Era un día lluvioso, que traía consigo además de la archinecesitada agua, algo de frío. Caminaba
encapuchada con prisa, rumbo al instituto, esa celda que se convertía en
suya dentro de la cárcel que era su vida y de la cual no podía escapar.
A mitad de camino, sentado en un portal, con un atuendo completamente
azabache, estaba él mirando al infinito, en un escalón, hasta que notó
su presencia. Entonces guardó los auriculares en un bolsillo, y dejó
sonar mientras la saludaba la música, como acostumbraba a hacer siempre,
para conversar por el camino, con diversos poetas callejeros que sobre
instrumentos varios ponían la banda sonora a la mañana, despertando la
mente y los sentidos. El piano de lo que sonaba en ese momento la
hipnotizó, y tras ir un tiempo más callada de lo que acostumbraba, ante
la mirada de él, que parecía notar el motivo de esta abstracción, le
preguntó:
— ¿Que canción es? Es preciosa.
—Te ha gustado, ¿Eh? Ella, de Zenit.
—¿Me la dedicarías?
—No. Y ojalá nunca tenga motivos para hacerlo.
—¿Ojalá no tengas motivos?
Entonces él calló, deslizó un dedo hacia sus labios, un dedo que ella casi muerde, y dejó que la canción hablara por sí sola.
—Y
sin casi darse cuenta se vio envuelta en una manta blanca y fría, que
traía más problemas, que la aislaban de los demás y que hacía que los
enemas que en el pasado adornaron su piel fueran solo dulce miel
comparados con los que esa hiel en su mente dejó grabados como
emblemas...Intentó ahogar sus penas en alcohol...
Leyó
en sus ojos un cambio de comportamiento, la desaparición de ese
capricho infantil de conseguir que le dedicara la canción, unido a algo
que no terminaba de entender, pero no le dio importancia.
—La
canción es preciosa, pero ojalá no hubiera existido nunca, porque no
existiera la persona en que se basó, en sentido de que no hubiera vivido
nada de eso.
—Supongo que tienes razón.
Pero las cosas pasan, y del pasado sólo quedan cosas como el recuerdo,
como esa canción. No se puede hacer nada. Pero el preocuparte aun sin
saber siquiera si es una historia real, dice mucho de ti. Eres tonto.
—Pero eso tú ya lo sabías.
—Sé muchas cosas, es como si fuera tu sombra.
Y
entre algunas risas llegaron a la puerta del instituto, se escurrieron
hacia el patio, y aprovecharon el cuarto de hora con el que contaban
aquel día para encender un par de cigarrillos y ver la lluvia sobre un
porche, mientras sentían el contraste entre el frío ambiente y el calor
que recorría sus gargantas.
—¿Sabes que
el tabaco lleva unos cuatrocientos cancerígenos como aditivos y que el
gobierno no obliga a las tabacaleras a indicar siquiera cuales son por
los impuestos?—dijo él para romper el silencio.
—¿Intentas hacer que
dejemos de fumar a estas alturas? Claro que lo sé, pero fumar marihuana
ahora mismo nos haría más mal, esto nos deja fingir que hacemos algo
durante las siguientes seis horas, no sé. Además, lo dices como si
temieras morir,—dijo sarcásticamente.
—¿Temer morir? Si es lo
mejor de la vida. ¿Sabes por qué el Dios cristiano es un Dios vengador?
Nos tiene envidia. ¿Imaginas lo que sería ser inmortal?
—Ni lo imagino ni quiero intentarlo. Si las cosas no se pudieran perder no tendrían valor—le
contó mientras apartaba la mirada del tintineo de la lluvia en el
barril que había a la interperie, a escasos metros, y la clavaba en él.
—Bueno, es una forma de quitarme el valor, sí,—dijo él en un tono de broma suavizante.
—Gilipollas, sabes lo que te aprecio, y lo que temería el perderte. Parece que olvides las cosas—apuntó, dejando notar que, lejos de ser sarcástica, estaba enfadada.
—Oye, recuerda que ya te lo dije, mientras quisieras estaría, tontaina—soltó
él con una sonrisa, ignorando la seriedad que se acababa de adueñar de
ella. Seguidamente dió la última calada a su cigarro, se acercó a ella y
la abrazó, buscando mientras sus labios, arañándola con la mejilla.
