajo las sábanas, su cabeza asomada leía un tomo sobre filosofía para un examen que tenía al día siguiente. Él y su exquisita planificación de los momentos de depresión. Al decidirse dormir notó algo de dolor en la muñeca. Antes de apagar la luz se fijó en el reverso de esta. Tres cortes superficiales, correspondientes a la cuchilla de afeitar, relucían, y dejaban entrever en algunas zonas una arteria que parecía fuese a desgarrarse con un mero toque del lugar por parte de un dedo, o de la sábana. Consciente de todo, el chaval se durmió entre carcajadas. Era su recurso natural ante el miedo escénico, el pánico, las ganas de llorar. Una risa demasiado sincera, penetrante, no forzada, pero sí siniestra. Fue un día normal en la vida de este extraño personaje, quizás un dia a rememorar si se hubiese tratado de otra persona.

martes, 14 de febrero de 2012

Yo

Era un día lluvioso, que traía consigo además de la archinecesitada agua, algo de frío. Caminaba encapuchada con prisa, rumbo al instituto, esa celda que se convertía en suya dentro de la cárcel que era su vida y de la cual no podía escapar. A mitad de camino, sentado en un portal, con un atuendo completamente azabache, estaba él mirando al infinito, en un escalón, hasta que notó su presencia. Entonces guardó los auriculares en un bolsillo, y dejó sonar mientras la saludaba la música, como acostumbraba a hacer siempre, para conversar por el camino, con diversos poetas callejeros que sobre instrumentos varios ponían la banda sonora a la mañana, despertando la mente y los sentidos. El piano de lo que sonaba en ese momento la hipnotizó, y tras ir un tiempo más callada de lo que acostumbraba, ante la mirada de él, que parecía notar el motivo de esta abstracción, le preguntó:
— ¿Que canción es? Es preciosa. 
—Te ha gustado, ¿Eh? Ella, de Zenit. 
—¿Me la dedicarías?
—No. Y ojalá nunca tenga motivos para hacerlo. 
—¿Ojalá no tengas motivos? 
Entonces él calló, deslizó un dedo hacia sus labios, un dedo que ella casi muerde, y dejó que la canción hablara por sí sola. 
—Y sin casi darse cuenta se vio envuelta en una manta blanca y fría, que traía más problemas, que la aislaban de los demás y que hacía que los enemas que en el pasado adornaron su piel fueran solo dulce miel comparados con los que esa hiel en su mente dejó grabados como emblemas...Intentó ahogar sus penas en alcohol...
Leyó en sus ojos un cambio de comportamiento, la desaparición de ese capricho infantil de conseguir que le dedicara la canción, unido a algo que no terminaba de entender, pero no le dio importancia. 
—La canción es preciosa, pero ojalá no hubiera existido nunca, porque no existiera la persona en que se basó, en sentido de que no hubiera vivido nada de eso. 
—Supongo que tienes razón. Pero las cosas pasan, y del pasado sólo quedan cosas como el recuerdo, como esa canción. No se puede hacer nada. Pero el preocuparte aun sin saber siquiera si es una historia real, dice mucho de ti. Eres tonto. 
—Pero eso tú ya lo sabías.   
—Sé muchas cosas, es como si fuera tu sombra. 
Y entre algunas risas llegaron a la puerta del instituto, se escurrieron hacia el patio, y aprovecharon el cuarto de hora con el que contaban aquel día para encender un par de cigarrillos y ver la lluvia sobre un porche, mientras sentían el contraste entre el frío ambiente y el calor que recorría sus gargantas. 
—¿Sabes que el tabaco lleva unos cuatrocientos cancerígenos como aditivos y que el gobierno no obliga a las tabacaleras a indicar siquiera cuales son por los impuestos?—dijo él para romper el silencio.

—¿Intentas hacer que dejemos de fumar a estas alturas? Claro que lo sé, pero fumar marihuana ahora mismo nos haría más mal, esto nos deja fingir que hacemos algo durante las siguientes seis horas, no sé. Además, lo dices como si temieras morir,—dijo sarcásticamente.

—¿Temer morir? Si es lo mejor de la vida. ¿Sabes por qué el Dios cristiano es un Dios vengador? Nos tiene envidia. ¿Imaginas lo que sería ser inmortal? 
—Ni lo imagino ni quiero intentarlo. Si las cosas no se pudieran perder no tendrían valor—le contó mientras apartaba la mirada del tintineo de la lluvia en el barril que había a la interperie, a escasos metros, y la clavaba en él.

—Bueno, es una forma de quitarme el valor, sí,dijo él en un tono de broma suavizante.

—Gilipollas, sabes lo que te aprecio, y lo que temería el perderte. Parece que olvides las cosas—apuntó, dejando notar que, lejos de ser sarcástica, estaba enfadada.  
—Oye, recuerda que ya te lo dije, mientras quisieras estaría, tontaina—soltó él con una sonrisa, ignorando la seriedad que se acababa de adueñar de ella. Seguidamente dió la última calada a su cigarro, se acercó a ella y la abrazó, buscando mientras sus labios, arañándola con la mejilla. Ella pensó que iba a robarle un beso, cosa que esperaba bastante, ya que él no solía ser cariñoso en ese sentido, y aunque tenía claro que no había pudor a ello, no solía hacerlo. Al ver cómo le quitaba el cigarro en lugar de ello, sintió una mezcla entre una pequeña rabia interior, y alegría, quizás, era el tipo de tontería que hacía para jugar con ella, y sabía que nunca la esperaba. 
—Vamos a llegar tarde, como de costumbre. Así que te quedas sin tus segundos de vida de menos, lenta, que eres una lenta. ¿Como se puede tardar tanto en fumarse un cigarrillo?—le susurró entre calo y calo, entre carcajada y carcajada.

