viernes, 10 de febrero de 2012
Punto de inflexión
Caminaba solitario por la ciudad bajo el manto de la noche, regalando al paisaje desierto un ligero aroma a malta, cerveza. En su mente había mil ideas, como de costumbre, pero esta vez el torbellino que formaban era aún mayor. Pasa normalmente en estos días en los que uno sabe que su vida de uno u otro modo, ha alcanzado el nadir, el punto más bajo, y toca seguir girando, buscar una forma de no quedarse estancado ahí. Y el día siguiente a esa decisión que te marcaba el futuro inmediato era muy importante. Él lo sabía. Por eso iba, a la vez que hacía eses, haciendo balance de ese día. Había sido bastante bueno. El encontrar esos restos de un pasado más lejano, y más feliz, junto a buenas sensaciones, liberaciones propias que trajo el azar ayudaban a despejar su mente. La música sutura heridas, y al pasar por ese portal en el que un chico con el que identificó una época propia demasiado pronto, cabeza gacha, el brillo que precede a lágrimas que nunca caen, la sensación de estar librándose una batalla interna demasiado dura y escuchar esa canción que tantas heridas le había suturado, se le revolvió incluso el alma, en un escalofrío extraño, placentero, que no tenía nada que ver con el frío, que, aunque hiciese, le era indiferente. Tras media hora paseando entre naranjos y calles en las que apenas se veía un alma, y donde las pocas que se veían eran afines, otros personajes considerados rocambolescos, o demasiado locos, o en busca de una paz que la noche traía a un lugar demasiado concurrido durante el día, a pesar de no ser el pueblo una gran capital ni nada semejante. Por fin acabó en el parque, que tenía en ese momento la magia que había perdido antaño, recuperada extrañamente, esa luz disimuladamente suavizada por las ramas de los árboles que venía de cada farola, aderezada además en esa ocasión de una fina niebla que le confería una imagen más propia de un entorno de cuento de hadas. Puso su mirada y su mente en la estructura más compleja del lugar, lo más civilizado de ese medio donde reinaban el verde y la paz natural, una especie de cúpula acomodada en una esquina del mismo, a la que se accedía desde una pequeña escalera, debido a su poco notable elevación sobre el resto del terreno, que no obstante era bastante para hacer necesario un soporte de ese tipo. Estaba organizada como un pequeño coliseo romano, o lo que es lo mismo, un espacio circular en cuya estructura se disponían asientos, en forma en este caso de un gran banco circular de piedra, aunque diferenciado de estos en un intento de techo que se abría en el centro de la cúpula, iluminando al mediodía el centro del suelo de la construcción, en el que se veía un extraño dibujo en piedra negra, en teoría árabe, que contrastaba enormemente con el resto del suelo, sencillo y claro. Pero más que mediodía era medianoche, y en el centro sólo se veía a un hombre completamente vestido de negro, mirando al techo inexistente de aquel santuario dentro del lugar de culto que significaba para él el entorno que lo envolvía, leyendo en las estrellas del claro en el cielo que se había formado su futuro. Se alimentaba el alma con esta visión, poco a poco, poco a poco. Tras una hora, decidió que si quería poder dejar de mirar esos brillantes puntos, debía hacerlo ya. Y salió con calma del parque, tranquilamente, pasando entre árbol y árbol, entre bancos en los que parejas habían sellado su amor y vagabundos se habían sentido agraciados, ante la perspectiva de tener algo parecido a una cama. Disfrutaba cada segundo como si fuese el último, como si no quisiera moverse de allí nunca, aunque sabía que eso no era cierto. Poco antes de atravesar el arco que firmaba el punto de entrada y salida principal del parque, notó una pequeña luz en el suelo. Se trataba de un cigarro apenas empezado, aún encendido. A unos diez metros, ya fuera, una mujer, o su perfil, andando con prisa al parecer. Recogió el cigarro, preguntándose quién podría ser tan irrespetuoso con un lugar tan mágico, si debía salir corriendo detrás de aquella mujerzuela y montar una película o algo por el estilo, con una vaga intención de hacerlo que se apagó antes que el susodicho tabaco, y mientras salía al ritmo pausado de todo el tiempo, fue fumando. Mientras el humo acariciaba de nuevo su garganta, como una antigua amante ya olvidada, se preguntó cómo podía haber estado sin él tanto tiempo, sin haberlo notado ni haber sufrido por él. Por qué tenía él esa fuerza de voluntad que le permitía perder el apego por las cosas que quería. Extrapoló eso al nuevo cambio que le había sobrevenido, de una forma casi instintiva, soltando un suspiro cargado de humo, con las ideas más claras que la visión. Y fue desapareciendo de nuevo entre las calles mientras ese pensamiento desalojaba a todos los demás, dejando su mente vacía, hasta que un nuevo recuerdo de ese día le estampó una sonrisa, un recuerdo bonito, que había retrasado demasiado tiempo, que grabó a fuego esa sonrisa, la misma que vistió mientras iba a donde fuera que fuese, si es que se dirigía a algún lugar, con ese aire meditabundo y soñador, que no somnoliento que le caracterizaba.
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¿De verdad está tan mal como para dejar indiferente?