Es muy raro, todo, fueron demasiadas coincidencias. Nadie diría que no ocurrió por algo en concreto. Iba por la calle, vestido por la noche, y una chaqueta oscura de la que el viento se reía, calándome hasta los huesos. Ocasionalmente una farola alumbraba parte de mi rostro, aunque un mechón de pelo, cada vez más largo, protegía mi ojo derecho de cualquier luz, y hacía algo de sombra permanente en mi faz. Creo que ya no recuerdo la última vez que no acompañaba una de esas travesías con a tout le monde, manifiesto, numb, vivir para contarlo, o cualquier otra banda sonora para ese mágico instante. A veces los auriculares son como las personas, unas duran más, otras menos, y algunas son difíciles de reemplazar, otras simplemente imposibles. En aquel montículo encontré a un señor con una larga gabardina, y cuyo pelo llegaba hasta los hombros holgadamente. Había ocupado mi lugar en aquel muro que hacía frente a un paisaje campestre, era la primera vez que pasaba en muchos meses. Casi me sentí mal al pensar que estaba apoyado en ese pequeño escrito que dejé ahí hace ya mucho tiempo. Pero el muro era grande, y yo no estaba dispuesto a perder uno de los instantes más importantes del día, precisamente aquel día tan largo. Removí algo la gravilla, como forma de informarle de mi presencia. No obtuve respuesta, ni un mero movimiento en su cabeza me dijo que se hubiera percatado de algo. Ocupé mi lado, apoyado contra ese montón de ladrillos cuya función había dejado de ser más que la de permitir a cuatro borrachos esconderse de las patrullas que normalmente había esos sábados de fiesta, y que lejos de ser útiles, solo servían para arrastrar a personajes enemistados que guiados por el alcohol protagonizaban violentos episodios en los que incluso había apuestas. Pero eso es otra historia. En el momento en el que ese ser siniestro se dignó a dirigirme la palabra, ya hacía tiempo que me había olvidado de su existencia, y estaba en un plano entre lo onírico y lo físico, con los ojos cerrados, y los sentidos calmados.
—¿Necesidad de abstraerte?
Durante un momento incluso dudé que hubiera dicho nada, y tampoco había entendido muy bien qué quería decir, asi que seguí allí, quieto, alerta, esperando a una repetición que me confirmara aquello. Es verdad que cuesta, pero al desinhibirse uno ya puede hacer poca cosa por volver completamente a la realidad.
—¿Necesidad de abstraerte?
Sí, no lo había soñado, me había dirigido la palabra. Medité algo la respuesta.
—Ehm, sí. ¿Por?
Me pareció escuchar, entre el pequeño silencio que dominó el momento, y su respuesta, un carraspeo, quizás un sonido de aprobación, o una pequeña sonrisa.
—Eres de los míos. Es una suerte, ya estamos casi extinguidos.
Reflexionando sobre lo que acababa de decir, la idea de meterme en su propio saco, o 'grupo' y los motivos de esto sin conocerme de nada, titubeé...
—¿De los tuyos?
—Sí, ahora mismo todos prefieren emborracharse para llegar a eso.
—¿Tan especial es que prefiera esto?
—Dice mucho sobre tí. Deja que adivine. Estudioso. Algo rebelde. No te gusta demasiado la gente. Demasiadas dudas en la cabeza. Odias las masas, odias las modas. No terminas de encajar en ninguna ideología. Eres inteligente, más de lo que crees, y no soy el primero que lo dice.
Eso fué un golpe tras otro. Demasiado sabe sobre mí este tío, pensé. Aunque no pretendía dejarle ver que había acertado tanto...
—Quizás.
—Si estas aqui tiene algo de eso tiene que ser cierto. Bastante de eso lo será. Y ahora, dime, ¿Puedo preguntarte algo?
—Como quiera.
—¿Has perdido la inocencia?
Aquello me chocó. Era una pregunta con tantos posibles significados el día de hoy que no supe qué contestar.
—¿Perder la inocencia? ¿En que sentido?