—Si fueras mi marido, ahora mismo te habrías quedado un mes sin follar.—contestó ella entre enfadada y sonriente, mientras emprendía el camino hacia el pasillo. 
Él la siguió en silencio mientras retenía los chistes fáciles que habría hecho sobre eso si se tratara de cualquier otra chica, y se preguntaba por qué alguien así tenía que ser tan especial. Desde luego, su físico no era el típico que podía aumentar las pulsaciones del tío que quisiera, aunque a él le encantaba, era el arquetipo de mujer real, y no de revista, que tanto gusta a estos que buscan en el interior, algo que te evite enamorarte de un cuerpo, sin llegar al tener que hacer esfuerzos diciéndote que el interior merecía la pena.
 En Química, entre compañeros más bien negados que se esforzaban por comprender las sutilezas del ajuste estequioométrico de reacciones químicas, junto a conocimientos básicos para ellos sobre las mismas, gestaban poco a poco una pequeña historia que llevaban un tiempo ya escribiendo. Un párrafo cada uno, en un cuaderno de tapa verde que habían encontrado sin cobijo al empezar el curso, haría ya unos meses. En cierto modo, parecía mucho la historia de sus vidas, con unos pequeños tintes surrealistas que le daban un encanto especial, ya que al releer lo que ya llevaban, no terminaban de recordar el porqué, la vivencia, y lo sentían como si fuera algo nuevo; y algo de lo que estaban orgullosos, la historia no estaba mal, al contrario. Y el toque que daba un párrafo escrito en rojo seguido de otro escrito en verde era pintoresco, en el buen sentido de la palabra, así que un día más, dejaron de lado las reacciones redox, combustiones y demás, y así durante el resto de clases, toda la mañana, con un descanso que les supo a mucho, a diferencia de las clases, que se les pasaron volando. Mientras volvían a sus casas por un camino mucho más lleno de gente que en la ida, no pudiendo esta vez escuchar música, hablaban sobre la idea de quedar esa tarde para adelantar algo su pequeño proyecto. Se despidieron con un beso en la mejilla, y con una sonrisa por lo frías que estaban las de ambos. Él subió las escaleras, entró en casa y se perdió en el brasero, sin hacer siquiera almuerzo, ni quererlo, con una alarma para la hora en la que tenía que salir, ya que después de todo, no se fiaba de sí mismo. Entre nostalgia y un calor acogedor se lo llevó Morfeo, que le mostró un verde prado bañado por el sol, cálido. Sintió esa mezcla de recuerdos olvidados que volvían con un desasosiego extraño, le faltaba algo. Despertó con la alarma, sabiendo qué era eso que le faltaba. La erección le hizo pensar que era cierto todo eso que se decía sobre los hombres y su forma de ser, en cierto modo, pero que no podía hacer nada. Se levantó, se colocó los auriculares y salió a una calle demasiado oscura para la hora que era, en la que se sintió un zombie o un vagabundo mientras iba a la gran casa, o pequeña mansión, según se mirara, en la que vivía ella, y en la cual veía, bajo la llovizna, una melena morena que caía en cascada bajo una capucha asomada al balcón, en lo que parecía una espera impasible aunque fuera una persona impaciente, que había decidido que era mejor calarse hasta arriba por una fina lluvia era un precio pequeño por saber el momento exacto en el que llegaría. Al acercarse más, tras un saludo con la mano que le devolvió, bajó a abrirle. 
—¿Que coño haces? Estás empapada—dijo al entrar y mirarla.
—Llevo un rato esperándote, no es nada—tiritaba mientras hablaba.
—Gilipollas. ¿Por qué? Sólo soy yo, y sabías a que hora vendría. 
—¿Sólo? Vale, ya estamos en paz en subnormalidades. 
—¿Como?
—Piensa—dijo con un sarcasmo mordaz, de esos que te obligan a enamorarte de u odiar a la otra persona.
Entonces, para sorpresa de los dos, la abrazó, la cogió en brazos, y la llevó a su cuarto, llevado por su instinto.Y ahi se apagó la razón y se encendió la pasión, y ninguno tuvo la más pequeña duda de que era eso lo que querían, y lo que llevaban, en cierto modo, tanto tiempo esperando, aunque no de ese modo. Sus ropas empapadas yacían en una esquina mientras sus cuerpos se fundían, y claro, tras una tensión extraña y que llevaba mucho tiempo, quizás incluso bastantes meses activa, el tiempo que tardó en apagarse esa llama fue incluso suficiente para que se secara su ropa. Entre besos que empezaban en el cuello y descendían, sudores, gemidos y caricias de dos partes que se sentían extremos separados del mismo ser pasaron horas, y horas, y más horas, hasta que algo más desfogados, y extasiados, se desplomaron juntos en la cama, abrazados, y ahí pasaron la mañana entera, no dormidos olvidando las clases, sino despiertos, entre caricias y sonrisas subnormales, contentos quizás por haberse dado cuenta de que lo que tenían era correspondido, cosa que aunque tantas veces no terminara de quedar clara, era demasiado, demasiado cierta, incluso llegando a asustarles la idea de haber estado tan ciegos. Pero no les importaba, estaban ahí, y aunque sabían que no podría ser para siempre, querían alargar el momento, algo más, y algo más, y algo más, lo que pudieran. La ventaja de vivir solos ambos era que sabían que podrían repetir situaciones así, aunque no lo hubieran hablado siquiera. Tras tanto tiempo sin hablar, apagó ella el silencio. 
—No sabía que tú también...¿Por qué no habías dicho nada? 
—No quería destrozar lo que teníamos, aunque no fuera así, y pensaba que tú no querrías nunca nada. 
—¿De verdad llevamos tanto tiempo los dos así y sin decirnos nada? 
—Por mi parte, así es. Por la tuya, no sé. 
—Eres un idiota. Eras tú quien parecía no querer nada más. Bueno, la ropa está encharcada. Voy a subir a ver si tengo algo para ti, ¿Me esperas un ratito?—dijo, y sin esperar respuesta, le besó la mejilla y salió de su habitación. Él aprovechó para inspeccionar su estantería. Para ser una habitación de chica, era muy sosa, lo único que podía decirte que era suya era el color rosa de la pared, el resto era muy simple, la única ornamentación que podías encontrarte eran mil libros, en los que empezó a husmear. En uno que formaba parte de una pequeña colección, unos siete tomos, la llave del tiempo, Uriel, encontró una carta. Supuso que tenía bastante confianza para que a ella no le importara que la leyera. No tenía sello, simplemente un sobre y un papel rosa perfumado que recordaba a las cartas románticas antiguas. Decía así:
 