Ella pensó que iba a robarle un beso, cosa que esperaba bastante, ya que
él no solía ser cariñoso en ese sentido, y aunque tenía claro que no
había pudor a ello, no solía hacerlo. Al ver cómo le quitaba el cigarro
en lugar de ello, sintió una mezcla entre una pequeña rabia interior, y
alegría, quizás, era el tipo de tontería que hacía para jugar con ella, y
sabía que nunca la esperaba.
—Vamos a llegar tarde, como de costumbre. Así que te
quedas sin tus segundos de vida de menos, lenta, que eres una lenta.
¿Como se puede tardar tanto en fumarse un cigarrillo?—le susurró entre calo y calo, entre carcajada y carcajada.
—Si fueras mi marido, ahora mismo te habrías quedado un mes sin follar.—contestó ella entre enfadada y sonriente, mientras emprendía el camino hacia el pasillo.
Él la siguió en silencio mientras retenía los
chistes fáciles que habría hecho sobre eso si se tratara de cualquier
otra chica, y se preguntaba por qué alguien así tenía que ser tan
especial. Desde luego, su físico no era el típico que podía aumentar las
pulsaciones del tío que quisiera, aunque a él le encantaba, era el
arquetipo de mujer real, y no de revista, que tanto gusta a estos que
buscan en el interior, algo que te evite enamorarte de un cuerpo, sin
llegar al tener que hacer esfuerzos diciéndote que el interior merecía
la pena.
En Química, entre compañeros más bien negados que
se esforzaban por comprender las sutilezas del ajuste estequioométrico
de reacciones químicas, junto a conocimientos básicos para ellos sobre
las mismas, gestaban poco a poco una pequeña historia que llevaban un
tiempo ya escribiendo. Un párrafo cada uno, en un cuaderno de tapa verde
que habían encontrado sin cobijo al empezar el curso, haría ya unos
meses. En cierto modo, parecía mucho la historia de sus vidas, con unos
pequeños tintes surrealistas que le daban un encanto especial, ya que al
releer lo que ya llevaban, no terminaban de recordar el porqué, la
vivencia, y lo sentían como si fuera algo nuevo; y algo de lo que
estaban orgullosos, la historia no estaba mal, al contrario. Y el toque
que daba un párrafo escrito en rojo seguido de otro escrito en verde era
pintoresco, en el buen sentido de la palabra, así que un día más,
dejaron de lado las reacciones redox, combustiones y demás, y así
durante el resto de clases, toda la mañana, con un descanso que les supo
a mucho, a diferencia de las clases, que se les pasaron volando.
Mientras volvían a sus casas por un camino mucho más lleno de gente que
en la ida, no pudiendo esta vez escuchar música, hablaban sobre la idea
de quedar esa tarde para adelantar algo su pequeño proyecto. Se
despidieron con un beso en la mejilla, y con una sonrisa por lo frías
que estaban las de ambos. Él subió las escaleras, entró en casa y se
perdió en el brasero, sin hacer siquiera almuerzo, ni quererlo, con una
alarma para la hora en la que tenía que salir, ya que después de todo,
no se fiaba de sí mismo. Entre nostalgia y un calor acogedor se lo llevó
Morfeo, que le mostró un verde prado bañado por el sol, cálido. Sintió
esa mezcla de recuerdos olvidados que volvían con un desasosiego
extraño, le faltaba algo. Despertó con la alarma, sabiendo qué era eso
que le faltaba. La erección le hizo pensar que era cierto todo eso que
se decía sobre los hombres y su forma de ser, en cierto modo, pero que
no podía hacer nada. Se levantó, se colocó los auriculares y salió a una
calle demasiado oscura para la hora que era, en la que se sintió un
zombie o un vagabundo mientras iba a la gran casa, o pequeña mansión,
según se mirara, en la que vivía ella, y en la cual veía, bajo la
llovizna, una melena morena que caía en cascada bajo una capucha asomada
al balcón, en lo que parecía una espera impasible aunque fuera una
persona impaciente, que había decidido que era mejor calarse hasta
arriba por una fina lluvia era un precio pequeño por saber el momento
exacto en el que llegaría. Al acercarse más, tras un saludo con la mano
que le devolvió, bajó a abrirle.
