Una de esas inspiraciones efímeras que morían pronto, cuales mariposas, ya fuera con tinta en un papel, como apunte que las criogenizara, o sin ella, como un cortocircuito en una neurona concreta que conteniese la valiosa idea. Un poema digno de Baudelaire. Una utopía factible. Un método capaz de encontrar la cura para el cáncer. Era un brillo de tristeza inconsciente en los ojos de cualquier persona que en cierto modo recordaba que había olvidado algo, y que era algo verdaderamente importante.
Con el tiempo me di cuenta de que esto no era tan diferente a esas grandes pérdidas. Al principio pensé en la posibilidad de pecar de subnormalidad profunda, pero poco a poco fui olvidando también aquello. Y, extrañamente, no desaparecía, y ya era una constante en mi cabeza. Hasta que me decidí a intentar escribirla.
...
Nada. No era posible plasmar aquello en palabras. Luego llegó el miedo. El olvido. ¿Por qué condenarlo a ello? Quizás no fuese capaz de escribirla porque esta historia fuera diferente, ya que, por algún extraño motivo, sentía que en el fondo era mejor no tener que contarla. Y era triste, nadie se imagina cuánto. Algo tan bonito debería llegar al mundo. O quizás no, pero a día de hoy, y ya con ella olvidada, sigo sin tener muy claro si el problema fue que fuera algo demasiado bonito para no parecer un puto cuento de hadas; o si en cambio se trataba únicamente de una estupidez sin el valor suficiente como para salir de mi cabeza.
Quizás algún día llegue a recordar todo aquello y me sienta capaz de relatarlo. Quizás cada vez que escribo algo estoy dejando pedacitos de ello esparcidos por todos lados, sin yo mismo notarlo. Quizás simplemente sea todo un ridículo intento por llegar al convencimiento de que, aunque se perdiera, llegué a tener algo digno de ser compartido. O quizás no.
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¿De verdad está tan mal como para dejar indiferente?