Hola, querida yo, ¿Que tal estás? ¿No lo sabes? Vaya, tantas cosas en la cabeza, entiendo, es lo que tiene. ¿Estás contenta porque estás de vacaciones? ¿Estás triste porque te han roto una ilusión? ¿Estás cansada porque no puedes dormir entre tanto estímulo? ¿No tienes tiempo ni para recordar la mitad de las cosas o personas que te importan, aun siendo pocas y descendiendo? ¿Pero por qué? ¿Tan dura es la vida? ¿O eres tan débil? Recuerda como eras cuando eras más pequeña. Todo estaba peor. Conocías a todavía menos gente. Pero te dolía más la cara por sonreir que los ojos por llorar. ¿Por qué ahora ya no te duele tanto? ¿Es por eso no quieres seguir creciendo? No sabes lo que te pierdes. ¿De verdad no tienes curiosidad por las cosas que irán pasándote según crezcas? Porque en el pasado la gente te haya tratado mal, y en el presente sigan haciéndolo, no significa que en tu futuro no vaya a haber nadie que te trate bien...¿O si? No. No puedes pensar que porque ese tío fuera un cabrón y te echara de su vida de un día para otro después de tanto tiempo todos vayan a serlo. No puedes pensar que porque esa amiga te vendiera todas las chicas quieren ser amistosas solo para terminar igual.Créeme, llegará alguien increíble, quizás ya lo conozcas pero simplemente no hayais terminado de conectar. Hazme un favor, recuerda esto, y avanza aunque te cueste, hazlo por ti misma, ya que yo habré muerto cuando estés leyendo esto, como personalidad y como consciente. Y mientras nadie quiera tu afecto, quiérete a ti misma.

                                                                                                                5 de Junio de 2006

Mientras leía esto le vino a la mente esa canción que no quiso dedicarle, y notó que era eso el brillo extraño que había en sus ojos, ella sabía que sí que podía habérsela dedicado, pero él no.
El tiempo que tardó en leer la carta pareció precalculado, en el mismo momento en que la devolvía a su sitio ella volvía con unos vaqueros rasgados y una gran sudadera.
—¿Nos duchamos? Creo que te hace bastante falta una ducha, y no me fio de ti—dijo con una sonrisa pícara. 
—¿Sabes que siempre he amado esas indirectas tan directas tuyas? Parece que me estés haciendo un favor viniendo—replicó él con una sonrisa. 
—Idiota, sabes que te haría los favores que quisieras, pero este no es uno. Vamos, anda—dijo dejando entrever la ilusión que le hacía la idea.  

Sí, acabaron juntos en la ducha, reproduciendo lo que habría pasado si la tarde anterior hubieran estado en un lugar diferente a su casa en ese momento de locura y magia. Hubo más bien pocos cambios en lo que fue su rutina, siguieron escribiendo sus vivencias, a las que les fueron añadiendo toques cada vez más picantes. Siguieron filosofando con un cigarro mientras escuchaban las más variadas voces, aunque él intentaba que sonara cuantas más veces mejor la canción que ella quería que le hubiese dedicado. Quedaban para pasar tiempo juntos más que antes, bastante más, y por supuesto, lo que hacían en este tiempo había cambiado radicalmente en comparación a lo que hacían antes, que no pasaba de ver una película con un par de mantas, escribir, algo que a ambos les apasionaba casi tanto como leer, o simplemente hablar de cualquier tema estúpido que se les ocurriese. Ahora habían cambiado eso por abrazos compartiendo manta mientras veian una película, susurros románticos e incluso empalagosos muchas veces que contrastaban con su forma de comportarse normal, y noches románticas a la luz de los ojos del otro. Él tenía el miedo y la certeza de que todo acabaría acabando, cuando ella olvidara todo ese pasado que retenía, y fuera libre, quisiera escapar, como en la canción que le dedicaba, y dejarle ahí. Pero, la verdad, es que nadie sabe que fue de ellos al final, aunque nadie nos dijo que se hubieran separado, por lo que en teoría siguen juntos, ella siguiendo la esperanza de que sea algo eterno, y él con el miedo a perderla, aprovechando cada dia juntos como si fuera el último, llorando sin motivos en mitad de un beso, o regalándole flores un dia cualquiera. Quizás alguna vez los encuentres paseando por la calle, y no se te pueda ocurrir que hayan compartido todo eso, por su aptitud de mostrar indiferencia ante el mundo, y ante sí mismos, lo que luego no permitía retener los sentimientos. Si es así, y los encuentras, quizás puedas crear alguna teoría sobre como se conocieron, como se tratan, comportan, y demás. Alegrate por ellos, dedícales una sonrisa, y piensa que quizás tú también acabes teniendo a alguien así en tu vida. 

Quizás hayas notado que en este relato no he hecho ninguna descripción muy clara sobre los personajes, no te preocupes, está hecho intencionadamente. La idea es que seas capaz de imaginar en cualquier pareja una historia parecida, igual o mejor que la que acabas de leer, y pensar que ya llegará alguien así para ti, y mientras no puedes tener prisa por hacer ciertas cosas, si en realidad no quieres hacerlas por otra cosa que no sea un juego o una tontería. Feliz San Valentín, tanto si lo pasas como un dia más como si tienes con quien compartirlo.