—¿Que coño haces? Estás empapada—dijo al entrar y mirarla.
—Llevo un rato esperándote, no es nada—tiritaba mientras hablaba.
—Gilipollas. ¿Por qué? Sólo soy yo, y sabías a que hora vendría.
—¿Sólo? Vale, ya estamos en paz en subnormalidades.
—¿Como?
—Piensa—dijo con un sarcasmo mordaz, de esos que te obligan a enamorarte de u odiar a la otra persona.
Entonces, para sorpresa de los dos, la abrazó, la cogió en brazos, y la llevó a su cuarto, llevado por su instinto.Y ahi se apagó la razón y se encendió la pasión, y ninguno tuvo la más pequeña duda de que era eso lo que querían, y lo que llevaban, en cierto modo, tanto tiempo esperando, aunque no de ese modo. Sus ropas empapadas yacían en una esquina mientras sus cuerpos se fundían, y claro, tras una tensión extraña y que llevaba mucho tiempo, quizás incluso bastantes meses activa, el tiempo que tardó en apagarse esa llama fue incluso suficiente para que se secara su ropa. Entre besos que empezaban en el cuello y descendían, sudores, gemidos y caricias de dos partes que se sentían extremos separados del mismo ser pasaron horas, y horas, y más horas, hasta que algo más desfogados, y extasiados, se desplomaron juntos en la cama, abrazados, y ahí pasaron la mañana entera, no dormidos olvidando las clases, sino despiertos, entre caricias y sonrisas subnormales, contentos quizás por haberse dado cuenta de que lo que tenían era correspondido, cosa que aunque tantas veces no terminara de quedar clara, era demasiado, demasiado cierta, incluso llegando a asustarles la idea de haber estado tan ciegos. Pero no les importaba, estaban ahí, y aunque sabían que no podría ser para siempre, querían alargar el momento, algo más, y algo más, y algo más, lo que pudieran. La ventaja de vivir solos ambos era que sabían que podrían repetir situaciones así, aunque no lo hubieran hablado siquiera. Tras tanto tiempo sin hablar, apagó ella el silencio.
—No sabía que tú también...¿Por qué no habías dicho nada?
—No quería destrozar lo que teníamos, aunque no fuera así, y pensaba que tú no querrías nunca nada.
—¿De verdad llevamos tanto tiempo los dos así y sin decirnos nada?
—Por mi parte, así es. Por la tuya, no sé.
—Eres un idiota. Eras tú quien parecía no querer nada más. Bueno, la ropa está encharcada. Voy a subir a ver si tengo algo para ti, ¿Me esperas un ratito?—dijo, y sin esperar respuesta, le besó la mejilla y salió de su habitación. Él aprovechó para inspeccionar su estantería. Para ser una habitación de chica, era muy sosa, lo único que podía decirte que era suya era el color rosa de la pared, el resto era muy simple, la única ornamentación que podías encontrarte eran mil libros, en los que empezó a husmear. En uno que formaba parte de una pequeña colección, unos siete tomos, la llave del tiempo, Uriel, encontró una carta. Supuso que tenía bastante confianza para que a ella no le importara que la leyera. No tenía sello, simplemente un sobre y un papel rosa perfumado que recordaba a las cartas románticas antiguas. Decía así:
Hola, querida
yo, ¿Que tal estás? ¿No lo sabes? Vaya, tantas cosas en la cabeza, entiendo,
es lo que tiene. ¿Estás contenta porque estás de vacaciones? ¿Estás
triste porque te han roto una ilusión? ¿Estás cansada porque no puedes
dormir entre tanto estímulo? ¿No tienes tiempo ni para recordar la mitad
de las cosas o personas que te importan, aun siendo pocas y
descendiendo? ¿Pero por qué? ¿Tan dura es la vida? ¿O eres tan débil?
