sábado, 21 de enero de 2012
Cuaderno de bitácora
Llevaba una semana sin ver la luz del sol, en pleno verano. Una depresión existencial poquito a poco se había ido apoderando de mi ser, y no había dejado célula sin miedo al futuro, sin miedo a la incertidumbre que hacía de lumbre mas allá de un pequeño tramo de distancia. No, no había lágrimas, no había temblores, no había nada. Simplemente una gran pesadez en el corazón, que a falta de algo con lo que llenarse eligió plomo, y que impedía el salir a la calle, el caminar, ir y nadar, mientras el mundo se fundía poco a poco en aquel verano, que a diferencia de todos los demás, ya que se dice todos los veranos, sí parecía haber alcanzado cotas de temperatura especialmente altas, casi históricas. En los pocos momentos en los que podía despejar algo la tormenta mental que me tenía recluso, empezaba a leer, y eso disipaba todo completamente, al menos durante el tiempo de la lectura. El resultado de esto fueron unas seis mil páginas leídas durante toda la semana, de grandes libros, unos nuevos, con aroma a fábrica y pegamento, otros antiguos, alguno con un extraño olor y hojas de algo que parecía maría en su interior. El comprar libros por lotes era lo que tenía, sorpresas, unas veces más agradables, otras menos, y algunas simplemente curiosas. Tal vez el fin de la depresión llegara al topar con un tomo del ilustre Albert Einstein, la teoría de la relatividad. El remolino de ideas de tanta fórmula, la genialidad que a ojos del resto parecía locura, y la seguridad de que en ese momento no podría entender eso, que me faltaba vivir mucho. Fue una meta que me puse, y algo me decía que necesitaba salir, es lo que hice, por supuesto. Atrás quedaron los que habían sido fieles acompañantes durante esa semana, desde un pequeño libro escrito en francés y traído de París tras un viaje de estudios, hasta un gran diccionario de latín, hojeado con más interés que conocimiento, y sin demasiado resultado. Mi ropa había crecido o yo me había hecho más pequeño. Mi cuerpo no quería hacerme caso, crujía constantemente, e iba torpemente caminando, con demasiados tropiezos, tropiezos que ya ni intentaba disimular. La luz del sol me quemaba todo el cuerpo, y mis pupilas, dilatadas cual consumidor de LSD, no se acostumbraban a estar tan cerradas, y estuvieron a poco de pegarse, por la velocidad a la que tuvieron que cerrarse para no quemarme el interior del ojo. Es algo que me hizo incluso reflexionar, mis ojos han sido la única parte de mi cuerpo que nunca me ha disgustado, y no me habría terminado de perdonar destrozármelos. Recorrí la media hora a pie que me separaba de la piscina, con un bañador corto blanco, y una camiseta del mismo color. Combinado con mi piel en aquel momento, me podría haber camuflado entre las paredes más claras de las calles del pueblo. El agua de la piscina me resultó más fría que otros años, y si no fuera porque al salir y tumbarme en el suelo ardiendo, y rodar por él como un loco, aun saliendo rasguñado y casi sangrante, creo que se me habrían congelado los pulmones, el alma y hasta las ideas, que acaban siendo lo que sobrevive a todo lo demás, lo más difícil de parar. Aun así, el inicio de mi nuevo reto, de recuperar el tiempo perdido, solo me estaba señalando que yo era una suerte de masoca, para confirmarlo del todo solo necesitaba bañarme, pero en una piscina de alcohol, o agua oxigenada. Sin embargo, la rabia que tenía acumulada y que había ido despertando, por uno u otro motivo, me hizo volver a saltar a la piscina, y nadar, y nadar, y nadar, de una forma exagerada, durante horas, hasta que sentí que me hundía por mi propio cansancio. Entonces salí, y me dejé tostar poco a poco, sabiendo de antemano que iba a acabar más como un langostino que como otra cosa. Al buscar un reloj, me encontré con que ya eran las siete de la tarde. Parecía increíble que llevara ya allí unas ocho horas, y sin haber echado de menos el interior de mi celda, ajeno a toda claustrofobia ya. Meditando por el camino de vuelta, mientras me preguntaba por qué me había cortado el pelo hasta tal punto, empecé a sospechar que esos cambios tan radicales en mi vida, no iban a ser muy favorables a largo plazo. Quizás tampoco a corto plazo, en muchos de los casos, pero no me importaba demasiado lo que me fuera a pasar en poco tiempo, de hecho, aunque no seguía con la depresión que me había vuelto un poco más loco, seguía en esa fase autodestructiva en la que todo te sigue dando igual, y que a veces empeora más que mejorar. Al llegar ni cené, simplemente me desplomé en la cama, al lado del diccionario de latín que había estado leyendo, antes de ese cambio, ya no recordaba cuando. Tampoco recordé haberme dormido, pero al despertar, no había ningún tipo de manta sobre mi cuerpo, pero quizás en una fase onírica algún músculo de mi cuerpo decidiera que un diccionario de lengua latina era el sucedáneo que necesitaba. La consecuencia de esto tenía sus pros y sus contras. Por un lado, no había tanto sudor en la parte cubierta por el libro, y por otro, cerca del cuello había quedado grabado un pequeño fragmento de la página por la que el diccionario había quedado abierto. Y era más consistente de lo que parecía. Ahora, mi cuello rezaba clades en su margen izquierdo. No, no sabía que significaba, y busqué y busqué hasta darme cuenta de que el significado de la palabra