Una luz. Intentar no ir hacia ella. Un gancho. Un tirón. Mucha luz. Un bofetón. Algo en su interior funcionando. Llantos. Una nueva vida. Pasa el tiempo. Risas. Primeras palabras. Amor por una cuna. Comodidad, felicidad. Todo es perfecto. Pasa el tiempo. Un niño pequeño corriendo por un pueblo que no conoce, y unos padres primerizos sonriendo intentando seguirle el paso, preguntándose cómo no se ha caido todavía. Pasa el tiempo. Los padres del niño están hablando en el salón, cuando él tenía que haber ido a dormir. Llega, y les sorprende. Les dice que está sólo, que quiere un hermano. Pasa el tiempo. El niño dobla en estatura ya a lo que era antes. Está perdido, con los ojos llorosos, por el mismo pueblo, que sigue sin conocer, entre la turba. Busca a su madre, o a su hermano, sin resultado. Caen lágrimas. Pasa el tiempo. El niño se siente solo entre la gente y se refugia en libros, que le entienden mucho mejor que las personas, que son demasiado ignorantes, no tienen nada que enseñarle. Pasa el tiempo. El niño ya es un chaval, y no mira atrás mientras sale del pueblo en el que más de una vez se perdió, no sabe que no va a volver a ser libre en ese lugar, ni cuanto va a echarlo de menos. Pasa el tiempo. El chaval intenta ser uno más, pero no lo consigue, al contrario, parece que cae mal. No está bien ser diferente, aunque no pueda evitarlo. Pasa el tiempo. El chaval cree que el mundo es demasiado cruel, una selva. Aprende a ocultar sus sentimientos, a no dejar que nadie le haga daño. Ya no le queda nada que perder. Se vuelve cruel. Pasa el tiempo. Empiezan a surgir pensamientos sobre un futuro más brillante, que aparece como una luz ahí arriba, en el pozo en el que el chaval está hundido. Noches de conversaciones, descubrimientos esperanzadores.
Pasa el tiempo. Todo lo pasado se torna un espejismo. Vuelve el pesimismo. El chaval está cansado de que todo sea un círculo vicioso en el que todo llegue menos lo que esperaba. Recuerda esos momentos en los que todo era más sencillo. Todas sus emociones, tras tanto ocultar, han formado un torbellino, algo difícil de controlar, que le fustiga el alma constantemente. Pero es fuerte, y soporta, casi estoicamente, todo lo que le pasa, esperando un cambio. Pasa el tiempo. El cambio no llega. El chaval es casi un hombre. Ha dejado de intentar ser uno más. Ha empezado a sentir asco por lo que la gente ve como alguien normal. Se refugia en la música. Un piano le hace sentir escalofríos. Pasa el tiempo. Y pasa, y pasa, y pasa...y nada cambia. El chaval ya es un hombre, y ha seguido sin conseguir nada. Entonces el hombre se vuelve una sombra más, y pasa a formar parte de la masa de abatidos que obstaculizan el paso a la libertad de los niños, chavales y hombres que aún tienen un ápice de esperanza en su ser. Quizás sea culpa de la soledad de ese niño pequeño, que fue creciendo poco a poco con él. Quizás gracias a esa soledad estén ocurriendo miles de historias así ahora mismo.
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¿De verdad está tan mal como para dejar indiferente?