lunes, 13 de febrero de 2012

Perturbaciones

Si no hay un momento o varios en los que todas las palabras que has escrito en tu vida te empiezan a sonar demasiado vacías es que no eres escritor, ni tan solo un amago del mismo. Cada conversación, cada sonido que ha salido de tus labios, cada momento, cada idea, cada relato o poema que por una u otra cosa ha nacido como hijo tuyo, te resulta insulso e inútil. Incluso sucio. Esos mismos caracteres que danzando sobre un fondo blanco llenaban tu alma en un momento determinado de dolor o debilidad se vuelven ahora eso, sucias y vacías manchas de tinta sobre un papel, o perturbaciones negruzcas en la pureza del blanco de una pantalla que no aportan nada, al contrario, están ahí, torturándote con su existencia, preguntándote por qué pasaste tanto tiempo ordenándolas, de qué te sirvió refugiarte en ellas. Puede pasar por mil razones, o sólo por una, y puede tener mil soluciones, o adivinad, también sólo una. Eso ya depende de a quién preguntes. A mi parecer, la causa, el problema es siempre el mismo, estás tan, tan mal contigo mismo, que todo lo que tenga que ver contigo te asquea. Es como lo que pasaba, y pasa, cuando alguien te cae mal, oficialmente y sin negativa posible, todo lo que haga pasa a estar mal. ¿La solución? Es algo más complejo. Pero tiene que pasar siempre por otra persona. Esa otra persona puedes ser tú mismo, pero después de un cambio, una evolución. También alguien que trate de suturar ese odio hacia ti mismo, algo muy complicado, qué decir. Pero unas palabras cariñosas pueden resolver bastantes, muchas veces, las faltas de autoestima, el truco está en la constancia, es decir, tienes que pensar realmente lo que estás diciendo, no puede ser un decir sin sentimiento que vayas a cambiar a la primera negativa de la otra persona. O quizás simplemente necesite leer de otra persona, escuchar por medio de otros labios, algo que piensa y defiende. Eso puede ayudar a evitar la autodestrucción del autor, o a frenarla un poco. Porque entre cada ficción, entre cada sentimiento o palabra que cae sobre el folio de un escritor, hay una idea propia, hay una búsqueda de la perfección, del desahogo, del amor, de escape o invocación del ego; que inevitablemente desemboca en muchos cambios en el estado de ánimo, una veleidosidad esperpéntica que va erosionando por dentro a la persona. La única diferencia con una mente pensante activa que no tenga en qué ocuparse es que alguien que escribe sí que sabe donde está el problema, o lo tiene al menos mucho más claro que en el otro caso. Y es que las profesiones de riesgo no son siempre las que nosotros creemos que son, porque tenemos una forma de pensar demasiado cerrada, y el ser escritor puede dejar muchas secuelas, rasguños en el alma, como los que te podría dejar en la espalda un tempestuoso romance, con un nefasto final.

domingo, 12 de febrero de 2012

Entretejidos

La historia...es algo muy interesante. Seguro que a todos os ha parecido aburrida cuando os ha tocado aprender fechas de lo típico, el descubrimiento de América, guerras, conquistas, reyes y demás tiranos que han ido pasando por el suelo que pisamos. Una historia triste y desoladora. Las guerras mundiales, guerras civiles en las que se cometían fraticidios, hermanos luchando contra hermanos, monos perdidos en una roca de una galaxia terminal hijos de un dios menor creyéndose el centro de todo, mas sin ser capaces ni de llevarse bien entre ellos. Relatos de penuria, miseria y llantos. Pero no es esa la historia de la que yo hablo, la historia bonita, interesante, incluso memorable. No todo son cuentos cuando se trata de hechos difíciles, inexplicables quizás, e incluso bonitos. Son historias de amor que se vivían en las fronteras de Alemania mientras soldados cacheaban a los semitas que intentaban huir de esa tierra nazi en busca de una vida mejor, o de simplemente conservar la que tenían. Son cuentos de sacrificio de padres que decidían que era más importante que viviesen sus hijos a que ellos tuvieran o no que soportar una guerra. Son soldados que cambian de bando enamorados de civiles de la otra línea, que renuncian a sus principios por amor. Son millones de historias irrepetibles que tienen ya por único espectador vivo al planeta tierra, pero que gracias a la imaginación podemos aproximar sin miedo a la idea de que lo que hayamos conseguido así no haya pasado nunca. Miles de millones de guiones de película que no se filmaron en ningún momento, y que tuvieron una única representación, demasiado improvisada a veces. Y es que todos en momentos de ensoñamiento pensamos en la historia de algo que tengamos o un lugar por el que pasemos, y llegamos a alguna historia así, casi fantástica, pero físicamente posible. Tanto un simple lápiz con el que llevamos mucho tiempo, como ese árbol centenario por el que pasamos todos los dias, siguiendo la rutina de nuestro camino. ¿O me equivoco? ¿Cual es vuestro objeto o lugar? ¿Y cual es su historia?

sábado, 11 de febrero de 2012

Pasa, pasa el tiempo...

Una luz. Intentar no ir hacia ella. Un gancho. Un tirón. Mucha luz. Un bofetón. Algo en su interior funcionando. Llantos. Una nueva vida. Pasa el tiempo. Risas. Primeras palabras. Amor por una cuna. Comodidad, felicidad. Todo es perfecto. Pasa el tiempo. Un niño pequeño corriendo por un pueblo que no conoce, y unos padres primerizos sonriendo intentando seguirle el paso, preguntándose cómo no se ha caido todavía. Pasa el tiempo. Los padres del niño están hablando en el salón, cuando él tenía que haber ido a dormir. Llega, y les sorprende. Les dice que está sólo, que quiere un hermano.  Pasa el tiempo. El niño dobla en estatura ya a lo que era antes. Está perdido, con los ojos llorosos, por el mismo pueblo, que sigue sin conocer, entre la turba. Busca a su madre, o a su hermano, sin resultado. Caen lágrimas. Pasa el tiempo. El niño se siente solo entre la gente y se refugia en libros, que le entienden mucho mejor que las personas, que son demasiado ignorantes, no tienen nada que enseñarle. Pasa el tiempo. El niño ya es un chaval, y no mira atrás mientras sale del pueblo en el que más de una vez se perdió, no sabe que no va a volver a ser libre en ese lugar, ni cuanto va a echarlo de menos. Pasa el tiempo. El chaval intenta ser uno más, pero no lo consigue, al contrario, parece que cae mal. No está bien ser diferente, aunque no pueda evitarlo. Pasa el tiempo. El chaval cree que el mundo es demasiado cruel, una selva. Aprende a ocultar sus sentimientos, a no dejar que nadie le haga daño. Ya no le queda nada que perder. Se vuelve cruel. Pasa el tiempo. Empiezan a surgir pensamientos sobre un futuro más brillante, que aparece como una luz ahí arriba, en el pozo en el que el chaval está hundido. Noches de conversaciones, descubrimientos esperanzadores.
Pasa el tiempo. Todo lo pasado se torna un espejismo. Vuelve el pesimismo. El chaval está cansado de que todo sea un círculo vicioso en el que todo llegue menos lo que esperaba. Recuerda esos momentos en los que todo era más sencillo. Todas sus emociones, tras tanto ocultar, han formado un torbellino, algo difícil de controlar, que le fustiga el alma constantemente. Pero es fuerte, y soporta, casi estoicamente, todo lo que le pasa, esperando un cambio. Pasa el tiempo. El cambio no llega. El chaval es casi un hombre. Ha dejado de intentar ser uno más. Ha empezado a sentir asco por lo que la gente ve como alguien normal. Se refugia en la música. Un piano le hace sentir escalofríos. Pasa el tiempo. Y pasa, y pasa, y pasa...y nada cambia. El chaval ya es un hombre, y ha seguido sin conseguir nada. Entonces el hombre se vuelve una sombra más, y pasa a formar parte de la masa de abatidos que obstaculizan el paso a la libertad de los niños, chavales y hombres que aún tienen un ápice de esperanza en su ser. Quizás sea culpa de la soledad de ese niño pequeño, que fue creciendo poco a poco con él. Quizás gracias a esa soledad estén ocurriendo miles de historias así ahora mismo.