Recuerda como eras cuando eras más pequeña. Todo estaba peor. Conocías a
todavía menos gente. Pero te dolía más la cara por sonreir que los ojos
por llorar. ¿Por qué ahora ya no te duele tanto? ¿Es por eso no quieres seguir creciendo? No sabes lo que te pierdes. ¿De verdad no tienes curiosidad por las cosas que irán pasándote según crezcas? Porque en el pasado la gente te haya tratado mal, y en el presente sigan haciéndolo, no significa que en tu futuro no vaya a haber nadie que te trate bien...¿O si? No. No puedes pensar que porque ese tío fuera un cabrón y te echara de su vida de un día para otro después de tanto tiempo todos vayan a serlo. No puedes pensar que porque esa amiga te vendiera todas las chicas quieren ser amistosas solo para terminar igual.Créeme, llegará alguien increíble, quizás ya lo conozcas pero simplemente no hayais terminado de conectar. Hazme un favor, recuerda esto, y avanza aunque te cueste, hazlo por ti misma, ya que yo habré muerto cuando estés leyendo esto, como personalidad y como consciente. Y mientras nadie quiera tu afecto, quiérete a ti misma.
5 de Junio de 2006
Mientras leía esto le vino a la mente esa canción que no quiso dedicarle, y notó que era eso el brillo extraño que había en sus ojos, ella sabía que sí que podía habérsela dedicado, pero él no.
El tiempo que tardó en leer la carta pareció precalculado, en el mismo momento en que la devolvía a su sitio ella volvía con unos vaqueros rasgados y una gran sudadera.
—¿Nos duchamos? Creo que te hace bastante falta una ducha, y no me fio de ti—dijo con una sonrisa pícara.
—¿Sabes que siempre he amado esas indirectas tan directas tuyas? Parece que me estés haciendo un favor viniendo—replicó él con una sonrisa.
—Idiota, sabes que te haría los favores que quisieras, pero este no es uno. Vamos, anda—dijo dejando entrever la ilusión que le hacía la idea.
Sí, acabaron juntos en la ducha, reproduciendo lo que habría pasado si la tarde anterior hubieran estado en un lugar diferente a su casa en ese momento de locura y magia. Hubo más bien pocos cambios en lo que fue su rutina, siguieron escribiendo sus vivencias, a las que les fueron añadiendo toques cada vez más picantes. Siguieron filosofando con un cigarro mientras escuchaban las más variadas voces, aunque él intentaba que sonara cuantas más veces mejor la canción que ella quería que le hubiese dedicado. Quedaban para pasar tiempo juntos más que antes, bastante más, y por supuesto, lo que hacían en este tiempo había cambiado radicalmente en comparación a lo que hacían antes, que no pasaba de ver una película con un par de mantas, escribir, algo que a ambos les apasionaba casi tanto como leer, o simplemente hablar de cualquier tema estúpido que se les ocurriese. Ahora habían cambiado eso por abrazos compartiendo manta mientras veian una película, susurros románticos e incluso empalagosos muchas veces que contrastaban con su forma de comportarse normal, y noches románticas a la luz de los ojos del otro. Él tenía el miedo y la certeza de que todo acabaría acabando, cuando ella olvidara todo ese pasado que retenía, y fuera libre, quisiera escapar, como en la canción que le dedicaba, y dejarle ahí. Pero, la verdad, es que nadie sabe que fue de ellos al final, aunque nadie nos dijo que se hubieran separado, por lo que en teoría siguen juntos, ella siguiendo la esperanza de que sea algo eterno, y él con el miedo a perderla, aprovechando cada dia juntos como si fuera el último, llorando sin motivos en mitad de un beso, o regalándole flores un dia cualquiera. Quizás alguna vez los encuentres paseando por la calle, y no se te pueda ocurrir que hayan compartido todo eso, por su aptitud de mostrar indiferencia ante el mundo, y ante sí mismos, lo que luego no permitía retener los sentimientos. Si es así, y los encuentras, quizás puedas crear alguna teoría sobre como se conocieron, como se tratan, comportan, y demás. Alegrate por ellos, dedícales una sonrisa, y piensa que quizás tú también acabes teniendo a alguien así en tu vida.
Quizás hayas notado que en este relato no he hecho ninguna descripción muy clara sobre los personajes, no te preocupes, está hecho intencionadamente. La idea es que seas capaz de imaginar en cualquier pareja una historia parecida, igual o mejor que la que acabas de leer, y pensar que ya llegará alguien así para ti, y mientras no puedes tener prisa por hacer ciertas cosas, si en realidad no quieres hacerlas por otra cosa que no sea un juego o una tontería. Feliz San Valentín, tanto si lo pasas como un dia más como si tienes con quien compartirlo.
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