miércoles, 1 de febrero de 2012

Entre copos de nieve

Era un día frío, y la chica tenía exámenes proximamente, pero no podía pensar en ellos. Llevaba ya muchos meses sin recordar lo que era despertarse empapada en sudor a las seis de la mañana. En realidad, era la primera vez que había pasado tanto calor por la noche, y le extrañaba. A esa humedad se añadía un sentimiento de paz algo extraño. Había soñado con un chico que se le había declarado en año nuevo. El tópico del mensajito de feliz año con el quiero un año contigo. Había intentado evitarlo un poco, luego se había dejado llevar, pero no tenía nada claro, no era él quien le gustaba. De hecho, se había prometido hacía no tanto tiempo que iba a aparcar por un tiempo sus relaciones sentimentales, tenía que recuperarse de heridas del pasado, heridas muy profundas, y que no terminaban de suturar. Pero a todos nos gusta sentirnos queridos, y el cariño, sus sentimientos en general, todo parecía real, demasiado real para volver a ser igual, aunque él le había dejado claro que no iba a estar siempre ahí como el típico saco de lágrimas, que no iba a volver a pasar nada parecido, tenía ella la duda de si eso era un chantaje o una sutil forma de decir que no era la única que había sufrido ya por eso. Mientras pensaba todo eso, inconscientemente se había levantado, duchado y estaba vistiéndose, mientras se congelaba poco a poco. Unos vaqueros y un número indeterminado de camisetas, todas blancas, que le conferían complejo de cebolla, formada por mil capas. Unos cascos rosas forrados en pelo y una gran chaqueta con su capucha incorporada remataban su arsenal contra el frío. Mientras la estampa de ese personaje de cuento, con su melena dorada sobresaliendo de una cara de la que se veían poco más que los ojos, de un verde intenso, rodeado por la nieve, y distraída escuchando  se plasmaba en la mente del chaval, cuya casa estaba a mitad del camino. Miraba desde detrás de la cortina esa estampa que le había ido enamorando según pasaban los años, y se preguntaba si, como de costumbre, ella estaría escuchando revoir un printemps, y se imaginaba abrazado a ella, escuchando a través de esos cascos un poco de la melodía, que tanto armonizaba con el entorno que la rodeaba. Suspiró y después de seguir la trayectoria del vaho de su aliento, visible por el frío, se aventuró fuera, a encontrarse con ella, deprimiéndose al pensar que no podría darle a esa chica un beso, ni tan siquiera en la mejilla, como saludo, y que esa historia estaba demasiado condenada al fracaso, era una chica mayor, y otros mucho mejores que él lo habían intentado sin resultado. Sin embargo le obsequió con una sonrisa de la cual ella pareció no darse cuenta, aunque en su mente le diera mil vueltas a esas sonrisas. Continuaron quince minutos de ruta en silencio, preguntándose en algunos momentos incluso si el otro era consciente de su presencia. Al llegar, se separaron, con una mirada como única despedida. Ella fue al último pasillo a la izquierda del tercer piso de aquel enorme y gélido instituto, a la clase de segundo de bachillerato de ciencias, a pelear con versos de Lorca, demencias de Nietzsche, y reírse de Avogadro. Él, a tercero de ESO, donde se preguntaría durante horas y horas por qué no podría ninguna de las chicas que le acompañaban ahí tener esa inteligencia que había ido descubriendo de lo poco que se había dejado conocer la extraña rubia, por qué no podría ser todo algo más sencillo. Pero iba aceptando que las chicas de su edad solo hablaban de ropa, botellones, líos y zorreos, y que además de no poder enamorarse de ellas por su forma de ser, no le convendría, porque sería más sufrimiento inútil por alguien que no merecía la pena. Pasó el tiempo, en el recreo ella se refugió en clase, no quería pasar más frío, y junto a la estufa se dedicó a repasar Biología, en un libro en bastante mal estado, cosas de la segunda mano. Cinco minutos antes de finalizar el descanso se decidió a cerrar el libro, ya había hecho bastante y estaba contenta consigo misma, se había mantenido atenta a los datos sobre células eucariotas durante todo el rato, en lugar de hacer una lectura inconsciente. Al cerrar el libro y fijarse en lo deplorable de su estado, lo hojeó, y en la primera página había una fecha.


J y L. 01-02-09     Tq.


Estaba hecha de una forma muy cuidada, con un bolígrafo negro y unos trazos elegantes y delgados. Le habría parecido normal en un libro con tanta historia, menos por el hecho de que era precisamente 1 de Febrero. Tres años después. Se empezó a preguntar si seguirian juntos. Sus nombres. Que tal les habría ido todo este tiempo. Por qué ella no podía tener algo así de bonito. Entonces le vino ese pensamiento que había intentado evitar durante todo ese tiempo. No, no, y no. No quería a ese chico. ¿O si? ¿Sería que simplemente no quería sufrir? Ya tenía ración de rayadas para todo lo que quedaba de día. Más bien, estuvo todo lo que quedó de día autoinculcándose que ella era feliz así, que solo iba a hacerle daño, y que no merecía la pena tanto riesgo por alguien que te importaba tan poco. Al salir de clase salió corriendo a casa, el pasar toda la tarde tendida en el brasero con un buen libro era una buenísima excusa, nadie iba a notar el torbellino que había en su mente, que su cabellera fuera más clara no significaba que su interior fuera transparente al mundo. Asi que así fue, el chico se quedó una hora esperando preguntándose por qué hoy no salía, y volvió a casa apesumbrado, dándose cuenta de que la necesitaba incluso más de lo que él mismo creía. Una vez allí, se reencontró con su guitarra, la única que de verdad le había hecho sentirse útil, o necesario, y repitiendo una y otra vez sweet child of mine pasó una tarde relativamente tranquila, aunque serio, triste, más que de costumbre.