viernes, 10 de febrero de 2012

Punto de inflexión

Caminaba solitario por la ciudad bajo el manto de la noche, regalando al paisaje desierto un ligero aroma a malta, cerveza. En su mente había mil ideas, como de costumbre, pero esta vez el torbellino que formaban era aún mayor. Pasa normalmente en estos días en los que uno sabe que su vida de uno u otro modo, ha alcanzado el nadir, el punto más bajo, y toca seguir girando, buscar una forma de no quedarse estancado ahí. Y el día siguiente a esa decisión que te marcaba el futuro inmediato era muy importante. Él lo sabía. Por eso iba, a la vez que hacía eses, haciendo balance de ese día. Había sido bastante bueno. El encontrar esos restos de un pasado más lejano, y más feliz, junto a buenas sensaciones, liberaciones propias que trajo el azar ayudaban a despejar su mente. La música sutura heridas, y al pasar por ese portal en el que un chico con el que identificó una época propia demasiado pronto, cabeza gacha, el brillo que precede a lágrimas que nunca caen, la sensación de estar librándose una batalla interna demasiado dura y escuchar esa canción que tantas heridas le había suturado, se le revolvió incluso el alma, en un escalofrío extraño, placentero, que no tenía nada que ver con el frío, que, aunque hiciese, le era indiferente. Tras media hora paseando entre naranjos y calles en las que apenas se veía un alma, y donde las pocas que se veían eran afines, otros personajes considerados rocambolescos, o demasiado locos, o en busca de una paz que la noche traía a un lugar demasiado concurrido durante el día, a pesar de no ser el pueblo una gran capital ni nada semejante. Por fin acabó en el parque, que tenía en ese momento la magia que había perdido antaño, recuperada extrañamente, esa luz disimuladamente suavizada por las ramas de los árboles que venía de cada farola, aderezada además en esa ocasión de una fina niebla que le confería una imagen más propia de un entorno de cuento de hadas. Puso su mirada y su mente en la estructura más compleja del lugar, lo más civilizado de ese medio donde reinaban el verde y la paz natural, una especie de cúpula acomodada en una esquina del mismo, a la que se accedía desde una pequeña escalera, debido a su poco notable elevación sobre el resto del terreno, que no obstante era bastante para hacer necesario un soporte de ese tipo. Estaba organizada como un pequeño coliseo romano, o lo que es lo mismo, un espacio circular en cuya estructura se disponían asientos, en forma en este caso de un gran banco circular de piedra, aunque diferenciado de estos en un intento de techo que se abría en el centro de la cúpula, iluminando al mediodía el centro del suelo de la construcción, en el que se veía un extraño dibujo en piedra negra, en teoría árabe, que contrastaba enormemente con el resto del suelo, sencillo y claro. Pero más que mediodía era medianoche, y en el centro sólo se veía a un hombre completamente vestido de negro, mirando al techo inexistente de aquel santuario dentro del lugar de culto que significaba para él el entorno que lo envolvía, leyendo en las estrellas del claro en el cielo que se había formado su futuro. Se alimentaba el alma con esta visión, poco a poco, poco a poco. Tras una hora, decidió que si quería poder dejar de mirar esos brillantes puntos, debía hacerlo ya. Y salió con calma del parque, tranquilamente, pasando entre árbol y árbol, entre bancos en los que parejas habían sellado su amor y vagabundos se habían sentido agraciados, ante la perspectiva de tener algo parecido a una cama. Disfrutaba cada segundo como si fuese el último, como si no quisiera moverse de allí nunca, aunque sabía que eso no era cierto. Poco antes de atravesar el arco que firmaba el punto de entrada y salida principal del parque, notó una pequeña luz en el suelo. Se trataba de un cigarro apenas empezado, aún encendido. A unos diez metros, ya fuera, una mujer, o su perfil, andando con prisa al parecer. Recogió el cigarro, preguntándose quién podría ser tan irrespetuoso con un lugar tan mágico, si debía salir corriendo detrás de aquella mujerzuela y montar una película o algo por el estilo, con una vaga intención de hacerlo que se apagó antes que el susodicho tabaco, y mientras salía al ritmo pausado de todo el tiempo, fue fumando. Mientras el humo acariciaba de nuevo su garganta, como una antigua amante ya olvidada, se preguntó cómo podía haber estado sin él tanto tiempo, sin haberlo notado ni haber sufrido por él. Por qué tenía él esa fuerza de voluntad que le permitía perder el apego por las cosas que quería. Extrapoló eso al nuevo cambio que le había sobrevenido, de una forma casi instintiva, soltando un suspiro cargado de humo, con las ideas más claras que la visión. Y fue desapareciendo de nuevo entre las calles mientras ese pensamiento desalojaba a todos los demás, dejando su mente vacía, hasta que un nuevo recuerdo de ese día le estampó una sonrisa, un recuerdo bonito, que había retrasado demasiado tiempo, que grabó a fuego esa sonrisa, la misma que vistió mientras iba a donde fuera que fuese, si es que se dirigía a algún lugar, con ese aire meditabundo y soñador, que no somnoliento que le caracterizaba.