Por primera vez en toda la conversación me decidí a dejar el paisaje en paz y mirar a ese hombre. Llevaba rato observándome, al parecer, y no le sobresaltó que me diera cuenta. Lucía una barba algo corta, quizás más incluso que la mía, que apenas era más que un esbozo, y sus ojos castaños parecían tener un brillo especial al mirarme. Me inquietó eso. Además del hecho de que se callara, y me tuviera en vilo antes de explicarme su pregunta.
—La inocencia, la preciosa inocencia...¿Recuerdas ese momento de tu vida en el que todo era más fácil? ¿Mamá y papá siempre contigo, y la promesa de que así seguiría siendo? ¿Un mundo pacífico y bello en el que vivir? Seguro que no. Pero, dime, ¿Sigues creyendo en la bondad de las personas? ¿En el amor? ¿Crees que alguna vez todos estos que se equivocan se darán cuenta de sus errores?
La parrafada la dijo con una voz profunda y calmada, más de lo normal. Aunque en algún momento titubeó, al preguntar sobre el amor quizás.
—No tengo demasiadas esperanzas en nada de ello, aunque creo en algunas de esas cosas. Quizás seamos nosotros quienes nos equivoquemos, o, mejor dicho, yo. Pero sinceramente, no lo sé, no sé si he perdido la inocencia. Es una buena pregunta.
—Y esa una buena respuesta. Así que es definitivo. Te podría contar yo mismo la respuesta, y te podría decir a que te podría llevar el seguir con esa mentalidad, pero no te puedo asegurar que sea algo mejor que lo que pasaría manteniendo el orden natural de tus ideas. ¿Que prefieres?
No me creía lo que estaba pasando en mi cabeza. Un loco que no conocía de nada me había encauzado a un debate interno que probablemente acabara con súplicas que no me llevarían a nada bueno, eran presentimientos bastante fuertes.
—Prefiero quedarme así, aunque no sé por qué es tan seguro que algo que me dijera me pudiera cambiar la forma de pensar de ese modo.
—Sabía que dirías eso. Creo que te vendrá bien estar solo, pero haz algo, procura apuntar ese poema que tienes aquí detrás. La memoria no da para tanto, y es algo que seguro que te anima en su día.
Tras decir esas palabras lanzó una última mirada al horizonte, y lentamente se marchó por el camino que yo había elegido para llegar a ese azaroso encuentro. Quizás me habría gustado pararle, pero en mi mente había demasiadas cosas como para pensar siquiera en mover un músculo. Tardé unos minutos en reaccionar, y quitar la vista perdida del horizonte. Saqué de entre unas piedras el pequeño cuaderno y el bolígrafo que guardaba, con su funda de plástico, por la lluvia. Ocupé el lugar que llevaba tanto tiempo frecuentando, pero en esta ocasión, toda la inspiración que tenía estaba fuera de los versos. Recordé la indicación de aquel hombre de apuntar el poema que alli había, y me volví a mirarlo. Entonces llegó el shock. Estaba acabado. Era mi letra, con un trozo de carbón parecido al que había usado yo para escribir el resto, y que seguía allí, en el suelo. Me conmocionó. Lentamente, mimando cada letra, escribí el poema, y decidí que ese cuaderno ya podía jubilarse, e ir al cajón en el que guardaba con recelo toda mi poesía. Al acabar, decidí emprender el camino de vuelta. Estaba amaneciendo. Los primeros rayos de sol en mi ojo izquierdo despertaron de nuevo a mis pensamientos, ausentes durante mucho tiempo. ¿Sería mi yo futuro ese tipejo que me había hurtado el sitio? ¿Serían delirios mios? ¿De verdad es posible tanta casualidad?
Desde entonces, vuelvo con más ganas que antes todas las noches que puedo, y me lamento de no haberme fijado en el superior izquierdo de su labio, mientras acaricio la cicatriz que tengo en esa zona, y escribo más y más, rellenando un nuevo cuaderno.
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¿De verdad está tan mal como para dejar indiferente?