había desaparecido entre sudor y borrones de tinta. No le dí más vueltas, me levanté, no sin esfuerzo, de la cama que casi estaba pegajosa, y fui a la ducha. Frotando y frotando, conseguí apestar a esencia de mango y kiwi, pero la palabra romance seguía ahí, al parecer se había incrustado de alguna forma. Paré de intentar borrarla cuando un arañazo me hizo un corte sangrante y vi que tendría que cortarme el cuello para hacerlo. Una etiqueta más, supuse, y la primera que había intentado quitar en mi vida. Eso, pensando profundamente, era una buena muestra de lo poco que me importaba lo que pensara el resto del mundo, y lo poco que me gustaba decir algo sobre mí mismo, y menos si ni sabía qué estaba diciendo. Me sentía un cani con un tatuaje en chino. Estaba enfadado. Fui al desván y destapé la caja donde tenía ese cuaderno completamente lleno de números, y unas pesas que habrían aumentado su masa considerablemente por el polvo. Revisando cifras y datos me di cuenta de que llevaba más tiempo del que pensaba fuera de ese entrenamiento. Como un cualquiera, decidí que reventando mi cuerpo un día iba a solucionar la falta de ejercicio de meses, y como yo, decidí que si me hacía daño o algo por el estilo me iba a dar igual. Cargué las dos mancuernas hasta el máximo, descolgué la antigua cinta para el pelo que usaba más como adorno que para otra cosa, y la coloqué donde en los viejos tiempos, seguidamente salí de allí, con una mancuerna en cada brazo y balanceándome, desacostumbrado al entrenamiento que hacía ya bastante tiempo se había tornado una tontería. Una hora después, el dejar que una apisonadora me pasara por encima se me hacía más agradable que de costumbre. Recordé sin saber por qué a esa persona que me había traicionado, y la mezcla de rabia e inutilidad tan familiar volvió a mí. En mi cuarto, entre libros y folios, tras todos los trastos, había una flauta dulce que memoraba tiempos de más inocencia. Soplé con todas mis fuerzas. A falta de sonido, cayeron sobre la mesa dos cigarros negros, con un aroma chocolateado. Diez minutos más tarde iba rumbo al olivar que tan poco me inspiraba, con mis efímeros compañeros en un bolsillo. Había olvidado quitarme la cinta que llevaba durante ese entrenamiento, y al cruzarme con alguna de las pocas personas que no habían aprovechado la época para huir a la playa o la montaña me miraba más raro que de costumbre. Frente a su casa estaba el desvío de la carretera que llegaba al olivar. Un clavo en mi corazón recibió un martillazo al pasar por el lugar, y ver lo que una vez fue mi segunda casa ahora tan inaccesible. Recorrida ya la mayoría de camino, en el último edificio antes de llegar a un pequeño valle repleto de olivos, fue donde paré, por un momento. Busqué un ladrillo suelto, y al encontrarlo y separarlo de la pared la sorpresa fue mayor de lo que esperaba. No solo seguía allí el mechero, sino que además había gran parte de esa cajetilla que habíamos ido compartiendo tanto tiempo, y al abrirla, una nota escrita a mano que contaba muchas cosas. Era muy extraño, la verdad. Había asumido todo lo que estuve leyendo hacía ya tiempo, menos esa parte en la que decía importarle demasiado como para terminar de perder el contacto. Mientras caía una lágrima por primera vez en mucho tiempo, un fantasma definido como desastre por una lengua antigua andaba entre árboles cuajados de negros y pequeños frutos, hasta encontrar un almendro, que seguía en flor, y bajo él uno tras uno caían negros tubos de papel y pólvora que envolvían tiras de una planta seca que se esfumaba a la par de sus ilusiones y sueños, hasta que solo quedó uno. Entonces volvió a sacar del paquete de tabaco la nota, la respuesta que había llegado demasiado tarde, y decidido a no volver a caer en ese juego, a no contestar nunca, la envolvió y fumó, notando como por última vez esas palabras iban a ser intrusas en su cuerpo, y preguntándose mientras expulsaba el humo gris, si volverían a ser intrusas de su mente en un tiempo distante y lejano, y podría resistirlo sin sufrir. Aletargado pero nervioso, por la dosis de nicotina, se quedó mirando el baile de los sueños desvanecidos bailando junto al humo, como dos viejos amantes, entre las flores rosas del árbol que le prestaba su sombra.
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Hola. Me gusta tu blog. Y me gusta como escribes. Parece que soy la primera persona en comentar, pero no creo que sea la primera en leerlo. Ni tampoco la primera persona a la que le gustara. Quizás solo necesita más promoción. O quizás sea mejor así, lo importante no es la gente que lo lea, sino la profundidad de lo que escribes. No quiero escribirte aquí un párrafo tan grande como tus entradas, así que simplemente decirte eso, que me gusta tu blog.
ResponderEliminarBueno, muchas gracias. Es algo que hago por desahogo, pero, la verdad, que me digan algo así anima a seguir, sobre todo cuando entre una cosa y otra he tenido que aparcarlo un poco, no sé. La mejor promoción supongo que es la que hace la gente a la que le gusta, no me va demasiado eso de hacer spam para que me lean mil personas si casi nadie le va a terminar de prestar atención, me gusta el que lo lea gente a la que le interese y le guste, como tú.
EliminarVi tu perfil en ADV y me encontré con este blog y me pregunto de que trata
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