jueves, 9 de febrero de 2012

Firme aquí

Una firma, algo tan simple pero tan abstracto a la vez. Puede ser simplemente una equis sobre un papel, en el que puedes, sin saberlo, estar vendiendo tu alma, gracias a tu desgana por leer el contrato que firmas. Pero también puede ser mucho más. Una promesa es una firma. Un contrato que te obliga internamente a hacer algo, algo que sabes que debes hacer, y que es lo mejor para ti, o eso crees, y cuyo incumplimiento te traerá sus consecuencias, buenas o malas, según lo acertado de lo que hubieras firmado. Y estamos firmando cosas constantemente. Esos nunca más, esos esta vez sí, todo son firmas de contratos que suelen acabar rotos, o no, y que están siempre ahí. Esta vez voy a estudiar, como vuelva a hacerlo no le hablo, ¿Os suenan? ¿Que pasó cuando incumplisteis esos contratos?
Pero no todo es negativo. Seguro que siempre os queda algo bueno, que ha salido, aunque sea inesperadamente, de una decisión pasada. Quizás llegue un día en el que alguien acerque un mechero a ese contrato, la firma se esfume, y con ella todo lo bueno, y solo queden recuerdos. Quizás, como debería pasar con todas esas cartas de amor que acaban sin enviarse. Pero no es algo que tengas que pensar a diario, simplemente aprovecha cuando está ahí. Recuerda que un frío adiós puede firmar un sentimiento, cerrar una ventana, oscurecer todo. Pero siempre habrá por cada despedida alguien dispuesto a firmar su cariño con una caricia en tu piel, una pasión con un beso, un sentimiento con un susurro, y que la nueva tinta irá sustituyendo con sus nuevas palabras a lo que se hubiese escrito en tu alma, limpiándola de dolor, devolviéndole las alas. Y como es tu vida, siempre podrás elegir qué aceptas y qué no. Por ahora, tú y yo somos escritor y lector, ¿Firmas?

domingo, 5 de febrero de 2012

El entorno

Todos somos creídos, unos más que otros. En realidad, no es algo que dependa de nosotros mismos, sino más del resto de personas. Por eso hay quienes dicen cosas que tú ves y piensas que ni ellos se creen, tanto en un sentido como en el otro. ¿O nunca habeis visto a una chica preciosa decir que es fea con una sinceridad que te hace evitar pensar en la falsa modestia? ¿Ni a un loco más feo que la cara oculta de la luna definiéndose a sí mismo guapo, sintiéndose orgulloso de su inexistente belleza e incluso despreciando a otros más agraciados haciendo comparaciones con su propio físico?
Esto se explica más fácilmente de lo que pensáis, o quizás sea algo más sabido de lo que yo he pensado cuando he empezado a escribir esto. El resto de las personas son las que ponen barreras a nuestro propio narsicismo. Un cumplido, una mirada, un comentario que denote envidia nos dejan más espacio, un insulto, una risa, un rechazo incomprensible por otro motivo, van estrechando el círculo. Así es como el resto de las personas van formando un pequeño trocito de lo que somos nosotros. Y si son capaces de controlar el que seamos modestos de forma obligada o por el contrario unos narsicistas, ¿Qué no pueden hacer?
Es una verdad bastante incómoda. Tú eres parte de todas las personas que han pasado por tu vida, de las que están pasando, y serás de las que vayan a pasar, tanto en lo que es tu exceso o carencia de humildad. ¿Y si de todas esas personas que conforman tu entorno hay muy pocas que realmente te resulten agradables? ¿Vas a ser un ser hostil por culpa de tu entorno? Sí. ¿Y si todos te tratan mal? Puede que trates mal a las personas que interactúen contigo, o que simplemente temas o desconfies del resto de personas. Y así puede seguirse especulando hasta llegar a una lista infinita de cosas que puedes ser según como te trate la gente, y que te pueden perjudicar, o preparar. Ya que si todos te tratan bien y eres demasiado confiado, puedes llevarte una gran desilusión que aumentaría por la confianza que habías puesto en quien te desilusionase. Por lo que puede ser incluso peor crecer entre algodones que entre alfileres. Y esto nos introduce a algo parecido a ciertas situaciones en las que se está entre la espada y la pared. Todo está mal, bienvenidos a la realidad, bienvenidos a la jungla.

sábado, 4 de febrero de 2012

Alfa, omega.

Las cosas en el mundo tienen un sentido, un como, un porqué, un cuando y un para qué. Pero todo eso se nos escapa a las personas, que solo buscamos conseguir cosas que se nos incrustan en la mente y nos hacen perder la razón, la cabeza, las llaves, la ilusión, las gafas, el mando de la tele y hasta los principios. Da igual que lo que quieras sea un yate como el del rey, tocarte los huevos (más) todos los días o estar con una persona que es especial, o al menos así la ves tú, y, ¿Para que vamos a quitarte la ilusión?
Pero es algo que nos cuesta demasiado el aceptar que el yate del rey es edicion limitada, que si te tocas más los huevos te vuelves estéril, o que no puedes estar con la persona con la que quieres estar, y no quieres aceptar que en realidad no es tan especial y dejarla pasar. Nos cuesta aceptar que si hay un comienzo es para que haya un final, y que sin un final no hay un nuevo comienzo, nos negamos a cerrar el círculo. No puedes tener todas las historias que quieras, habrá muchas, pero para que unas empiecen otras tendrán que acabar, y no pueden estar todas siempre en el momento que tú prefieras. El círculo avanzará, pasará la parte que te gustará y echarás de menos, y luego la nostalgia te hará intentar repetirlo exactamente, tal y como era, en lugar de aceptar que esa persona no volverá a ser como antes, ni tú tampoco, y que ambos tendréis que buscar otra historia si quereis que algo sea como antes, o al menos parecido. Es cierto que hay historias más largas, otras más cortas, y que no siempre coincide lo que pasa, cuando y como pasa, ni cuanto dura esa etapa concreta, pero no es algo que tú puedas saber, o controlar, aunque la mayoría creamos que sí, es algo que tenemos que entender. No podemos controlar lo que pasa con nuestras vidas, solo podemos intentar guiarlas hacia donde queramos, el resto esta en manos del azar.
Todo da demasiadas vueltas, y no puedes controlarlo, la pregunta es entonces, ¿Por qué nos esforzamos tanto en intentar hacerlo y el no conseguirlo nos afecta tanto al ánimo? Solo somos espectadores, sombras que pasan por un mundo que no comprendemos, no merece la pena estar el poco tiempo que pasamos preocupados por cosas que no vamos a saber cambiar. ¿O sí? Eso ya es asunto vuestro, siempre y cuando no salpiquéis a otros que han decidido no amargarse la existencia.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Todos somos fantasmas

