domingo, 19 de febrero de 2012
La triste historia de un anónimo
Érase una vez un chico. Érase una vez su extraña forma de ser, que provocaba que el daño que pudiese hacerle quien le importara se multiplicase. Érase una historia de abandono, seguida de otra, otra, otra y otra, que mataban el interior del chico. Érase un sufrimiento ajeno que se sentía en la propia piel, un cuento largo, que terminó en un ser con una demasiado fuerte tendencia a la misantropía. Ya no le importaban los demás. Ya no quería hablar con la gente, ni mostrarse o ser amistoso con nadie. Era como un animalillo herido, atacaba a todo el mundo. Psicólogos dijeron que el problema probablemente tuvo que ver con maltratos físicos, quizás con sus padres, o con algún matón por ahí, pero no les cuadraba una aversión tan grande a todo el mundo, no le cuadraba un odio tan grande hacia sí mismo, no sabía por qué su forma de vengarse de una realidad que le dañaba era tan diferente a lo normal, por qué nunca había intentado suicidarse, por qué había dejado el pesado ejercicio físico que tendría que haber aumentado por la rabia y la hormonación que le provocaba todo eso. Ni él ni nadie lo sabía. Bueno, ni el ni casi nadie. Pero yo no cuento en esta historia, solo era un espectador sin credibilidad, aunque quizás tuviese más razón de la que yo mismo quería tener, y no fue el primer caso. El chico había aprendido a perder el apego por las personas, a perder la confianza también, pero sabía muy bien como amar, demasiado bien comparándolo con las personas a las que intentó amar. Esto le hizo vagar con un corazón herido de muerte, agonizando mientras a borbotones brotaban sueños que iban desapareciendo arrastrados al exterior, expulsados por ilusiones diferentes, o simplemente para hacer hueco a nuevos ideales que iban surgiendo al mezclarse poco a poco el dolor con la reflexión. Después vino la demencia, las lágrimas, primero saladas, luego dulces, al final, con los ojos secos, aprendió a dejar de llorar, al menos externamente, ya que su alma seguía ahogándose en su propio llanto. No fue capaz de amar otra vez, con tal de no atarse a otra persona, porque las personas son autodestructivas, buscaban el dolor aunque ellas mismas no lo supieran, y ese dolor se traduciría en más miseria para él, algo que no estaba dispuesto a soportar, si es que podía soportarlo. Descuidó su físico. Cuidó de más su mente. Entonces se terminó de convertir en el tipo de ser antisocial perfecto para la sociedad actual, alguien inteligente y con principios. Pero no le importaba, leyendo a Nietzsche se le pasaban las noches en vela, y entre un cigarro y una copa se iban esfumando los segundos, contados por un reloj de arena. Y mientras su reloj de arena sigue corriendo, ese chico está ahora mismo huyendo de sí mismo, huyendo de su propia sombra entre la oscuridad que le proporciona la sombra de los árboles, de los edificios, de las grandes construcciones, e incluso de los vehículos, llorando por dentro, gritando, pidiendo ayuda, alguien diferente, alguien en quien poder confiar, una persona diferente a él y al resto. Y no lo encuentra. Sigue buscando. Yo también espero a alguien así, la verdad, así que quizás coincidamos en nuestra búsqueda; aunque por ahora solo tú has coincidido en la mía, en la que he sido tu narrador, después de ser un espectador desde la lejanía. Quizás llegue alguna vez en la que llegue a ser ese hombro en el que puedas desahogarte, pero no hoy. Pero no por ello desistas en tu búsqueda, tampoco soy yo ese al que persigues.
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¿De verdad está tan mal como para dejar indiferente?