Seguro que sales a la calle. El asfalto gris ya está en todo el mundo, y
si en tu entorno no lo hay es algo raro que estés leyendo esto. Una
pregunta que te podría hacer es, ¿Alguna vez te has decidido a observar
atentamente el suelo de las calles que pisas? Probablemente no. No te
importará que haya un guante roto, una fruta amarga y podrida, una
botella rota, siempre y cuando no se ponga en tu camino y pueda
cortarte. Es algo parecido a lo que acaba pasandonos en la vida. Vas
caminando, siempre mirando hacia delante, y nunca te fijas en lo que
pueda haber a los laterales. Mira, allí había una persona que podría
haber sido un hombro en el que apoyarte en esa mala racha, pero no
supiste confiar en ella, y la dejaste a mitad del camino. Esa persona es
como un billete, arrugado, dañado, medio roto, que se queda ahí,
esperando a que otro transeúnte en este camino que llamamos vida la
recoja, quizás la recoja, le ofrezca cobijo, aceptación, e intercambie
pensamientos y vivencias, palabras y experiencias. Luego mirarás atrás,
quizás incluso te des cuenta de lo que has perdido, y volverás
corriendo, bajo la lluvia, cual escena romántica de película pastelosa,
buscando a esa persona, pensando en por qué no te diste cuenta antes de
lo que estabas perdiendo, rezando incluso por que esté ahí, aunque no
creas en nada de eso, y cuando veas que la has perdido, la lluvia se
tornará maremoto, y poco a poco, acumulando, irás hacia adelante, sin
volver la vista, inundado por dentro, así hasta que llegue el momento en
el que ya no aguantes más, y empieces a soltar lágrimas sin darte
cuenta. Quizás alguna vez os ha pasado, llorar sin saber el porqué, o
hacerlo por cualquier cosa, por cualquier excusa, intentando encontrar
el desahogo a algo más profundo que eso. Si todo lo que hubiera en
nuestra vida fuera así, algo de consideración con las personas bastaría,
pero claro, también hay cristales, miles de cristales, que se te pueden
incrustar, sanguijuelas venidas del arroyo de al lado del camino, que
tratarán de chuparte todo, menos lo que te gustaría que te chuparan,
hasta la sangre. Joder, que panorama, que pesimismo, no se puede ser
así. Pero, sinceramente, ¿De verdad todas las personas que han quedado
atrás están perdidas del todo? Vuelve sobre tus pasos, deja ese orgullo y
quitate el yugo, date la vuelta, atrévete a darle la mano, levantar a
esa persona, y decirle, tú quisiste ayudarme, y no te dejé, pero; ¿Me
dejarás ayudarte a tí ahora? ¿Me perdonas?
¿Imaginais la alegría que podría daros cada sí? ¿Por qué no probais?
Quizás el recuperarlas os ayude a no perderos en el camino, ya que hay
mil desviaciones, y no todas acaban en final feliz.Y aunque haya veces en las que no te sirva de nada, tampoco va a hacerlo el orgullo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¿De verdad está tan mal como para dejar indiferente?