Todos somos fantasmas, sombras que vagan por este mundo, nadie sabe de donde salimos, pero llegamos y estamos, pasamos el tiempo, rondando y andando de un lugar a otro sin saber por qué, sin querer ni poder pensar en cuando ni como dejaremos de hacerlo, ni por o para qué, al igual que no sabemos por ni para qué venimos. Damos miedo o resultamos indiferentes. Y luego desaparecemos como sombras. De hecho, cada persona es a la vez muchísimos fantasmas, tantos como las personas con las que se encuentra a lo largo de su vida. Hay algunas personas para las que eres un fantasma que se suele aparecer, con el que incluso hablan, y al que crean miedo. A quienes te odien, existirá el miedo a que triunfes, o su odio sea correspondido y hagas algo en su contra. Quienes te amen tendrán miedo de cualquier cosa mala que pueda pasarte, y se preocuparán si dejas de aparecerte ante ellos. Quienes tu ames quizás tengan miedo simplemente de tu aparición cuando no te correspondan, o lo tendrán a que dejes de sentir eso. Para otras personas eres simplemente una aparición espontánea, que viene, se va, y no vuelve, ni se recuerda. Además hay personas que te tienen ahí, te ven, pero no les importa, y otras a las que controlas más de lo que deberías, y más de lo que notan o quieren notar; ¿Quizás algún amor platónico? ¿Una antigua amistad, o no tan antigua, pero distanciada?
Además de lidiar con tu propia existencia como fantasma, tienes que soportar el pulular del resto de seres humanos, que son más de lo mismo que eres tú. Quizás alguien que no sabes que existe está ahí, preguntándose como estás, o en que piensas, o como podría acercarse más. Quizás sea esa misma persona que curioseas por simpatía, nadie sabe nada, todo son sombras. Y recuerda que todas las sombras, antes o después desaparecen, porque la luz va cambiando los ángulos por los que uno mira, y no hablo de ninguna muerte. Procura aprovechar, bailar junto a los fantasmas que te acompañan ahora mismo, porque nadie sabe cuantos de ellos seguirán ahí según pase el tiempo.

Entre copos de nieve

Era un día frío, y la chica tenía exámenes proximamente, pero no podía pensar en ellos. Llevaba ya muchos meses sin recordar lo que era despertarse empapada en sudor a las seis de la mañana. En realidad, era la primera vez que había pasado tanto calor por la noche, y le extrañaba. A esa humedad se añadía un sentimiento de paz algo extraño. Había soñado con un chico que se le había declarado en año nuevo. El tópico del mensajito de feliz año con el quiero un año contigo. Había intentado evitarlo un poco, luego se había dejado llevar, pero no tenía nada claro, no era él quien le gustaba. De hecho, se había prometido hacía no tanto tiempo que iba a aparcar por un tiempo sus relaciones sentimentales, tenía que recuperarse de heridas del pasado, heridas muy profundas, y que no terminaban de suturar. Pero a todos nos gusta sentirnos queridos, y el cariño, sus sentimientos en general, todo parecía real, demasiado real para volver a ser igual, aunque él le había dejado claro que no iba a estar siempre ahí como el típico saco de lágrimas, que no iba a volver a pasar nada parecido, tenía ella la duda de si eso era un chantaje o una sutil forma de decir que no era la única que había sufrido ya por eso. Mientras pensaba todo eso, inconscientemente se había levantado, duchado y estaba vistiéndose, mientras se congelaba poco a poco. Unos vaqueros y un número indeterminado de camisetas, todas blancas, que le conferían complejo de cebolla, formada por mil capas. Unos cascos rosas forrados en pelo y una gran chaqueta con su capucha incorporada remataban su arsenal contra el frío. Mientras la estampa de ese personaje de cuento, con su melena dorada sobresaliendo de una cara de la que se veían poco más que los ojos, de un verde intenso, rodeado por la nieve, y distraída escuchando  se plasmaba en la mente del chaval, cuya casa estaba a mitad del camino. Miraba desde detrás de la cortina esa estampa que le había ido enamorando según pasaban los años, y se preguntaba si, como de costumbre, ella estaría escuchando revoir un printemps, y se imaginaba abrazado a ella, escuchando a través de esos cascos un poco de la melodía, que tanto armonizaba con el entorno que la rodeaba. Suspiró y después de seguir la trayectoria del vaho de su aliento, visible por el frío, se aventuró fuera, a encontrarse con ella, deprimiéndose al pensar que no podría darle a esa chica un beso, ni tan siquiera en la mejilla, como saludo, y que esa historia estaba demasiado condenada al fracaso, era una chica mayor, y otros mucho mejores que él lo habían intentado sin resultado. Sin embargo le obsequió con una sonrisa de la cual ella pareció no darse cuenta, aunque en su mente le diera mil vueltas a esas sonrisas. Continuaron quince minutos de ruta en silencio, preguntándose en algunos momentos incluso si el otro era consciente de su presencia. Al llegar, se separaron, con una mirada como única despedida. Ella fue al último pasillo a la izquierda del tercer piso de aquel enorme y gélido instituto, a la clase de segundo de bachillerato de ciencias, a pelear con versos de Lorca, demencias de Nietzsche, y reírse de Avogadro. Él, a tercero de ESO, donde se preguntaría durante horas y horas por qué no podría ninguna de las chicas que le acompañaban ahí tener esa inteligencia que había ido descubriendo de lo poco que se había dejado conocer la extraña rubia, por qué no podría ser todo algo más sencillo. Pero iba aceptando que las chicas de su edad solo hablaban de ropa, botellones, líos y zorreos, y que además de no poder enamorarse de ellas por su forma de ser, no le convendría, porque sería más sufrimiento inútil por alguien que no merecía la pena. Pasó el tiempo, en el recreo ella se refugió en clase, no quería pasar más frío, y junto a la estufa se dedicó a repasar Biología, en un libro en bastante mal estado, cosas de la segunda mano. Cinco minutos antes de finalizar el descanso se decidió a cerrar el libro, ya había hecho bastante y estaba contenta consigo misma, se había mantenido atenta a los datos sobre células eucariotas durante todo el rato, en lugar de hacer una lectura inconsciente. Al cerrar el libro y fijarse en lo deplorable de su estado, lo hojeó, y en la primera página había una fecha.