Toda la semana pasó sin muchos más percances, se veían a la entrada y salida del instituto, y ocasionalmente en algún recreo, cuando ella no estaba estudiando para algún examen, cosa que solía hacer aunque supiera que sabía todo con creces, o en un pasillo tras una clase de educación física. Cada vez más anuncios de una fecha señalada en la que ella sabía que iba a haber algún regalo por su parte, y las dudas sobre lo pensado y leído ese frío uno de Febrero, que habían eclipsado al recuerdo del único día nevado de todo el año, cosa que la chica no solía olvidar, cosa de la nostalgia por familiares perdidos en dias similares de épocas diferentes, quizás más felices, quizás menos, ni ella lo sabía. Los dias siguieron pasando como guiados por un reloj de arena resquebrajado, demasiado rápido, hasta que llegó el día tan esperado por algunos, tan odiado por otros, pero que no dejaba indiferente a nadie, San Valentín. Esa mañana ella estuvo incluso esperándole a la puerta de su casa, pero no estaba. Se preocupó algo, pero no quiso demostrárselo demasiado. Tenía un plan, y empezaba a pensar que era una idiotez, iba a salir mal, y no debería haberlo pensado siquiera. Al llegar el recreo se quedó en clase, sola, como de costumbre. No esperaba que fuera entonces cuando él, con un enorme peluche de un oso, apareciera y le deseara feliz San Valentín, y le dijera esas palabras escritas en el libro que había vuelto a coger, aunque esta vez no hubiera aprovechado tanto el tiempo. Ella le sonrió, le quitó el peluche, lo colocó en la mesa, en silencio. A continuación le susurró, rozándole con un mechón de pelo el cuello y haciendo, conscientemente, que este se retorciera un poco de placer;
Estás loco.
Seguidamente se sacó del bolsillo una piruleta de corazón, pequeña, y se la tendió. Con una sonrisa inocente al ver el desconcierto en esos iris castaños, le explicó: 
—¿No querías mi corazón? Ahí lo tienes. Todo tuyo. 
La marea de sensaciones que sintió el chaval, ya de por sí indescriptible, llegó  a su éxtasis cuando ella le rodeó la nuca con un delicado pero fuerte brazo, y fundió sus labios. No fue un momento mágico, estuvieron así, los dos solos, con el osito de peluche como testigo, hasta que sonó la campana que indicaba el final del descanso. Desde entonces han pasado muchas cosas, sinceramente. Muchos dijeron que eran una pareja típica de desesperados, o heridos por Cupido, como apuntó un servidor en un brote de su personalidad poética, un espectador más en esta historia de amor, pero era algo más. Según fueron pasando tiempo juntos se fueron gustando más y más, y empezaron a hacer cosas juntos, planes de futuro, más y más. Llegaron a formar una pequeña banda, una guitarra acústica y una voz, como entenderéis, no daba para demasiado, pero la habilidad de él y el canto de sirena de ella les acabaron dejando frutos, llegaron a un cierto nivel, y además de la belleza del conjunto, el ver a ambos en un escenario era algo que cautivaba y despertaba los sentidos más cariñosos de cualquiera. Pronto llevarán un año juntos, y son tantas las cosas que han vivido que no creo que sea fácil separarlos. Han pasado de ser una simple pareja, su vínculo ha sobrepasado incluso el que quizás haya entre los hermanos gemelos, a base de poco a poco compartir parte de sí mismos con el otro, han vivido una simbiosis. Y yo, pensando que quien lea esto es ajeno al sentimiento de envidia que ha arrastrado a algunos a intentar separarlos, y comparte algo más mi punto de vista de poder disfrutar viendo el brillo en sus ojos, aceptando que nunca vamos a vivir nada así, lo comparto ahora, para que, como historias de guerras y daño a las personas se deslizan desde el pasado, y hacia el futuro, mostrando a las personas las calamidades que han ocurrido en el suelo que pisan, viva este pequeño trozo de perfección en las mentes de todos los que hayan decidido dedicar parte de su tiempo a conocer esta historia, o a compartirla. 



                                                                                                              1 de Febrero de 2012



Y cuando me llegó la carta, con esa historia que había emocionado tanto a aquella chica , y después de compartir por un momento ese sentimiento, y comprenderlo, cosa que me extrañaba, ya que no solía ser tan sensible, me pregunté si esto era cierto o era solo una historia ficticia. Porque yo no es que hubiera aceptado que nunca tuviera nada así, sino que había dudado siempre de la existencia de este tipo de parejas, tan unidas por el hilo del destino, tan especiales, quizás culpa de mi narcisismo. ¿Que opinais vosotros?










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¿De verdad está tan mal como para dejar indiferente?