miércoles, 15 de febrero de 2012
Cuchillas
Era un dia más. Un domingo más de depresión. Tenía mil cosas en la cabeza, y ninguna era buena. Necesitaba desahogarse, o despejarse, o desaparecer, pero no sabía como, nadie le había enseñado nunca a actuar ante aquel cúmulo de cosas que le agobiaban, en el que había de todo. Instituto, una chica, familia, desastres y catástrofes varios, amistades rotas, fantasmas del pasado, que cual disparo a quemarropa iban matándolo poco a poco por dentro. Estaba en el escritorio, borrando con lágrimas una antigua carta de amor que había quedado sin mandar, una de esas cosas de las que tienes que deshacerte después de terminar, ya sea enviando o quemando. Pero él era demasiado creativo para quemar la carta, o no le terminaba de gustar la idea de usarla como papel de liar porros y hacer que con la carta se fuesen sus preocupaciones, por lo que había acabado así, tras sucumbir a la idea de leerla. Después de tal deshidratación, ante la idea de emborracharse, que no terminaba de gustarle en aquel momento, decidió aprovechar para reflexionar en la ducha, y de camino tachar algo de la lista de cosas que tendría que hacer sí o sí, injustificables aun con motivos de peso de cualquier índole. Así que rebuscó entre los cajones repletos de recuerdos que se le iban clavando algo de ropa, fue a por unas toallas, y lo dejó todo bien preparado. Pocos minutos después estaba bajo la artificial cascada en la que se convertía la ducha, un lugar de meditación, reflexión, reorganización de ideas y muchísimo más. El único lugar en el que se había sentido realmente calmado, en sintonía. Y empezó a diluir las ideas entre espuma y geles aromáticos, hasta llegar a lo que los hindúes llamarían Nirvana, y una persona normal hoy en día llamaría normalidad, la mente vacía, al menos eso parecía. Y así pasó un minuto, otro, otro, y otro, entre litros de agua que se iban por la alcantarilla con los problemas, evadirse no era tan difícil, y después de un desahogo así, era normal que no le costara demasiado. Nadie sabe si pasó una hora, pasaron dos, o pasaron tres, solo que su cuerpo estaba arrugado por la excesiva hidratación, todo el cuarto de baño lleno de un vapor de agua que limpiaba los pulmones sin llegar al punto de asfixiar, y salió sin prisa, despacio, fue secándose, y pasó un tiempo con la mirada vacía frente al espejo, empañado, muy empañado, esperando a que esto cambiara, frente al fregadero. Cuando pasó, sacó una cuchilla de afeitar de usar y tirar, bastante rudimentaria, un bote de espuma que estaba en el pequeño armario que había en una esquina, junto a la puerta, y tranquilamente comenzó el ritual del afeitado que tanto se valoraba en ese lugar hostil que llamaba mundo, pero tras una ducha realizaba mansamente, dejando atrás todos los motivos por los que él podía tener barba cuando le apeteciese. Con sumo cuidado de no arrastrar ningún pelo de la castaña melena que en mechones se le adhería a la cara, empapada y con restos de espuma que aun tras tanto tiempo habían sobrevivido al agua, comenzó a embadurnarse el rostro con aquella espuma blanca que en otros tiempos había utilizado para juegos varios. En otros tiempos en los que solo era un niño, feliz, sin ninguna preocupación, sin ningún problema. Tras terminar, viendo que esos pensamientos habían vuelto como están aquí a su cabeza, y saludándolos internamente, como quien saluda a los testigos de su despertar tras un largo coma, con extrañeza, preguntándose qué había pasado. Posteriormente, comenzó a afeitar, cortando con cuidado, cada pelo, cada zona, cada rastrojo de espuma que pudiese quedar. Llegó a la barbilla, donde se cortó, un corte algo importante, que sin embargo no notó hasta no haber terminado la mayoría de la parte izquierda, además de la derecha, y quedar tan solo la zona inferior a la barbilla. Paró y se dedicó a ver la sangre fluir. Le gustó la sensación de ver ese reguero de sangre, y lo dejó fluir. Pensó incluso en la posibilidad de realizarse algún corte más, y simplemente esperar a que parara de fluir sangre, o a un posible desmayo. Deslizó la cuchilla por zonas ya afeitadas suavemente, haciendo el amago del corte, e imaginando la sensación. La irritación, la sangre fluyendo, las luces apagarse más, poco a poco, por algo ajeno al hecho de la prematura nocturnidad reinante en el invierno. Pero no lo hizo. Dirigió la cuchilla esta vez a su muñeca. La presionó sobre lo que sería la arteria principal que pasa por ella, sintiendo la adrenalina de sentir lo frágil que era su vida en aquel mismo momento. Con cuidado separó la cuchilla de esa muñeca. La soltó. Se preguntó qué coño estaba haciendo. Nunca había sido una persona que tuviese la idea del suicidio presente, ¿Por qué ahora? Había superado cosas mucho peores. No tenía como motivo para evitar el suicidio el importarle a alguien, el que nadie se sintiera triste o mal si desaparecía, sino todo lo contrario. Pero no veía el sentido a la muerte. Como no se lo veía a la vida. Dejó de pensar en aquello, recordó las redacciones, exámenes, citas, tareas que tenía que hacer, terminó de afeitarse, impecablemente, para evitar el caer otra vez en esas ideas, aunque parte de la espuma que fue limpiando la cuchilla a su paso era ya más roja que blanca, se vistió con la ropa que había dejado allí bastante tiempo antes, que se había humedecido un poco, salió del cuarto de baño, en búsqueda de un reloj. Dos horas habian pasado. Eran ya las nueve. Salió a la ciudad, como mera sombra, en búsqueda de un rincón de soledad más abierto que el pequeño piso que habitaba, lugar que encontró en una plaza adornada con una fuente rematada en una figura de un ángel que escupía agua por una trompeta, al menos durante el día, estaba apagada. Allí se sentó en un banco, y miró al cielo, al menos hasta medianoche. Entonces volvió a casa, y mientras su cuerpo yacía bajo las sábanas, su cabeza asomada leía un tomo sobre filosofía para un examen que tenía al día siguiente. Él y su exquisita planificación de los momentos de depresión. Al decidirse dormir notó algo de dolor en la muñeca. Antes de apagar la luz se fijó en el reverso de esta. Tres cortes superficiales, correspondientes a la cuchilla de afeitar, relucían, y dejaban entrever en algunas zonas una arteria que parecía fuese a desgarrarse con un mero toque del lugar por parte de un dedo, o de la sábana. Consciente de todo, el chaval se durmió entre carcajadas. Era su recurso natural ante el miedo escénico, el pánico, las ganas de llorar. Una risa demasiado sincera, penetrante, no forzada, pero sí siniestra. Fue un día normal en la vida de este extraño personaje, quizás un dia a rememorar si se hubiese tratado de otra persona.
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¿De verdad está tan mal como para dejar indiferente?