J y L. 01-02-09     Tq.


Estaba hecha de una forma muy cuidada, con un bolígrafo negro y unos trazos elegantes y delgados. Le habría parecido normal en un libro con tanta historia, menos por el hecho de que era precisamente 1 de Febrero. Tres años después. Se empezó a preguntar si seguirian juntos. Sus nombres. Que tal les habría ido todo este tiempo. Por qué ella no podía tener algo así de bonito. Entonces le vino ese pensamiento que había intentado evitar durante todo ese tiempo. No, no, y no. No quería a ese chico. ¿O si? ¿Sería que simplemente no quería sufrir? Ya tenía ración de rayadas para todo lo que quedaba de día. Más bien, estuvo todo lo que quedó de día autoinculcándose que ella era feliz así, que solo iba a hacerle daño, y que no merecía la pena tanto riesgo por alguien que te importaba tan poco. Al salir de clase salió corriendo a casa, el pasar toda la tarde tendida en el brasero con un buen libro era una buenísima excusa, nadie iba a notar el torbellino que había en su mente, que su cabellera fuera más clara no significaba que su interior fuera transparente al mundo. Asi que así fue, el chico se quedó una hora esperando preguntándose por qué hoy no salía, y volvió a casa apesumbrado, dándose cuenta de que la necesitaba incluso más de lo que él mismo creía. Una vez allí, se reencontró con su guitarra, la única que de verdad le había hecho sentirse útil, o necesario, y repitiendo una y otra vez sweet child of mine pasó una tarde relativamente tranquila, aunque serio, triste, más que de costumbre.


Toda la semana pasó sin muchos más percances, se veían a la entrada y salida del instituto, y ocasionalmente en algún recreo, cuando ella no estaba estudiando para algún examen, cosa que solía hacer aunque supiera que sabía todo con creces, o en un pasillo tras una clase de educación física. Cada vez más anuncios de una fecha señalada en la que ella sabía que iba a haber algún regalo por su parte, y las dudas sobre lo pensado y leído ese frío uno de Febrero, que habían eclipsado al recuerdo del único día nevado de todo el año, cosa que la chica no solía olvidar, cosa de la nostalgia por familiares perdidos en dias similares de épocas diferentes, quizás más felices, quizás menos, ni ella lo sabía. Los dias siguieron pasando como guiados por un reloj de arena resquebrajado, demasiado rápido, hasta que llegó el día tan esperado por algunos, tan odiado por otros, pero que no dejaba indiferente a nadie, San Valentín. Esa mañana ella estuvo incluso esperándole a la puerta de su casa, pero no estaba. Se preocupó algo, pero no quiso demostrárselo demasiado. Tenía un plan, y empezaba a pensar que era una idiotez, iba a salir mal, y no debería haberlo pensado siquiera. Al llegar el recreo se quedó en clase, sola, como de costumbre. No esperaba que fuera entonces cuando él, con un enorme peluche de un oso, apareciera y le deseara feliz San Valentín, y le dijera esas palabras escritas en el libro que había vuelto a coger, aunque esta vez no hubiera aprovechado tanto el tiempo. Ella le sonrió, le quitó el peluche, lo colocó en la mesa, en silencio. A continuación le susurró, rozándole con un mechón de pelo el cuello y haciendo, conscientemente, que este se retorciera un poco de placer;
Estás loco.
Seguidamente se sacó del bolsillo una piruleta de corazón, pequeña, y se la tendió. Con una sonrisa inocente al ver el desconcierto en esos iris castaños, le explicó: 
—¿No querías mi corazón? Ahí lo tienes. Todo tuyo. 
La marea de sensaciones que sintió el chaval, ya de por sí indescriptible, llegó  a su éxtasis cuando ella le rodeó la nuca con un delicado pero fuerte brazo, y fundió sus labios. No fue un momento mágico, estuvieron así, los dos solos, con el osito de peluche como testigo, hasta que sonó la campana que indicaba el final del descanso. Desde entonces han pasado muchas cosas, sinceramente. Muchos dijeron que eran una pareja típica de desesperados, o heridos por Cupido, como apuntó un servidor en un brote de su personalidad poética, un espectador más en esta historia de amor, pero era algo más. Según fueron pasando tiempo juntos se fueron gustando más y más, y empezaron a hacer cosas juntos, planes de futuro, más y más. Llegaron a formar una pequeña banda, una guitarra acústica y una voz, como entenderéis, no daba para demasiado, pero la habilidad de él y el canto de sirena de ella les acabaron dejando frutos, llegaron a un cierto nivel, y además de la belleza del conjunto, el ver a ambos en un escenario era algo que cautivaba y despertaba los sentidos más cariñosos de cualquiera. Pronto llevarán un año juntos, y son tantas las cosas que han vivido que no creo que sea fácil separarlos. Han pasado de ser una simple pareja, su vínculo ha sobrepasado incluso el que quizás haya entre los hermanos gemelos, a base de poco a poco compartir parte de sí mismos con el otro, han vivido una simbiosis. Y yo, pensando que quien lea esto es ajeno al sentimiento de envidia que ha arrastrado a algunos a intentar separarlos, y comparte algo más mi punto de vista de poder disfrutar viendo el brillo en sus ojos, aceptando que nunca vamos a vivir nada así, lo comparto ahora, para que, como historias de guerras y daño a las personas se deslizan desde el pasado, y hacia el futuro, mostrando a las personas las calamidades que han ocurrido en el suelo que pisan, viva este pequeño trozo de perfección en las mentes de todos los que hayan decidido dedicar parte de su tiempo a conocer esta historia, o a compartirla. 



                                                                                                              1 de Febrero de 2012



Y cuando me llegó la carta, con esa historia que había emocionado tanto a aquella chica , y después de compartir por un momento ese sentimiento, y comprenderlo, cosa que me extrañaba, ya que no solía ser tan sensible, me pregunté si esto era cierto o era solo una historia ficticia. Porque yo no es que hubiera aceptado que nunca tuviera nada así, sino que había dudado siempre de la existencia de este tipo de parejas, tan unidas por el hilo del destino, tan especiales, quizás culpa de mi narcisismo. ¿Que opinais vosotros?